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miércoles, 28 de octubre de 2015

Andrés Rubia. La banda sonora original de un político Tal.

(Metáfora fotográfica de Andrés Rubia )
LA BANDA SONORA ORIGINAL DE UN 
POLÍTICO TAL

(Por Andrés Rubia)



Pongamos que se llama Fernando…
Fernando Gurtrín Pascual es licenciado en derecho con postgrado en administración pública y un master en relaciones internacionales. Está esperando tumbado a que seque el suelo recién fregado, con los pies apoyados en el brazo del sofá. Hace poco menos de dos minutos, la señora de la limpieza ha pasado por allí para hacerle la vida más aséptica.
Las notas musicales de una canción del Sabina se filtran desde la casa de su vecina cincuentona, quien también debe estar en tareas domésticas: El blues de lo que pasa en mi escalera:
El más capullo de mi clase (¡que elemento!)
Llegó hasta el parlamento
Y a sus cuarenta y tantos años,
un escaño
decora con su terno
azul de diputado del gobierno.
Da fe de que ha triunfado
su tripa, que ha engordado
desde el día
que un ujier le llamó su señoría
ycambió a su mujer por una arpía
de pechos operados.
Y sin dejar de ser el mismo bruto
aquel que no sabía
ni dibujar la o con un canuto (…)
Se ha levantado del diván como un resorte. Lo tiene claro. Debe cambiar el mundo pero primero, ha de comenzar por su país.
La canción continúa filtrándose desde la radio de la vecina:
El superclase de mi clase (¡que pardillo!)
se pudre en el banquillo
Y, a sus cuarenta y cinco abriles,
Matarile,
y a la cola del paro
por no haber pasado por el aro.
Vencido, calvo y tieso
se quedó en los huesos
aquel día
que pilló a su mujer en plena orgía
con el miembro del miembro (¡qué ironía!)
más tonto del congreso.
Y sin dejar de ser el mismo sabio
que para hacer poesía,
sólo tenía que mover los labios (…)
Se acerca a la mesa de su despacho, se sienta. Click, on, oummmmmm… Impaciente escucha el zumbido sordo del ordenador mientras arranca. Espera. En apenas un minuto, en la pantalla obtiene el Word con el cursor parpadeándole. No debe escapársele la idea. Se pone a escribir como si fuera una cuestión de ahora o nunca, como si la inspiración no fuera a durarle mucho más de lo que ese orgasmo mental:
El problema no es la ambición, el problema es dónde ensordecer, cercanos a esa frontera entre la honradez y la inmoralidad humana donde la codicia grita tentando al individuo.
El problema no es la tentación del poder patrañero, de su propósito acabado en éxito o en ladronicio. La cuestión, la perniciosa enfermedad es que, impiadosa como una pandemia, la sociedad es capaz de lo más rapaz y fagocita a profesiones y profesionales honestos; entonces, las leyes voraces de los poderosos y corruptos, delimitan el número de románticos llamándoles revolucionarios.
Son pocos los poetas de verdad sublimando verdades con modales ancestrales, loables, adolecidos. Son muchos los políticos, por contra, promulgando mentiras con maneras eficaces. Luego está el dinero, pero ya se sabe, ahí está la historia del mundo que regresa una y otra vez a contarnos que… (Vuelta a empezar)…
El problema no es la ambición, el problema es dónde quedarse sin audición, en ese límite entre la honradez y la inmoralidad humana donde la codicia grita tentando (…)


