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miércoles, 19 de agosto de 2020

LA INVENCIÓN DE LA RUEDA. POEMAS DEL AMOR ODHRITA

AUTOR: ÁNGEL DE UTERA





POEMAS DEL AMOR ODHRITA


SOLAPA presentación de la obra por  Ángel Simón Collado

Ángel de Utrera, escritor’. Con estas palabras apuntamos la excelencia máxima, la areté, del desarrollo artístico del autor. El lector puede elegir en cuál de sus obras alcanza ya la entelequia, el fin último en la dinámica de las potencialidades de su forma, el acto total, puro, plenitud que hemos querido designar con la expresión Ángel de Utrera, escritor’.
Aquí ofrecemos al lector dos títulos. Constituyen dos momentos en la dynamis del escritor. “La invención de la rueda”, inédita hasta hoy, es la primera obra en su narrativa (si cabe clasificar sus obras en este género o, si fuera así, introducir en él, en la taxonomía de ese género literario, una nueva especie donde colocarlas); es decir, el principio temporal y germen de su novelística. Primer brote en el árbol de su arte.
Bucear después de tantos años por territorios lejanos de nuestro pasado, puede resultar una experiencia desconcertante: nos introducimos como un extraño en nuestro tiempo anterior cuando ya nos es ajeno, o este extraño ser que fuimos se nos presenta como un forastero inesperado en los domicilios de hoy. Solo un espíritu de buena filosofía, de buena metafísica, de buena espiritualidad, sabe recolocar todas las aparentes mónadas en que se compartimentan los periodos temporales que recordamos, para alcanzar la entelequia de una única mónada vital. “La invención de la rueda”, el primer fruto en ese árbol en el que invitamos al lector a descubrir el aroma, el sabor, el impulso intelectual de un alma que recorrerá, en el arte, todo el camino propio de un hombre que busca la plenitud, gentil y difícil, en la belleza y la reflexión; plenitud del Mundo, del Intelecto y del Amor, cuando se es un solitario, un desterrado del Paraíso.
La segunda obra, “Poemas del Amor Odhrita” es un repertorio poético. La obra en verso de Ángel de Utrera complementa su obra en prosa como un pendant brillante. Aquí, el amor es el tema principal. Un amor que hay que entender en el sentido de la frase que remata el párrafo anterior. En realidad, son versiones, ramas desgajadas, desechadas, de las composiciones que consideró definitivas y recogió en su obra editada: “Las Horas Purpúreas”. La invitación que hicimos para la prosa la repetimos para su poesía.



EN LA PRADERA DE ASFODELOS de ÁNGEL DE UTRERA

Ángel de Utrera
ÁNGEL DE UTRERA, EN LA PRADERA DE ASFODELOS



  
“A veces, en medio de la noche, desvelado por el insomnio, y cuando lucho por no confesarme a mí mismo el terror que siento frente a la responsabilidad de desvelar minuciosamente el miedo del pasado, sobre las angustias que pesan sobre la idea de que “todo” sea efectivamente nada en el naufragio de nuestra ética; frente a esto, en esta agonía, desde este lugar en el que incesantemente recomienza el pasado, me ha sobrecogido una voz que se preguntaba, en mi interior, por sí misma: ¿quién soy yo? Por única constatación me ha bastado entonces experimentar, convocado por el clamor de esta pregunta, el abstracto e impensable terror de la nada creciendo en ondas como las aguas de un lago obscuro al que se ha arrojado una piedra”
...
            “¿Podría yo ahora desde aquí enunciar aquellas palabras con las que yo expresaba un sentimiento inmensamente íntimo, convergente con el ritmo noble y lineal de mi vida pasada, con las que me consolaba considerando el sufrimiento, incluso el del viejo dios cristiano: un error de dar vueltas y vueltas sobre el pozo de una noria pero no como un hermoso y fuerte caballo que da vueltas y vueltas para al fin apagar la sed con el agua vivificadora, sino como el de un hámster o ratón de feria cuyo único horizonte inacabable es su propio y baldío esfuerzo?”
            ...
            “Y preveo lo que ya anticipara Ernesto en otra ocasión: “El infierno está en la luz”; en el deslumbramiento constante del ser herido por mil claridades”

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lunes, 3 de junio de 2013

Relatos de la existencia y de la vigilia. Ángel de Utrera

Ángel de Utrera

De “Relatos de la existencia y de la vigilia”:
‘El amigo y los frutos del árbol de Occidente’
‘Hecatombes perfectas’

De “Las Horas Purpúreas”
‘Tu sacrificio fue por mi amor’

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RELATOS DE LA EXISTENCIA Y DE LA VIGILIA
ÁNGEL DE UTRERA

‘El amigo y los frutos del árbol de Occidente’

EN MEMORIA DE ANTONIO FERNÁNDEZ SÁEZ


Su corazón latía esperando la hora de encontrar al amigo. Recordó un antiguo proverbio chino: “Cuando esperes a un amigo no confundas los latidos de tu corazón con los cascos de su caballo”. Todavía no eran las tres de la tarde. El esplendente día de Enero estaba lleno de luz y de canto de pájaros. Había en su corazón una felicidad tan vasta que en ella la existencia se hacía ilesa en todos los seres. El Sol habitaba en los silenciosos patios de todas las casas y en las solitarias y soñolientas calles por las que él caminaba teniendo a sus espaldas el presentimiento del mar color de vino que hacía que la piel de su nuca y sus flancos se estremecieran al ser advertido que a pesar de aquel celeste día primaveral aún se encontraban en pleno invierno.
La casa del amigo era para él como un gesto familiar que le hacía aquella calle situada en un extremo de la ciudad. Su amigo, que, al contrario que él mismo y los miembros de su propia familia, vivía en un ocio en el que confluían indelebles signos de actividad espiritual, estaba rodeado siempre de cosas bellas y de conversaciones disertas. Él, que creía ingenuamente que debía justificar el ocio de su amigo, recordaba que su amigo hablaba con frecuencia y de un modo para él enigmático de la activa pasividad del espíritu; y los libros profundos y difíciles que aquél le prestaba lo decían igual: “El espíritu es activamente pasivo”. Mientras caminaba se imaginaba por anticipado la dicha que le esperaba al cruzar junto al docto amigo los campos llenos de ocio y silencio grávidos de pensamientos. Herborizaban en los valles y en los bosques de pinos reconociendo las plantas silvestres que el amigo sabía señalar nombrándolas por su taxonomía latina; las diferentes especies aparecían entonces ordenadas en un ámbito magnificente, emblemático, mitad mágico, mitad científico, como pertenecientes a un armorio vegetal que hubiera recogido la heráldica hermética en las praderas silenciosas de la Edad de Oro. La musgosa fuente de piedra donde beberían estaba ornada por ranúnculos (Ranunculus heredaceus, según el sabio amigo) y la caledonia (Chelinonia majius) ascendía por las paredes de rocas por las que se derramaba el agua; más arriba, en las grietas de las rocas, se descolgaba el Sarcocapnos enneaphylla con su fascinación blanca. Él reconocía que ahora todo el campo que antes se presentaba ante sus ojos como algo caótico hasta que se ponía a dibujarlo en su cuaderno, se había transformado en un mapa espiritual en el que se hallaban presentes sus autores desde Dioscórides a Linneo y en el que uno parecía encontrar la dirección de su hogar en lo que aquel indicaba como presente, aquel presente que poseía junto al amigo. Luego, sobre ellos, brillaría el Sol de la tarde y al ponerse ésta aún les sería posible prolongar su estancia en el campo recogiendo ramas para encender una hoguera cuyas llamas iluminarían sus rostros expandiendo a la vez la fragancia del romero quemado; y mientras atardecía verían levantarse un espectro azul tachonado de estrellas que cubriría toda la bóveda celeste y del cual descendería el frío a la tierra; y estaría presente el silencio del campo y el crepitar del fuego - “El mismo de los campamentos aqueos en las llanuras de Ilión”, diría el amigo una vez más -, y la misma luna ascendería en el silencio sobre el sigilo de milenios. El tiempo en aquellas ruinas celtas que solían visitar. Y todos los tiempos parecerían confundidos allí. Y luego, el retorno a casa, y la grave alegría de la sosegada charla junto a las copas. De pronto, él se preguntó cuánto tiempo había estado ausente y se dio cuenta de que no hubiera podido precisarlo con certeza ya que el tiempo parecía haber perdido para él todo significado, como si no estuviera en el mundo o al menos no estuviera en un mundo donde el tiempo contara. Recordó débilmente que Homero había dicho que los muertos se convierten en sombras y que acaban perdiendo la memoria. Sentía que había desaparecido el deseo de encontrar al amigo bien amado; comprendió al ir a coger una flor que crecía en el prado de asfódelos y que permaneció incólume, que se había también él transformado en una sombra como el amigo muerto hacía ya muchos años; comprendió que buscaba el don del instante de los días felices cuyo poder ahora reconocía. Sabía que nadie conocía sus recuerdos y que era posible que algún día él mismo los olvidara como había olvidado ya el rostro amado del amigo. Sintió que le decía su memoria que a la sombra del árbol de occidente maduraban los frutos de la eternidad y supo que su destino era desde entonces vagar para siempre por los silenciosos prados del estío.

