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Mostrando entradas de marzo, 2015

13.-Méndez. José Antonio Méndez (54-57)

Pero más inquieto está Méndez. Debe ser porque lo he puesto en el suelo y ya se siente a un paso de la libertad. ¿Qué te pasa Méndez? ¿No te gusta la música? Si quieres la cambio. Si Méndez fuese un poco más elástico ya hubiese atravesado sus barrotes hace rato. Ya ves Méndez estas gordo, tienes que ponerte a dieta si quieres escapar. ja, ja, ja. Méndez corre en su rueda como si estuviese corriendo por su vida, como si estuviese compitiendo en algún torneo, corre como si llegara tarde al trabajo o al colegio. Lo bajé un rato de su mesa porque necesitaba el espacio, y desde entonces no ha parado. Y ahora que lo pienso tiene ya varios minutos sin detenerse, sospecho que sufrirá de un infarto en cualquier momento.   El (o ella, la verdad no lo tengo muy claro) corre como si fuese caballo al galope, como si tuviera prisa por llegar a alguna parte, pobrecita. Luego se baja, husmea alrededor de su jaula como si fuera la primera vez que esta ahí, mordisquea un poco los barrotes y entonces se

Abraham Ferreira Khalil. Y Dios habitará nuestros cipreses

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Y DIOS HABITARÁ NUESTROS CIPRESES   "Y ahora dime, Señor, dime al oído: tanta hermosura, ¿matará nuestra muerte?" (M. de Unamuno). Ya se ha roto el concierto de los cipreses y el lodo, aquel lodo que nutren los ausentes y los que están por sepultar, abonará las raíces del horizonte embravecido. Su oleaje recorrerá cada nicho aún por desnudar, cada sepulcro, cada recinto habitado por los huesos de la amnesia vencedora; vencedora del sortilegio más abrumador: el morir en vida, el vivir en muerte. Donde quede un aviso de tu impronta se erguirá un santuario cubierto de cipreses. Vives en los cipreses, gimes en los cipreses, te desnudas cada atardecida y el biombo de los cipreses pretende recluir tu intimidad. No eres Dios y, no obstante, te luce Su aureola de hábito santificado. No eres Dios, porque tu padre he sido y de tu silencio tal vez me quise enamorado. Escucha el oleaje de los muertos rasgar los telones de los alientos últimos. Han temblado los cipreses, custodios de la c

Pequeños desnudos. Aníbal García Rodríguez

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Con esta cita: «Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde», de uno de los grandes poetas de la Generación del 50, Jaime Gil de Biedma, se sirve el poeta almeriense Aníbal García para mostrarnos sus “Pequeños desnudos” , el libro que mereció ser Premio Andaluz “Villa de Peligros”, en su edición de 2013. Y de la vida trata este poemario, tal vez de esas pequeñas cosas, pero que no por ello dejan de ser importantes. La vida se nos escapa casi sin darnos cuenta, por eso el poeta siempre está vigilante, fija su mirada en lo profundo, en la hondura del tiempo para arrancarle la esencia misma del ser, como si se tratara de vivir intensa y dignamente hasta el último segundo. Está compuesto el libro por un total de dieciocho poemas de temática variada y en los cuales hallamos la influencia de otros poetas, como es el caso de Luis García Montero, Claudio Rodríguez, Joan Margarit o Ángel González, entre otros. Quizá la más predominante sea la de Luis García Montero, del qu