Fernando Gurtrín funda una plataforma política de talante liberal progresista. Tras cinco años, logra ser líder de la oposición con ese partido. Veintisiete meses después gana las elecciones generales y sube a la presidencia del gobierno.
Hoy es el día. Sorprendentemente no vendió su despacho en el barrio Salamanca pese a sus periplos por Moncloa. Mi opinión es que disfrutaba con la música que ponía su vecina choni. Sí, hoy es el día. Aquí aguarda a que venga a recogerle el coche oficial. Entretanto, sobre el brazo del sofá, posa los pies respirando el olor a lejía perfumada. El fregasuelos huele bien, a lavanda. Escucha cantar al chico gay de la limpieza que dos semanas antes contrató para compensar un favor de silencio que debía a su padre, el tesorero del partido:
Ná te debo, ná te pido
me voy de tu vera
olvídame ya,
que he pagado con oro
tus carnes morenas
¡no maldigas, paya!
Que estamos en paz.
No te quiero, no me quieras,
si tó me lo diste
yo ná te pedí.
No me eches en cara
que tó lo perdiste,
también a tu vera
yo tó lo perdí (…)
Será llamado a declarar por varios delitos de malversación de fondos y prevaricación, tráfico de influencias, filtración de documentos, financiación irregular y apropiación indebida. Está tranquilo. Dos jueces entraron en el supremo gracias a él y a poco de Gurtrín sentarse en la presidencia de estado.
Yo ya he cumplido. He contado la historia de Fernando Gurtrín Pascual. ¡La leche! ¡Un tío que es la leche!.
No me esperéis en ningún mitin en estos próximos meses aplaudiendo a nadie, insisto, a nadie, a ningún político bien entrenado para timar en el nombre o no del capitalismo. Han esquilmado por completo mi confianza. La biblia de la nueva democracia ya me la leí y no soy creyente, gracias a dios. En su lugar supongo que tomaré mi coche, pondré a mi amigo Fumangie en el cedé y escucharé esa canción, manual de buena fe, aquella que dice:
Marcar la equidistancia
entre dos puntos sin nada en común.
Descubrir las veredas
que a un lado, no se dejan ver.
Deletrear las palabras
letra a letra, suelen doler más.
Piedad, una de ellas,
y estar atentos por si hay que correr.
Seguimos aferrados al manual de buena fe.
Seguimos aferrados al manual de buena fe (…)


Entonces llegará el momento de seguir siendo estafado por el ayuntamiento y la O.R.A. Aparcaré. Monedas al cajón. Cooperaré con los sueldos y nóminas de alcalde, concejales y gualdrapas varios… demasiados. Me dirigiré al karaoke. Una vez allí, cuando me dejen, “tó” castizo y muy digno, pediré cantar esa coplilla de Quintero-León y Quiroga:
¡Ay, pena, penita, pena -pena-,
pena de mi corazón,
que me corre por las venas -pena-
con la fuerza de un ciclón!
Es lo mismo que un nublado
de tiniebla y pedernal.
Es un potro desbocado
que no sabe dónde va.
Es un desierto de arena -pena-,
es mi gloria en un penal.
¡Ay, penal! ¡Ay, penal!
¡Ay, pena, penita, pena!
Cuando salga, ya habrá oscurecido y será hora de volver al lugar donde hago culto a mi bohemia desapercibida. Permaneceré un minuto reflexivo en la puerta y regresará a mi mente esa frase:
El problema no es la ambición, el problema es dónde ensordecer, cercanos a esa frontera entre la honradez y la inmoralidad humana donde la codicia grita tentando al individuo.
¡Bah! ¡Que les den! –
Y me marcharé a casa en silencio, queriendo ser un ignorante, un niño de cinco años, sin música, quizá algo abatido, escuchando el ruido del motor, el cliqueo de la intermitencia bajo el salpicadero, el rumor de las calles mientras los semáforos en rojo, el murmullo frío de la ciudad disipándose con la noche mientras arruga sus pulsaciones por minuto. Siempre pensaré que la vida puede devolvernos la ilusión con el siguiente día, a menos que sea la última vez, el último día que la existencia te permita pensar.