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‘Hecatombes perfectas’

Al Dr. D. ENRIQUE PÉREZ PARRA

Sobre el sombrío y amenazador cielo apareció una inmensa bandada de pájaros negros que en la remota lejanía del horizonte parecían una infestación de insectos diabólicos. Grunelius, pese a lo avanzado de su edad, nunca había contemplado semejante fenómeno. Vivía, habitaba, en una colina que dominaba la ciudad, y desde su vieja buhardilla podía contemplar el cielo y leer sus señales. Caía la tarde y con ella se sumía la estancia en sombras, cuando el anciano que practicaba la guarda del corazón encendió la vela con la que se alumbraba. El viento otoñal agitaba los árboles de su jardín filosófico y estremecía los cristales de su ventana. En aquella hora experimentaba una particular dulzura. Hacía tantos años que habitaba allí, sumido en la única tarea de contemplar noche y día el fogón sobre el que estaba la filosófica cocción, que ya había perdido la noción del paso del tiempo y no podía recordar el tiempo consumido en aquel menester. No podía apartar la vista del vaso alquímico, translúcido, que se doraba regido por el imperio de la llama y adquiría matices serenos dulcificados en la áurea paz del alma del mundo, pareciendo que súbitamente se iban a desvelar los misterios sagrados de la ciencia del mercurio. En la eminencia de la colina estaban las torres templarias que a veces él se asomaba a contemplar. Era ya muy anciano y había meditado largamente sobre la vejez sin llegar, no obstante, a profundizar en el sentido de ésta, ya que había tomado la longevidad por una especie de muerte diferida que le permitía o le habría de permitir alcanzar la culminación de la obra, de la Magnum Opus. Veía enrojecer el carbón que alimentaba el atanor y, entretanto, era poseído a veces por fugaces ensoñaciones humanas que desaparecían instantáneamente al despertar y encontrarse en su buhardilla tapizada de libros en hileras que se elevaban hasta el techo que parecían sostener colocados en sólidas y enérgicas estanterías de madera de roble barnizadas de un tono sombrío. Cuando pasaba la vista por los lomos engofrados con bellos hierros de aquellos volúmenes que habían conseguido hacerlo su deudor, a la vez que habían hecho que su Welstanschaung se pareciera a un limpio cristal de roca cuyas faces poliédricas espejearan siempre el silencioso fragor elemental del árbol invertido, experimentaba una sensación de vértigo, ya que entre ellos y él mismo, y de algún modo presente, se encontraba el tiempo de su juventud consumida en el estudio.

Había asimilado libros tan arduos, que tenía ante sí, como el De Signatura Rerum, el De Misteriis Aegyptiorum de Jámblico, el De Consideratione de San Bernardo, las obras de Nicéforo el Solitario, y aquellos otros que trataban del tiempo cíclico en la gnosis ismaelita. Había llegado a comprender que nada es sino por participación de los principios universales y en las ideas eternas contenidas en el Intelecto Divino que las virtudes representan de modo personal en su orden de existencia; de este modo, y considerándolo como un fenómeno que tenía en sí su principio de razón suficiente, había dejado de agitarse por un sueño que proveniendo de su vida anterior, cuando él era joven e ignorante, le asaltaba como una corriente fresca, etérea y celeste, atravesaba su sueño sin imágenes de anciano, y en la cual como en una diáfana fulguración veía a la mujer que había amado cuando tenía dieciseis años, y en esos momentos, la fragancia de la juventud le rozaba con fresco aliento turbador que poseía la belleza y la honda comprensión que ésta otorga. Ella pasaba coronada de rosas y lo llamaba tras sí. Ella, que hacía tantos años que había muerto. A veces quería ir tras la mujer, pero se sentía desfalleciente ya que comprendía que no podía recuperarla en la corriente del tiempo. Era entonces cuando el anciano se despertaba estremecido, y se podía decir en un sentido mundano, que el anciano volvía a encontrar junto a sí la abstracta existencia que por un instante se le hacía irreconocible, extraña, ajena, ininteligible, hasta que la matriz plástica de su súbita anagnórisis sensible la identificaba con los fenómenos y con el propio hábito de éstos. Se daba cuenta entonces que el huevo en el atanor había adquirido un color sangriento, de púrpura tiria. “Es la sangre derramada sobre la piedra de un altar”, se decia. Sabía que era una roja tormenta silenciosa en el vaso de la vida, mientras él creía aproximarse a la posesión de los estados transcendentales del ser. Y comprendía que aquel sueño que lo había turbado un instante había sido únicamente una modificación irreal del ser único “en el que todos los seres en todos los estados son uno”. Entonces bajo su contemplación el huevo se volvía del color del ópalo, lechoso, turbio y poco a poco pasaba a una gama de matices azules, de un incierto azul verdoso pasaba a un bellísimo y suntuoso azul esmeralda iluminado por una serena llama dorada. En el exterior soplaba el viento y la tarde tenía una pesante melancolía otoñal. El cielo era gris acero y las sombras de las cosas corrían errabundas hacia el horizonte. Grunelius, al que los niños del barrio apedreaban llamándolo loco, carecía de descendencia. Tanto sus familiares como su amigos hacían ya muchos años que habían muerto. El anciano se encontraba solo y aislado por su propia superioridad. Sólo deseaba del mundo que lo olvidara como él había olvidado al mundo; y solía repetirse para su propia edificación las fases de la ascesis según el maestro en la ciencia de los santos Ibrahin Ibn Adham: “Primero, renunciar al mundo; segundo, renunciar a la felicidad de saber que se ha renunciado; y, tercero, comprobar tan absolutamente la falta de importancia del mundo como para ni siquiera tenerlo en cuenta”. Aunque hacía tiempo que otras cosas ocupaban sus pensamientos. Observó que la bandada de pájaros se había posado sobre la áspera inmovilidad de las almenas de las torres templarias. El anciano filósofo, a la luz de su vela, quería leer una vez más, ya que en ocasiones le asaltaban inexplicables dudas, acerca de la materia prima de la obra. “Se trata del alma - se dijo - Sobre eso no hay duda” Se levantó, fue a buscar un libro, lo tomó de la biblioteca abrumada por tanto peso y sosteniéndolo entre sus manos leyó: “Vista como árbol la materia prima es fundamentalmente lo mismo que el árbol del universo cuyos frutos son el Sol, la Luna y los planetas. El árbol que crece en los países de Occidente”. No cabía duda, era la proyección del ser puro y únicamente por éste podía ser percibida, pero el alma no se revela del todo hasta que no se produce el casamiento alquímico con el espíritu simbolizado por el matrimonio entre el rey y la reina, el azufre y el mercurio. En el reposo del alma en calma el espíritu puro se refleja a través de símbolos en la materia prima. Y esa corriente diáfana, noética, celeste en la que un momento antes había visto en sueños a Gretchen cuando ésta tenía dieciséis años y él la amaba, comprendió que era su propia alma esperando la pureza del ser, el eterno presente del uno manifestándose en la corriente de las formas, una fuente cristalina en el centro de su jardín filosófico. Una imagen consoladora. Su alma que aún no lo había abandonado se preparaba para el jubiloso sacrificio nupcial. Altas llamaradas salían ahora del fogón. Un cuervo se posó en el alféizar trayendo un pan en el pico mientras todos los demás graznaban desde las torres templarias. El huevo fue iluminado por un halo de luz inmaterial y brilló convertido en un germen de oro. Los libros tan amados podían ya ser entregados a las llamas.
Las torres templarias continúan desmoronándose lentamente sobre la colina; en la ciudad que se extiende a sus pies nadie sabe si todavía existen, ni que en otros tiempos fueron guardados por ellas. La habitación del viejo artista hermético ya no existe. La casa fue derribada hace ya mucho tiempo. Como él mismo pretendía al fin todos lo han olvidado. Permanece sin embargo el espíritu que alentó la invisible obra, y su sello se haya impreso tal vez en una demorada paciencia en un lugar donde lo único que pueda revelarlo sea la devoción que custodia lo sagrado.
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De “Las Horas Purpúreas”
‘Tu sacrificio fue por mi amor’


La huella de la tarde
en el eterno caudal de tu recuerdo
soñó con tu mirada mi alma.
Aquí, donde no se ven los árboles
ni apenas el recuerdo de tu cuerpo es preciso,
te lloro por tu ausencia.
Desde la tierra deshabitada
donde ahora
golpean los frutos el suelo
o la hierba mojada;
donde en un sollozo
mi amor recogerá estos días
que soplaron
sobre mil tardes tras tu pie.

Relatos de la existencia y de la vigilia. Ángel de Utrera

Angel de Utrera

De “Relatos de la existencia y de la vigilia”:
‘El amigo y los frutos del árbol de Occidente’
‘Hecatombes perfectas’

De “Las Horas Purpúreas”
‘Tu sacrificio fue por mi amor’

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‘El amigo y los frutos del árbol de Occidente’

EN MEMORIA DE ANTONIO FERNÁNDEZ SÁEZ


Su corazón latía esperando la hora de encontrar al amigo. Recordó un antiguo proverbio chino: “Cuando esperes a un amigo no confundas los latidos de tu corazón con los cascos de su caballo”. Todavía no eran las tres de la tarde. El esplendente día de Enero estaba lleno de luz y de canto de pájaros. Había en su corazón una felicidad tan vasta que en ella la existencia se hacía ilesa en todos los seres. El Sol habitaba en los silenciosos patios de todas las casas y en las solitarias y soñolientas calles por las que él caminaba teniendo a sus espaldas el presentimiento del mar color de vino que hacía que la piel de su nuca y sus flancos se estremecieran al ser advertido que a pesar de aquel celeste día primaveral aún se encontraban en pleno invierno.
La casa del amigo era para él como un gesto familiar que le hacía aquella calle situada en un extremo de la ciudad. Su amigo, que, al contrario que él mismo y los miembros de su propia familia, vivía en un ocio en el que confluían indelebles signos de actividad espiritual, estaba rodeado siempre de cosas bellas y de conversaciones disertas. Él, que creía ingenuamente que debía justificar el ocio de su amigo, recordaba que su amigo hablaba con frecuencia y de un modo para él enigmático de la activa pasividad del espíritu; y los libros profundos y difíciles que aquél le prestaba lo decían igual: “El espíritu es activamente pasivo”. Mientras caminaba se imaginaba por anticipado la dicha que le esperaba al cruzar junto al docto amigo los campos llenos de ocio y silencio grávidos de pensamientos. Herborizaban en los valles y en los bosques de pinos reconociendo las plantas silvestres que el amigo sabía señalar nombrándolas por su taxonomía latina; las diferentes especies aparecían entonces ordenadas en un ámbito magnificente, emblemático, mitad mágico, mitad científico, como pertenecientes a un armorio vegetal que hubiera recogido la heráldica hermética en las praderas silenciosas de la Edad de Oro. La musgosa fuente de piedra donde beberían estaba ornada por ranúnculos (Ranunculus heredaceus, según el sabio amigo) y la caledonia (Chelinonia majius) ascendía por las paredes de rocas por las que se derramaba el agua; más arriba, en las grietas de las rocas, se descolgaba el Sarcocapnos enneaphylla con su fascinación blanca. Él reconocía que ahora todo el campo que antes se presentaba ante sus ojos como algo caótico hasta que se ponía a dibujarlo en su cuaderno, se había transformado en un mapa espiritual en el que se hallaban presentes sus autores desde Dioscórides a Linneo y en el que uno parecía encontrar la dirección de su hogar en lo que aquel indicaba como presente, aquel presente que poseía junto al amigo. Luego, sobre ellos, brillaría el Sol de la tarde y al ponerse ésta aún les sería posible prolongar su estancia en el campo recogiendo ramas para encender una hoguera cuyas llamas iluminarían sus rostros expandiendo a la vez la fragancia del romero quemado; y mientras atardecía verían levantarse un espectro azul tachonado de estrellas que cubriría toda la bóveda celeste y del cual descendería el frío a la tierra; y estaría presente el silencio del campo y el crepitar del fuego - “El mismo de los campamentos aqueos en las llanuras de Ilión”, diría el amigo una vez más -, y la misma luna ascendería en el silencio sobre el sigilo de milenios. El tiempo en aquellas ruinas celtas que solían visitar. Y todos los tiempos parecerían confundidos allí. Y luego, el retorno a casa, y la grave alegría de la sosegada charla junto a las copas. De pronto, él se preguntó cuánto tiempo había estado ausente y se dio cuenta de que no hubiera podido precisarlo con certeza ya que el tiempo parecía haber perdido para él todo significado, como si no estuviera en el mundo o al menos no estuviera en un mundo donde el tiempo contara. Recordó débilmente que Homero había dicho que los muertos se convierten en sombras y que acaban perdiendo la memoria. Sentía que había desaparecido el deseo de encontrar al amigo bien amado; comprendió al ir a coger una flor que crecía en el prado de asfódelos y que permaneció incólume, que se había también él transformado en una sombra como el amigo muerto hacía ya muchos años; comprendió que buscaba el don del instante de los días felices cuyo poder ahora reconocía. Sabía que nadie conocía sus recuerdos y que era posible que algún día él mismo los olvidara como había olvidado ya el rostro amado del amigo. Sintió que le decía su memoria que a la sombra del árbol de occidente maduraban los frutos de la eternidad y supo que su destino era desde entonces vagar para siempre por los silenciosos prados del estío.

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‘Hecatombes perfectas’

Al Dr. D. ENRIQUE PÉREZ PARRA

Sobre el sombrío y amenazador cielo apareció una inmensa bandada de pájaros negros que en la remota lejanía del horizonte parecían una infestación de insectos diabólicos. Grunelius, pese a lo avanzado de su edad, nunca había contemplado semejante fenómeno. Vivía, habitaba, en una colina que dominaba la ciudad, y desde su vieja buhardilla podía contemplar el cielo y leer sus señales. Caía la tarde y con ella se sumía la estancia en sombras, cuando el anciano que practicaba la guarda del corazón encendió la vela con la que se alumbraba. El viento otoñal agitaba los árboles de su jardín filosófico y estremecía los cristales de su ventana. En aquella hora experimentaba una particular dulzura. Hacía tantos años que habitaba allí, sumido en la única tarea de contemplar noche y día el fogón sobre el que estaba la filosófica cocción, que ya había perdido la noción del paso del tiempo y no podía recordar el tiempo consumido en aquel menester. No podía apartar la vista del vaso alquímico, translúcido, que se doraba regido por el imperio de la llama y adquiría matices serenos dulcificados en la áurea paz del alma del mundo, pareciendo que súbitamente se iban a desvelar los misterios sagrados de la ciencia del mercurio. En la eminencia de la colina estaban las torres templarias que a veces él se asomaba a contemplar. Era ya muy anciano y había meditado largamente sobre la vejez sin llegar, no obstante, a profundizar en el sentido de ésta, ya que había tomado la longevidad por una especie de muerte diferida que le permitía o le habría de permitir alcanzar la culminación de la obra, de la Magnum Opus. Veía enrojecer el carbón que alimentaba el atanor y, entretanto, era poseído a veces por fugaces ensoñaciones humanas que desaparecían instantáneamente al despertar y encontrarse en su buhardilla tapizada de libros en hileras que se elevaban hasta el techo que parecían sostener colocados en sólidas y enérgicas estanterías de madera de roble barnizadas de un tono sombrío. Cuando pasaba la vista por los lomos engofrados con bellos hierros de aquellos volúmenes que habían conseguido hacerlo su deudor, a la vez que habían hecho que su Welstanschaung se pareciera a un limpio cristal de roca cuyas faces poliédricas espejearan siempre el silencioso fragor elemental del árbol invertido, experimentaba una sensación de vértigo, ya que entre ellos y él mismo, y de algún modo presente, se encontraba el tiempo de su juventud consumida en el estudio.