domingo, 3 de agosto de 2014

Aquel dos de diciembre. Andrés Rubia

Aquel dos de Diciembre
Por Andrés Rubia


Aquel dos de Diciembre, con un ramo de flores robado en una mano, con las llaves en la otra, preferí llegar de nuevo a casa, rehusando tomar el ascensor por no ver mi cara de desolación durante el trayecto y contemplarme en el espejo como un miserable recién abandonado por su última musa… Metí la llave, abrí la puerta, me dirigí hacia el aparato, metí el cd, seleccioné el número, pulsé el play y, tras arrojarme a la cama como un suicida que lo hace al vacío, me quedé escuchando “el tiempo de la cerezas” de Bunbury.
¿Que si es posible unir suerte y fracaso desde el balcón de las incertidumbres?
DOS MESES ANTES:…Desde mi ventana sur, los había visto muchas tardes encontrarse en aquel banco del parque Céfiro.
Aquellas citas, apenas duraban más de veinte minutos.
Nada más verse, como si de un ceremonial protocolo se tratase, se besaban las mejillas, apagaban sus teléfonos móviles y hablaban circunspectos, intensos, respetuosos en cada turno de palabra. En ocasiones sonreían, o agachaban la vista, o se mantenían quedos con la mirada pensativa hacia el estanque, justo allí donde una sirena de basalto vertía desde su ánfora un chorro de agua malva sobre la fuente.
Alguno de esos días llovía y se cobijaban bajo un paraguas anaranjado. Sin embargo, durante otras tarde de primavera, comían garrapiñadas y echaban rosetas de maíz a las palomas. Ella recostaba la cabeza en su hombro mientras él le echaba el brazo por encima. Quedaban absortos, el uno al lado del otro. Luego ya no hablaban más hasta la hora de marchar. Ambos vestían juveniles, pero a ojo de confidente escritor, yo sabía que teñían canas.
Llegaba el momento. Unas veces, marchaban juntos cogidos de la mano, otras, se separaban con un abrazo, con las miradas clavadas, con los ojos rebosantes de trance y cariño, como si no tuviesen muy claro que hubiera una próxima vez. Una frase breve en los labios de ella, a continuación, el gesto profundo de silencio en él. Ignoro cómo lo intuí, pero aquello dolía por alguna razón que nunca supe ni sabré.
A consecuencia de un tour poético hispanoamericano por Canarias, debí ausentarme durante un mes y doce días de mi apartamento en el barrio de los Destinos. Sea verdad, que cuando el grupo de cantautores del Arrecife me lo propuso, elucidé una oportunidad para sacudir mi inspiración y tratar de lograr componer al menos una o dos canciones. Necesitaba aquello como un loco anhela un poco de cordura transitoria e intentar pisotear mi crisis creativa. No pude evitar imaginarme con mi guitarra sentado a la orilla volcánica de una playa vacía de Lanzarote. Siempre he creído que soñar es más de infelices que de hipócritas.
Me sentía pequeño, ladino y yermo durante esos días. Mi proceso artístico musical llevaba tres meses en coma profundo, tan desértico y blanco como el valor catastral de un kilómetro cuadrado de luna.
Durante ese periodo alejado de mi pequeño apartamento, sucedieron cinco accidentes aéreos en el mundo, habían salido a la luz siete nuevos casos de corrupción en Cataluña, Andalucía y Madrid.
Un monologuista valenciano y su amante, el batería de un conocido grupo de soul, habían sido vilmente asesinados en la habitación de un hotel de Capri.
Se confiscaron diez alijos entre cocaína y hachís en una humilde aldea de la costa gallega.