Había asimilado libros tan arduos, que tenía ante sí, como el De Signatura Rerum, el De Misteriis Aegyptiorum de Jámblico, el De Consideratione de San Bernardo, las obras de Nicéforo el Solitario, y aquellos otros que trataban del tiempo cíclico en la gnosis ismaelita. Había llegado a comprender que nada es sino por participación de los principios universales y en las ideas eternas contenidas en el Intelecto Divino que las virtudes representan de modo personal en su orden de existencia; de este modo, y considerándolo como un fenómeno que tenía en sí su principio de razón suficiente, había dejado de agitarse por un sueño que proveniendo de su vida anterior, cuando él era joven e ignorante, le asaltaba como una corriente fresca, etérea y celeste, atravesaba su sueño sin imágenes de anciano, y en la cual como en una diáfana fulguración veía a la mujer que había amado cuando tenía dieciseis años, y en esos momentos, la fragancia de la juventud le rozaba con fresco aliento turbador que poseía la belleza y la honda comprensión que ésta otorga. Ella pasaba coronada de rosas y lo llamaba tras sí. Ella, que hacía tantos años que había muerto. A veces quería ir tras la mujer, pero se sentía desfalleciente ya que comprendía que no podía recuperarla en la corriente del tiempo. Era entonces cuando el anciano se despertaba estremecido, y se podía decir en un sentido mundano, que el anciano volvía a encontrar junto a sí la abstracta existencia que por un instante se le hacía irreconocible, extraña, ajena, ininteligible, hasta que la matriz plástica de su súbita anagnórisis sensible la identificaba con los fenómenos y con el propio hábito de éstos. Se daba cuenta entonces que el huevo en el atanor había adquirido un color sangriento, de púrpura tiria. “Es la sangre derramada sobre la piedra de un altar”, se decia. Sabía que era una roja tormenta silenciosa en el vaso de la vida, mientras él creía aproximarse a la posesión de los estados transcendentales del ser. Y comprendía que aquel sueño que lo había turbado un instante había sido únicamente una modificación irreal del ser único “en el que todos los seres en todos los estados son uno”. Entonces bajo su contemplación el huevo se volvía del color del ópalo, lechoso, turbio y poco a poco pasaba a una gama de matices azules, de un incierto azul verdoso pasaba a un bellísimo y suntuoso azul esmeralda iluminado por una serena llama dorada. En el exterior soplaba el viento y la tarde tenía una pesante melancolía otoñal. El cielo era gris acero y las sombras de las cosas corrían errabundas hacia el horizonte. Grunelius, al que los niños del barrio apedreaban llamándolo loco, carecía de descendencia. Tanto sus familiares como su amigos hacían ya muchos años que habían muerto. El anciano se encontraba solo y aislado por su propia superioridad. Sólo deseaba del mundo que lo olvidara como él había olvidado al mundo; y solía repetirse para su propia edificación las fases de la ascesis según el maestro en la ciencia de los santos Ibrahin Ibn Adham: “Primero, renunciar al mundo; segundo, renunciar a la felicidad de saber que se ha renunciado; y, tercero, comprobar tan absolutamente la falta de importancia del mundo como para ni siquiera tenerlo en cuenta”. Aunque hacía tiempo que otras cosas ocupaban sus pensamientos. Observó que la bandada de pájaros se había posado sobre la áspera inmovilidad de las almenas de las torres templarias. El anciano filósofo, a la luz de su vela, quería leer una vez más, ya que en ocasiones le asaltaban inexplicables dudas, acerca de la materia prima de la obra. “Se trata del alma - se dijo - Sobre eso no hay duda” Se levantó, fue a buscar un libro, lo tomó de la biblioteca abrumada por tanto peso y sosteniéndolo entre sus manos leyó: “Vista como árbol la materia prima es fundamentalmente lo mismo que el árbol del universo cuyos frutos son el Sol, la Luna y los planetas. El árbol que crece en los países de Occidente”. No cabía duda, era la proyección del ser puro y únicamente por éste podía ser percibida, pero el alma no se revela del todo hasta que no se produce el casamiento alquímico con el espíritu simbolizado por el matrimonio entre el rey y la reina, el azufre y el mercurio. En el reposo del alma en calma el espíritu puro se refleja a través de símbolos en la materia prima. Y esa corriente diáfana, noética, celeste en la que un momento antes había visto en sueños a Gretchen cuando ésta tenía dieciséis años y él la amaba, comprendió que era su propia alma esperando la pureza del ser, el eterno presente del uno manifestándose en la corriente de las formas, una fuente cristalina en el centro de su jardín filosófico. Una imagen consoladora. Su alma que aún no lo había abandonado se preparaba para el jubiloso sacrificio nupcial. Altas llamaradas salían ahora del fogón. Un cuervo se posó en el alféizar trayendo un pan en el pico mientras todos los demás graznaban desde las torres templarias. El huevo fue iluminado por un halo de luz inmaterial y brilló convertido en un germen de oro. Los libros tan amados podían ya ser entregados a las llamas.
Las torres templarias continúan desmoronándose lentamente sobre la colina; en la ciudad que se extiende a sus pies nadie sabe si todavía existen, ni que en otros tiempos fueron guardados por ellas. La habitación del viejo artista hermético ya no existe. La casa fue derribada hace ya mucho tiempo. Como él mismo pretendía al fin todos lo han olvidado. Permanece sin embargo el espíritu que alentó la invisible obra, y su sello se haya impreso tal vez en una demorada paciencia en un lugar donde lo único que pueda revelarlo sea la devoción que custodia lo sagrado.
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De “Las Horas Purpúreas”
‘Tu sacrificio fue por mi amor’


La huella de la tarde
en el eterno caudal de tu recuerdo
soñó con tu mirada mi alma.
Aquí, donde no se ven los árboles
ni apenas el recuerdo de tu cuerpo es preciso,
te lloro por tu ausencia.
Desde la tierra deshabitada
donde ahora
golpean los frutos el suelo
o la hierba mojada;
donde en un sollozo
mi amor recogerá estos días
que soplaron
sobre mil tardes tras tu pie.

jueves, 30 de mayo de 2013

EL ORO DE LAS TUMBAS.


EL ORO DE LAS TUMBAS
ENTREVISTA AL ESCRITOR ALMERIENSE

ÁNGEL DE UTRERA TRAS LA APARICIÓN DE SU ULTIMA NOVELA PUBLICADA: 

“ EL ORO DE LAS TUMBAS”    Augusto Fuentes conversa con el escritor.




AUGUSTO FUENTES.-  Nuestra primera pregunta es: ¿Qué nos dice respecto al título del libro?


ÁNGEL DE UTRERA.-   Schliemann descubrió oro en las tumbas reales de Mecenas; de ahí se infiere…


A.F.   ¿Qué es eso de eminente doctrinario de la Universidad de Arkham (Miskatonic), que es lo primero con que tropezamos en la solapa del libro, donde suele presentarse al autor?


A.U.   Se trata de una broma literaria y al mismo tiempo un homenaje a la memoria de H.P. Lovecraft y conjuntamente de E. A. Poe, que con su obra socavaron los falaces cimientos de la democracia americana, coartada del país más agresivo y violento de la historia. Respecto a lo de “doctrinario”, podemos decir que en el caos social en el que vivimos urge hacer afirmaciones de carácter apodíctico cuando nos referimos a las cosas de orden espiritual. Por otra parte, los textos están ahí y un legítimo interés puede conducir a ellos a los que, sinceramente, buscan y se buscan a sí mismos en medio de esta magna empresa de distracción que es la sociedad moderna. Podemos convenir hablando en términos teológicos que la distracción es el pecado contra el Espíritu Santo, aquel que no se perdona. Porque esta escrito: “¡Velad!”


A.F.  Pero esos textos a los que aludes, ¿qué son?; ¿de qué tratan?


A.U.  Son textos de carácter espiritual. No olvidemos que la literatura, propiamente hablando, es una degradación de los textos litúrgicos. El Quijote, por ejemplo, en aspectos muy puntuales, es una parodia del Evangelio, más que de los supuestos libros de caballería; aunque se trata de una parodia de la que el mismo Cervantes, que era una persona extremadamente religiosa, no fuera plenamente consciente. España ha sido secularizada completamente y sus tradiciones deliberadamente destruidas hasta el extremo de que estamos a punto de perder nuestra propia identidad. Esa agresión ideológica secular de ese laicismo que empieza a transformarse en una ideología que se impone por la política, y que se ha convertido en enemigo de la Tradición y del Espíritu, por no hablar de la religión. Son palabras del cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI.



A.F.  Volviendo a la literatura. ¿Por qué un cuarto libro cuando te hemos oído expresar con frecuencia que todo cuanto puede expresar un hombre de nuestros días cabe en tres?


A.U.  En realidad se trata del tercero de una unidad que iba a ser tetralogía, y que circunstancias adversas han impedido que se escribiera. “Relatos de la existencia y de la vigilia”, título spengleriano, fue un compendio previo de esa tetralogía. Por otra parte, siempre hemos afirmado que se es autor de una sola obra siempre que ésta, en su necesidad y autenticidad, exprese una especie de necesidad orgánica.


A.F.  ¿Tú te sientes expresado en estas obras que te debemos?


A.U.    En ellas no hablo de mí ni de mi vida “personal”, que no niego tener. ¿A quién que no haya perdido el respeto de sí mismo y de su propia decencia le puede interesar la vida personal de nadie? Ya decía Platón que la obra del poeta es el reflejo de los prejuicios e ideales imperantes ... y que no habla a la parte mejor del alma, sino a los instintos y a las pasiones, a las que espolea, y que el poeta incapacita al alma para distinguir lo importante de lo que no lo es, pues representa las cosas según el fin que en cada caso persigue; a causa de esta relatividad la poesía corrompe nuestros juicios estimativos. Sin embargo, poetas en el sentido elevado de esta palabra son Dante y Shakespeare, por ejemplo, y no esa gente para quien los marineros son las alas del amor, etc… y podemos seguir haciendo la misma pregunta que Platón nos dejó formulada en Las Leyes: “Padres,¿consentiréis que vuestros hijos sean educados por los caprichos de un poeta?”.- El propósito que he tenido al escribir mi obra es el de hacer al hombre más humilde y más identificado con su propia esencia. Vivimos, como dijo Heidegger, en la ‘época de la política absoluta’; esto es, de la mentira absoluta, aunque algunos, todavía, somos conscientes de que el mal es la imposibilidad de lo imposible, a pesar de que no dejemos por esto de sufrir sus consecuencias. Pero si le quitamos la humildad al hombre desaparecen todas las virtudes de las que su propio orgullo se glorifica y son quitadas a quien verdaderamente pertenecen.


La literatura “rectamente entendida”, como he dicho antes, no es sino una degradación y una parodia de los textos sagrados; sin embargo, el más grande de todos los escritores, que por su propia grandeza e inspiración constituye una afirmación doctrinal de dichos textos es William Shakespeare, quien, como persona espiritual, no creía en el azar, reconoce la operación de la Providencia en los seres humanos que traslada a sus obras, y sabía, por otra parte, que la limitada razón del hombre carece de poder de “justificas los medios de obrar de Dios”; y en sus obras, como hace decir al Rey Lear, acaba tomando sobre sí el misterios de las cosas, como si fuese un espía de Dios, que, al percibir la justicia de los procedimientos de la Providencia obliga a la justicia poética a coincidir con la Justicia Divina. Pero ¿quién comprende hoy en día nada de esto, cuando se ha consumado la destrucción de la Tradición, de nuestra espiritualidad y de nuestra misma patria (la tierra de nuestros padres)? Ni siquiera es capaz de advertir los dos aspectos esenciales bajo la que se ha realizado: por un lado, bajo el aspecto de una revolución de formas legales que introduce en nuestras leyes el espíritu de la subversión y de la rebelión; y por otro lado, bajo el aspecto llamado “cultural”, en que ese oximorón de la cultura oficial consagra el espíritu subversivo de las más perversas ideologías como cultura, como si la subversión y la conspiración tuvieran exclusivamente un aspecto estético. Y subversión y progreso lo acepta como cultura la propia inconsecuente e ininteligible derecha sin que parezca enterarse de nada una vez que ha perdido de vista sus propios valores que ya hasta parece desconocer por completo. Pues, cuando se escucha en boca de los jefes de partido cursilerías tales como las de “patriotismo constitucional”, o que “Europa no es un club cristiano” …, “la alianza de civilizaciones”, “el derecho a la felicidad” … hay que echarse a reír por no llorar.



A.F.  Sin embargo, hasta ahora, por lo que nosotros sabemos, tus libros – excepto contadas personas de excepción – han pasado completamente desapercibidos.


A.U.  “Quod scripsi, scripsi” Aunque ante el temor de que puedan ser víctimas de un auto de fe por esa invariante castiza española de destruir libros, los he puesto a buen recaudo enviándolos a las principales bibliotecas de Europa, ya que no me importa tanto la conspiración del silencio que padezco, como que en algún momento de un nuevo ciclo, puedan formar parte del germen de algo mejor. Nada hemos de esperar de los tiempos en que vivimos, conocemos perfectamente la recompensa que el paciente mérito recibe del hombre indigno, y no ignoramos tampoco quién mueve los hilos de lo que en su aspecto más ingenuo y vanidoso aparece como el artífice de la subversión bajo el aspecto de progreso. Vemos lo que vemos … pero detrás de todo eso hay algo más que sólo podemos conjeturar …


Respecto a mí mismo, como escritor me honra suficientemente que el nombre de un amigo dilecto vaya estampado junto al mío. El juicio de las generaciones futuras, ante el cual estará nuestra obra desnuda, lo ignoraremos siempre; sin embargo, tendré en alta estima a todo aquel a quien mi obra haya redimido de los falsos principio y lo haya hecho aproximarse al Principio divino. Algún día no lejano, presenciaremos la venganza del Cielo y debemos estar preparados, como dijo Shakespeare, para que el Juicio de los cielos no nos mueva a compasión. Y con esto creo que basta por hoy. Lo demás está escrito.




A. F. Y nosotros te agradecemos que nos haya iluminado con tus conocimientos superiores, tu exquisita cortesía, suprema elegancia y distinción, propia de un aristócrata del espíritu.