En Jerusalén, Netanyahu, el primer ministro israelí, es asesinado en circunstancias paranormales por un niño palestino, quien a continuación se inmoló. Realizada la autopsia y el análisis de ADN, la identidad coincidía inexplicablemente con la de uno de los seis menores fallecidos durante el bombardeo a una escuela refugio de la ONU en Gaza, dos semanas antes del insólito homicidio.
La hija menor de mi vecina, Guillermina la del quinto, de diecisiete años, había abortado por segunda vez.
David Bisbal, obtenía un grammy por su álbum dedicado a mi persona, “El poeta olvidado”.
El gobierno español había implantado cinco nuevos impuestos, uno de ellos para los pintores y artistas que hiciesen pública su obra. Había subido al veintitrés por cierto el iva, la gasolina en un ocho más, y el ministro de economía había salvado la vida por los pelos tras un atentado terrorista en la Moncloa, donde treinta personas habían perecido, entre ellas, Jorge Javier Vázquez, el presentador del programa con más audiencia en Telecinco.
Pero también se dieron buenas noticias: Estados Unidos acababa de levantar el bloqueo a Cuba. La Nasa había descubierto un planeta con similares características al nuestro donde, la vida humana era posible; y además, se había ratificado la global prohibición para la fabricación de armas nucleares en todo el mundo. Corea del Norte había sido el último país en firmar.
Regresé un 21 de Noviembre a la península, a mi barrio de Los Destinos, a mi casa de la calle Destierro con vistas al parque Céfiro.
He de confesarlo. Los echaba de menos.
Estuve asomándome casi todas las tardes, pero algo sucedía. Él comenzaba a no acudir a todas las citas. Ella siempre lo hacía. Se sentaba en el mismo banco, miraba su teléfono, lo apagaba y permanecía alrededor de media hora esperando a que ocurriese algo, con la mirada puesta en aquella sirena que ahora ya vertía el agua con menos intensidad, más clara sobre la fuente. La bombilla del foco malva debía haberse fundido, y el ayuntamiento, probablemente, carecía de presupuesto para cambiarlo.
Debo reconocer que durante una semana y tres días, un sentimiento de curiosidad, de nostalgia y angustia, anduvo pertrechando mi corazón.
Aquel dos de Diciembre hacía frío, y aunque ella, fiel a donde siempre, sí acudió, supe que sería la última vez que lo haría. Cuando se marchó bajé a ver qué era lo que había estado labrando con un pequeño punzón en ese banco, el cual, durante tantas tardes de Mayo, había sido testimonial escenario de una historia tanto bella como extraña.
No era excesivamente grande. El ramo llevaba petunias, claveles, una flor del paraíso y una rosa intensamente hermosa y roja. En la madera del asiento había dejado escrito algo:
Duró lo que duró. Dure lo que dure el dolor… Jamás pondré en duda que haberte conocido no haya merecido la pena. Yo bendigo este rincón del universo donde fuimos dos desconocidos por primera vez.”
Aquel dos de Diciembre, con el ramo de flores robado en una mano, con las llaves en la otra, preferí llegar de nuevo a casa, rehusando tomar el ascensor por no ver mi cara de desolación, por no contemplarme en el espejo como un miserable recién abandonado por su última musa… Metí la llave, abrí la puerta, me dirigí hacia el aparato, metí el cd, seleccioné el número, pulsé el play y, tras arrojarme a la cama como un suicida que lo hace al vacío, me quedé escuchando “el tiempo de la cerezas” de Bunbury. 
 