Almería, 03/05/2013


EL ORO DE LAS TUMBAS


SOLAPA ( Ángel Simón Collado)

Ángel de Utrera, el escritor que en España. representa la Cultura. Así, con mayúsculas y así de rotundo. La que penetra en el drama esencial del hombre: el ser y la existencia. En él, como en Dante, como en Cervantes, como en Goethe, por citar tres ejemplos ampliamente conocidos, la escritura se convierte en otra variación más del Conocimiento. Un novelista de raza que funde con rara habilidad una prosa auténticamente literaria con un contenido que se dispara continuamente hacia los universales de la inteligencia del ser y el más allá del ser, como esperanza salvífica en un mundo del aquí y ahora a vez más angosto y rastrero de alma y mente.
Artista en el sentido verdadero y pleno del término. Con ello queremos decir, que, poseyendo el completo dominio artesanal de su técnica, en una prosa que alcanza categorías musicales de sinfonía, aspira a injertar sus novelas doloridas en el árbol de una visión totalizadora del mundo creado, en una jerarquía ontológica de los seres. Novela de una textura literaria sorprendente, su lectura constituye un acontecimiento y una iniciación; nos transporta a niveles cada vez más altos del estatus que ocupábamos como criatura cuando abrimos sus páginas.
        Un escritor de raza en busca de un lector de raza.


PRÓLOGO (Ángel Simón Collado)

        Escribir el prólogo a una obra de Ángel Utrera, a cualquier obra de este escritor sin precedentes, supone escribir en el vacío de una ausencia de tradición. Empresa complicada, a afrontar sin el auxilio de unas cotas de referencia en un país donde la literatura se complace con demasiada insistencia en los arrabales del pensamiento y las pedanías del alma; sin un mínimo temblor intelectual frente al misterio agónico de la existencia; y un perenne tufillo a hojitas parroquiales de agrupación política de distrito. Cortos alcances en la Inteligencia, negligente en la Razón y cerril en la Sabiduría. ¿Dónde extraer el caudal de nociones para enfrentarnos a la novela de una aventura interior, de un personaje cuya vida particular siente como una angustia y un enigma a resolver en lo transcendente?
        El Oro de las Tumbas. Obra elaborada según esquemas ajenos a nuestra literatura, pues habría que rastrear esos territorios comunes a las especulaciones metafísicas, teológicas y místicas para descubrir el armazón interno que la sostiene. Alcanzar el oro de las tumbas atravesando los umbrales velados por un sutil tejido narrativo cuya trama consiste en la aprehensión del instante como desvelamiento de una inmanencia presentida pero nunca experimentada; y su urdimbre, la evocación de un estado primigenio en que se concedió al protagonista una creación significativa, un lugar donde se anudaba, para el espíritu alerta, lo efímero con lo intemporal.
        Evocar la infancia es evocar la casa del Padre. Rememorar una herencia levantada in illo tempore por los antepasados con un sentido y un significado, cuando la descomposición de éstos se ha completado en un entorno entregado a la satisfacción de lo inmediato. Indagación en el recuerdo de aquel lugar y tiempo para comprender que la soledad y el destierro de ahora son las consecuencias de una expulsión voluntaria, de una renuncia consciente al vender un noble patrimonio, a sabiendas que encerraba un cuidadoso componente espiritual, para adquirir la primogenitura de un estado mundano y circunstancial. Ni error ni fracaso, sino Pecado y Caída.
        Sin posibilidades de retorno a aquella mansión propiciatoria, desmantelada y profanada por mercaderes; desaparecidos ya sus últimos señores traicionados; ¿dónde encontrar el hilo de Ariadna que restituya, a través del laberinto de la vida y el mundo, con el fardo de la Culpa, un camino hacia el tesoro dilapidado y enterrado, cuando ya no se reconoce ni las señales de las tumbas? Para Adrián solo queda el delicado y difícil de la Belleza. Delicado y difícil porque la belleza de las creaciones humanas apela al gusto y conocimiento cultivados; la de la naturaleza, al sentimiento; pero la de la carne golpea en las raíces del hombre entero, en no se sabe qué centros vitales, para conmocionarlo por completo. Belleza convulsiva, mas triste y melancólica, la de la carne, al remover nostalgias imposibles de inmensas lejanías; y porque, sin saberlo, despierta apetencias de Absoluto. La Belleza es el esplendor de la Verdad. ¿Acaso no es el adolescente Balder, su hierofante según el orden de Melquisedec (sin padre, sin madre, sin genealogía, sin origen...), el que advierte a Adrián de las consecuencias que supondría para él la enajenación de la casa familiar? ¿No se señala (él mismo) como una senda peligrosa, al transitar por ella el deseo que ansía su cumplimiento, el placer apremiante e imperioso en que la materia viva ha depositado, también, la perpetuación de la especie? Pedagogía erótica del Amor: vía siempre resbaladiza, discurriendo entre abismos. Y para el discípulo generoso a la búsqueda de una verdadera patria, no son los vericuetos fisiológicos del sexo el auténtico peligro, sino la aspiración a un paraíso en el tiempo profano bajo la forma de una patria mortal; la aspiración legítima a un cobijo humano, pero, ¡ay!, demasiado humano.
        El Oro de las Tumbas; extrañamente seductora e insólita. Construida sobre terrenos vírgenes en la literatura española, se alza, solitaria y atrayente, en desiertos casi despoblados de nuestro panorama artístico. Sepamos que Ángel Utrera concibe sus novelas al modo en que se levanta un arte sacro: con esa intencionalidad que aúna los sensibles con los inteligibles, los sentimientos con la emoción, lo humano con lo transcendente; en definitiva, como signo que quiere para sí la categoría de símbolo. Más allá de la materialidad de estos signos, advirtamos, como fue advertido el protagonista, que consideremos la realidad espiritual a la que apuntan y manifiestan. ¿Quién nos librará de este cuerpo de muerte para atisbar por un sólo instante alguna de las muchas moradas en la casa del Padre? Usted y yo, lector, hechos a Su imagen y semejanza, pensemos en nosotros mismos esa imagen y semejanza, esa brizna de oro. Brizna de oro en que está todo el oro, y su tumba, por todas partes: ex quo pars et in hoc pectus mortale defluxit.
Vale.






El oro de las tumbas. Entrevista a Ángel de Utrera


ENTREVISTA AL ESCRITOR ALMERIENSE ÁNGEL DE UTRERA TRAS LA APARICIÓN DE SU ULTIMA NOVELA PUBLICADA:

“ EL ORO DE LAS TUMBAS”    Augusto Fuentes conversa con el escritor.



AUGUSTO FUENTES.-  Nuestra primera pregunta es: ¿Qué nos dice respecto al título del libro?


ÁNGEL DE UTRERA.-   Schliemann descubrió oro en las tumbas reales de Mecenas; de ahí se infiere…


A.F.   ¿Qué es eso de eminente doctrinario de la Universidad de Arkham (Miskatonic), que es lo primero con que tropezamos en la solapa del libro, donde suele presentarse al autor?

A.U.   Se trata de una broma literaria y al mismo tiempo un homenaje a la memoria de H.P. Lovecraft y conjuntamente de E. A. Poe, que con su obra socavaron los falaces cimientos de la democracia americana, coartada del país más agresivo y violento de la historia. Respecto a lo de “doctrinario”, podemos decir que en el caos social en el que vivimos urge hacer afirmaciones de carácter apodíctico cuando nos referimos a las cosas de orden espiritual. Por otra parte, los textos están ahí y un legítimo interés puede conducir a ellos a los que, sinceramente, buscan y se buscan a sí mismos en medio de esta magna empresa de distracción que es la sociedad moderna. Podemos convenir hablando en términos teológicos que la distracción es el pecado contra el Espíritu Santo, aquel que no se perdona. Porque esta escrito: “¡Velad!”


A.F.  Pero esos textos a los que aludes, ¿qué son?; ¿de qué tratan?


A.U.  Son textos de carácter espiritual. No olvidemos que la literatura, propiamente hablando, es una degradación de los textos litúrgicos. El Quijote, por ejemplo, en aspectos muy puntuales, es una parodia del Evangelio, más que de los supuestos libros de caballería; aunque se trata de una parodia de la que el mismo Cervantes, que era una persona extremadamente religiosa, no fuera plenamente consciente. España ha sido secularizada completamente y sus tradiciones deliberadamente destruidas hasta el extremo de que estamos a punto de perder nuestra propia identidad. Esa agresión ideológica secular de ese laicismo que empieza a transformarse en una ideología que se impone por la política, y que se ha convertido en enemigo de la Tradición y del Espíritu, por no hablar de la religión. Son palabras del cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI.


A.F.  Volviendo a la literatura. ¿Por qué un cuarto libro cuando te hemos oído expresar con frecuencia que todo cuanto puede expresar un hombre de nuestros días cabe en tres?


A.U.  En realidad se trata del tercero de una unidad que iba a ser tetralogía, y que circunstancias adversas han impedido que se escribiera. “Relatos de la existencia y de la vigilia”, título spengleriano, fue un compendio previo de esa tetralogía. Por otra parte, siempre hemos afirmado que se es autor de una sola obra siempre que ésta, en su necesidad y autenticidad, exprese una especie de necesidad orgánica.

A.F.  ¿Tú te sientes expresado en estas obras que te debemos?

A.U.    En ellas no hablo de mí ni de mi vida “personal”, que no niego tener. ¿A quién que no haya perdido el respeto de sí mismo y de su propia decencia le puede interesar la vida personal de nadie? Ya decía Platón que la obra del poeta es el reflejo de los prejuicios e ideales imperantes ... y que no habla a la parte mejor del alma, sino a los instintos y a las pasiones, a las que espolea, y que el poeta incapacita al alma para distinguir lo importante de lo que no lo es, pues representa las cosas según el fin que en cada caso persigue; a causa de esta relatividad la poesía corrompe nuestros juicios estimativos. Sin embargo, poetas en el sentido elevado de esta palabra son Dante y Shakespeare, por ejemplo, y no esa gente para quien los marineros son las alas del amor, etc… y podemos seguir haciendo la misma pregunta que Platón nos dejó formulada en Las Leyes: “Padres,¿consentiréis que vuestros hijos sean educados por los caprichos de un poeta?”.- El propósito que he tenido al escribir mi obra es el de hacer al hombre más humilde y más identificado con su propia esencia. Vivimos, como dijo Heidegger, en la ‘época de la política absoluta’; esto es, de la mentira absoluta, aunque algunos, todavía, somos conscientes de que el mal es la imposibilidad de lo imposible, a pesar de que no dejemos por esto de sufrir sus consecuencias. Pero si le quitamos la humildad al hombre desaparecen todas las virtudes de las que su propio orgullo se glorifica y son quitadas a quien verdaderamente pertenecen.

La literatura “rectamente entendida”, como he dicho antes, no es sino una degradación y una parodia de los textos sagrados; sin embargo, el más grande de todos los escritores, que por su propia grandeza e inspiración constituye una afirmación doctrinal de dichos textos es William Shakespeare, quien, como persona espiritual, no creía en el azar, reconoce la operación de la Providencia en los seres humanos que traslada a sus obras, y sabía, por otra parte, que la limitada razón del hombre carece de poder de “justificas los medios de obrar de Dios”; y en sus obras, como hace decir al Rey Lear, acaba tomando sobre sí el misterios de las cosas, como si fuese un espía de Dios, que, al percibir la justicia de los procedimientos de la Providencia obliga a la justicia poética a coincidir con la Justicia Divina. Pero ¿quién comprende hoy en día nada de esto, cuando se ha consumado la destrucción de la Tradición, de nuestra espiritualidad y de nuestra misma patria (la tierra de nuestros padres)? Ni siquiera es capaz de advertir los dos aspectos esenciales bajo la que se ha realizado: por un lado, bajo el aspecto de una revolución de formas legales que introduce en nuestras leyes el espíritu de la subversión y de la rebelión; y por otro lado, bajo el aspecto llamado “cultural”, en que ese oximorón de la cultura oficial consagra el espíritu subversivo de las más perversas ideologías como cultura, como si la subversión y la conspiración tuvieran exclusivamente un aspecto estético. Y subversión y progreso lo acepta como cultura la propia inconsecuente e ininteligible derecha sin que parezca enterarse de nada una vez que ha perdido de vista sus propios valores que ya hasta parece desconocer por completo. Pues, cuando se escucha en boca de los jefes de partido cursilerías tales como las de “patriotismo constitucional”, o que “Europa no es un club cristiano” …, “la alianza de civilizaciones”, “el derecho a la felicidad” … hay que echarse a reír por no llorar.



A.F.  Sin embargo, hasta ahora, por lo que nosotros sabemos, tus libros – excepto contadas personas de excepción – han pasado completamente desapercibidos.


A.U.  “Quod scripsi, scripsi” Aunque ante el temor de que puedan ser víctimas de un auto de fe por esa invariante castiza española de destruir libros, los he puesto a buen recaudo enviándolos a las principales bibliotecas de Europa, ya que no me importa tanto la conspiración del silencio que padezco, como que en algún momento de un nuevo ciclo, puedan formar parte del germen de algo mejor. Nada hemos de esperar de los tiempos en que vivimos, conocemos perfectamente la recompensa que el paciente mérito recibe del hombre indigno, y no ignoramos tampoco quién mueve los hilos de lo que en su aspecto más ingenuo y vanidoso aparece como el artífice de la subversión bajo el aspecto de progreso. Vemos lo que vemos … pero detrás de todo eso hay algo más que sólo podemos conjeturar …

Respecto a mí mismo, como escritor me honra suficientemente que el nombre de un amigo dilecto vaya estampado junto al mío. El juicio de las generaciones futuras, ante el cual estará nuestra obra desnuda, lo ignoraremos siempre; sin embargo, tendré en alta estima a todo aquel a quien mi obra haya redimido de los falsos principio y lo haya hecho aproximarse al Principio divino. Algún día no lejano, presenciaremos la venganza del Cielo y debemos estar preparados, como dijo Shakespeare, para que el Juicio de los cielos no nos mueva a compasión. Y con esto creo que basta por hoy. Lo demás está escrito.


A. F.  Y nosotros te agradecemos que nos haya iluminado con tus conocimientos superiores, tu exquisita cortesía, suprema elegancia y distinción, propia de un aristócrata del espíritu.

jueves, 25 de abril de 2013

3.- LAS HORAS PURPÚREAS II

No sepas de otra senda que la de la taberna,
ni aspires a otra cosa que vino, amor y música.
Con la copa en la mano, con el odre a la espalda,
bebe, bebe, querido, y calla, calla siempre.
Omar Kheyyam: "Rubayat"
.................


Uno.-


 Poema considerablemente ampliado respecto a la redacción original que se limitaba a la primera, última estrofa (con una versión reducida) y coda final. Los añadidos apuntan a un más amplio desarrollo del comienzo clásico ("tempus est dolorem") que se extiende por consideraciones 'metafísicas' sobre el instante y el tiempo, el tiempo y la eternidad.
Atengámonos a unas circunstancias que se dieron en el verano del 98: unas veladas que surgieron por sí mismas en la casa cuyo patio de entrada compartía con el destinatario de la composición y promotor de las Horas Purpúreas. Se organizaban avanzada la tarde y fueron acompañadas de un tiempo apacible y tranquilo. Abríamos la puerta del salón para que participara en el don de aquellas horas esparcidas por el patio. Formábamos las botellas prescritas con sus correspondientes acompañamientos, siempre variando alguno de sus componentes, y siempre repitiendo otros, que yo me encargaba de comprar un poco al azar. Mi casa, la suya y el patio han cambiado de dueño y en homenaje a la Stoa, Academia o Peripatos que pudo ser y no ha sido, se amplifica el original y se dedica. ¿Qué añadir , si no es que se desarrollaban casi en silencio, en un mudo y delicioso banquete del cuerpo y del espíritu?.-

A ÁNGEL UTRERA, por todas las veladas compartidas.
A ÁNGEL UTRERA, que nos hizo participes de sus Horas purpúreas.

El tiempo es el dolor. Su fruto amargo:
la áspera corteza de la muerte.
El tiempo es el dolor. Así esta escrito.
Porque el mundo pasa y el hombre
mora en el olvido.-
Así lo escribe con indeleble trazo
el viento en las ruinas de los siglos.
Amigo, esta tarde
será la misma tarde; el vino el mismo vino;
será otra la mesa, otra la casa
y otros serán los comensales.
Amigo, cuando no estemos...
Sí. Llena las copas;
y dejemos que el ahora nos encuentre
gozando del pródigo jazmín,
del laurel alto,
del frágil, verdecido mandarino,
que tantos sinsabores procura su cuidado;
Regálate en la tarde
apacible y decorosa que nos mece
como sones llevados por los aires (allegro, adagio, allegro),
de un amado concierto de Albinoni.
Llena las copas. Apura,
en íntimo silencio recogido,
el don piadoso que se ofrece
del momento perfecto y fugitivo.
Apuremos sorbo a sorbo,
que aún nos queda luz por unas horas,
la fugaz proclamación que de lo eterno
se esparce por doquier
sin voz e indiferente.
Amigo, cuando no estemos
¿seremos en el instante vislumbrado?
Ausencias sin sentido,
regiones devastadas, el bosque yermo.
El tiempo erosiona los jardines
e inocula en el alma todo olvido.
Más, ¿no contiene el vino
la llave de una puerta, y el instante
la impronta de lo eterno?.
Cuando no estemos
¿valdrá para nosotros el Sí celeste
al eterno presente vislumbrado?
Busquemos la respuesta en nuestra copa.
Bebamos hasta quebrar la incertidumbre.
Y desde el centro de Su esfera, amigo Ángel,
hagamos florecer todas los flores.


Dos.

 Poema escrito "a posteriori" de los inicialmente incluidos en las Horas Purpúreas", y producto de una apuesta
nocturna. En ella se prescribía:

1.- Su forma estrófica: un soneto.-
2.- El primer verso: "Desperté. Y estaba en la taberna"
3.- Debía nombrarse a la madre.-


 La segunda impuesta por mí; las demás el destinatario y autor del desafío; las tres: improvisadas.- Si el lector pudiera tener presente el interlocutor entendería hacia donde apunta el contenido. Persona con una inteligencia que sobrepasa su alma por todas partes; un alma empequeñecida por absurdas obsesiones, aherrojada por sufrimientos imposibles. Y sin embargo, ciertas lecturas y querencias podrían haberlo liberado de sí mismo, liberación que él se encarga de evitar en un incesante dar vueltas en derredor de la picota que ha construido para su propio sufrimiento. No encuentra  la forma de dar el paso necesario para abandonar el cenagal de nuestras propias imbecilidades, el valor preciso para arrojar nuestra forma de ser por la borda, de alcanzar la indiferencia a todas las trivialidades que nos asalta y que tensamos hasta hacerlas parecer importantes y decisivas.- El líquido amniótico de los individuos lo constituye las propias necedades, que tratamos con el rigor, seriedad e insistencia que merece, en razón con la grandísima importancia en que las considera la idiotez ignorante en que estamos hundidos, la brutal inconsciencia en que nos movemos, la estolidez imperturbable en que vivimos.-


 Con lo cual, queriendo hablar de una circunstancia personal se habla de la condición existencial de todo hombre. El deseo de salir de nosotros, olvidarnos de toda preocupación del siglo pasa por la inverosímil dejación total de uno mismo, el increíble sacrificio de nuestro yo cotidiano, y posee una finalidad sin la cual se convierte todo esto en un mero ejercicio estoico para conseguir la ataraxia: finalidad que vamos a calificar, sin más, de mística, a fin de huir de toda pedantería que estaría en esta situación fuera de lugar. Se comprende así, qué es la taberna, qué el vino, quién el tabernero, cuál la enseñanza, el anegarse, la oblación, el olvido, etc...

 Compuse en principio, (aparte del primer verso 'obligado'), el terceto final, como eco del simbolismo sacrificial de la Misa superior a nuestras fuerzas.-
La dificultad estuvo en elaborar el relleno de este plato (ya que lograr un poema coherente con lo que se quiere decir y con el modo de decirlo, y ciñéndonos a una estrofa determinada, no es asunto baladí; lo que me costó para mí se queda).- Siendo el primer verso decasílabo, he mantenido esta cantidad silábica en los dos siguientes - el tercero debe leerse como tal- para dar la impresión de un comienzo más rotundo y precipitado, que se dulcifica y expande en encasílabos al final del primer cuarteto.-De todas formas, para los más puristas en cuestiones métricas, puede elegirse el siguiente comienzo:

Despertar, y encontrarse en la taberna
es ofrecer la copa sin tardanza,
y esperar ....

 Una última apostilla. Toda eso de despertar y verse uno en la taberna, no fue tan improvisado como se ha afirmado. En realidad fue sugerida durante la conversación que teníamos, en la que había salido a colación ciertos hechos antiguos no recuerdo si como reproche o como simple recuerdo anecdótico. Estando una vez de vinos por ahí el causante del desafío, otro amigo a quien dedico una composición de esta serie, y el que suscribe, nuestro héroe quedó herido en la refriega, digámoslo así, por lo que cual, para evitar males mayores, lo dejamos tiernamente dormido en la ya desaparecida taberna de la Ferroviaria (Almería capital), que ustedes no han conocido gracias a la Providencia divina. Juro que prometimos volver para recogerlo al finalizar la batalla que ese día entablábamos con nuestra salud. Y volvimos, pero he aquí que dicho acogedor establecimiento estaba cerrado, totalmente cerrado. ¿Qué fue de nuestro hombre? ¿Cómo, cuándo, de qué manera despertó?

Imaginando la sorpresa de la consciencia tan sorpresivamente restablecida, el reconocimiento atónito del lugar, las circunstancias, las personas que lo rodeaban, etc...; imaginando tal situación nos dio motivo para el inicio del soneto. Y ya esta bien de cháchara. 

Que les agrade.-

Desperté. Y estaba en la taberna.
Ofrecí mi copa sin tardanza.
Espere de ese gesto de esperanza
el dulce fruto de la vid fraterna.
El dulce fruto que en la cuba inverna,
sabio regazo, maternal crianza,
escancia mesonero: tu enseñanza
anegue el caos que mi razón gobierna.
¡Ah, si alcanzara el sumergirme entero
en sola tu embriaguez, y allí perdido
la paz de ser que en lo profundo espero...
yo, que no acierto en lo que tu has querido:
a darme en oblación, fiel mesonero,
en aras del silencio y del olvido.-
tres.

A M.F., CON EL DESEO ESPERANZADO DE QUE
PROPICIE EL MOMENTO DE SU REDENCIÓN

En las tardes de calmas y delicias,
cuando quieras dar cima a la jornada
y busques la alegría de la taberna,
el trato cordial de los amigos,
los amables placeres de la vida,
no olvides jamás este consejo,
que, al menos, gratis te lo doy:
no lleves junto a tí y con vosotros
al hombre del dolor y la amargura;
dejara en tu alma el espesor del plomo
y en tu boca el triste y frío sabor de los metales.
Aléjalo de tí, no des asiento
a quien busca la ocasión de la venganza.
Escupirá su sufrimiento en vuestra mesa
y no se oirá más voz que la del cieno.
Desde el mar de su rabia y su tormento
en oleadas de odio incomparables,
no habrá en su palabra nobleza ni descanso,
no habrá sonrisa que no hiera
ni paz en otros ojos que soporte.
Este es su delirio:
exponer su rencor en impúdico desnudo,
exhibir las repugnantes llagas en espectáculo,
como un escarnio para el hombre,
como una infamia a vuestro tiempo;
conmover el mundo
con tanta desolación y desconsuelo,
o incendiarlo con el fuego de su incendio.-
Aléjalo de tí; pues ya os fue dicho:
no deis cabida a la serpiente,
guardaos de su veneno,
ni alimentes la hiel con esta esencia
que para gloria de tus tardes se te ofrece,
como un regalo precioso de los cielos.
Apártalo de tí,
hiel que buscara tu hiel,
cieno que buscara tu cieno
serpiente que buscara en ti a la serpiente
torbellino que buscara en tí el torbellino.
Apártalo, pues hombres como ése
nunca sabrá de vuestro trato con la copa
ni compartirá nunca con vosotros
la hora dichosa de la embriaguez gratísima.

LAS HORAS PURPUREAS. (II).- Tres dedicatorias.-
Ángel Simón Collado.