Por Andrés Rubia

viernes, 14 de junio de 2013

No me llega la inspiración. Andrés Rubia

No me llega la inspiración.
Tu adiós revira mezclado con tu perfume...
                                                                .... cerca de la puerta
Aquel poema que fuiste.

Se retuerce el aire exiguo que dejas para mi resurreción.

Un solo pulmón para respirar.

Tanto y tanto duele ahora puede,

... quizá,
             ..... que más tarde sangre.

Revira el aire sobre su propio giro atmosférico, caótico, flotante.


La vida es un "ya no te quiero"

Lento fue el veneno de la hiedra que no matará en un instante.

Marzo:

Lanza romana...
       Postcrucifixión.

Aquel poema que fuiste todavía,

                                       pues todavía,
                                       porque todavía gravitan graves de gravedad las
comas,
sinalefas,
puntos,
            hiatos y demás signos de interrogación sin los puntos suspensivos.

Punto final en una alcoba de cajones vacíos.


Los ojos empapados con sujeto sin predicado aquella tarde de abril:

Aquel poema que fuiste.
En el suelo del dormitorio duelen las escenas.
Rotos como espejos las porciones de aquellos fracturados versos:

Palabras:

Sonrisas, azucenas, caricias, felicidad.
Promesas, catorces, tú, febreros, eternidad.

He hallado en el trastero lo poco que dejas.

Y mientras con aquella escoba retiro los restos de aquel poema que fuiste.
Aprendo que debo aprender, a sufrir, a crecer, a vivir.

Escucho unos versos de Sabinna gimiendo con alaridos mi falta de inspiración.
Los tres versos siguientes son del poeta por aquel poema que fuiste:
¿Quién me ha robado el mes de abril?
Este loco se va con otra loca.
                                        Estos ojos no lloran más por ti.




Andrés Rubia (mayo 2007)

No me llega la inspiración. Andrés Rubia

No me llega la inspiración.
Tu adiós revira mezclado con tu perfume...
                                                                .... cerca de la puerta
Aquel poema que fuiste.

Se retuerce el aire exiguo que dejas para mi resurreción.
Un solo pulmón para respirar.

Tanto y tanto duele ahora puede,
... quizá,
             ..... que más tarde sangre.

Revira el aire sobre su propio giro atmosférico, caótico, flotante.

La vida es un "ya no te quiero"
Lento fue el veneno de la hiedra que no matará en un instante.

Marzo:
Lanza romana...
       Postcrucifixión.

Aquel poema que fuiste todavía,
                                       pues todavía,
                                       porque todavía gravitan graves de gravedad las
comas,
sinalefas,
puntos,
            hiatos y demás signos de interrogación sin los puntos suspensivos.

Punto final en una alcoba de cajones vacíos.

Los ojos empapados con sujeto sin predicado aquella tarde de abril:
Aquel poema que fuiste.
En el suelo del dormitorio duelen las escenas.
Rotos como espejos las porciones de aquellos fracturados versos:

Palabras:
Sonrisas, azucenas, caricias, felicidad.
Promesas, catorces, tú, febreros, eternidad.

He hallado en el trastero lo poco que dejas.
Y mientras con aquella escoba retiro los restos de aquel poema que fuiste.
Aprendo que debo aprender, a sufrir, a crecer, a vivir.

Escucho unos versos de Sabinna gimiendo con alaridos mi falta de inspiración.
Los tres versos siguientes son del poeta por aquel poema que fuiste:
¿Quién me ha robado el mes de abril?
Este loco se va con otra loca.
                                        Estos ojos no lloran más por ti.




Andrés Rubia (mayo 2007)

martes, 14 de mayo de 2013

Sé que fuisteis vosotros. Andrés Rubia

  Sé que fuisteis vosotros. Sé que hubo una bomba dentro de uno de aquellos vagones, de aquellos trenes de cercanías, el once de Marzo del 2004 que no estalló. Vuestro Alá no era el perfecto ni el auténtico Alá. Y es que el cielo es justo y providencial.

 Ahora ya sabemos quienes sois.

Allí me tuvisteis enlutado el día 12, con mis manos blancas, con mis minutos de silencio en el horizonte, con mi lazo negro en la antena del coche, consternado, rodeado junto a doce millones de criaturas humanas pidiendo por la deportación de vuestro ingenio para matar. Esta vez habéis pegado fuerte y bien. Más de doscientos muertos y una generosa propina de casi mil quinientos heridos, algunos de los cuales, graves, muy graves, pasaran a la lista de los más de doscientos antes mencionados.  ¿Tan bien remunerado está ese trabajo? ¿Tan justa es vuestra causa?. Si tan sólo son banderas y dioses. ¿Independencia de qué? ¿Héroes en el paraíso de Alá?. ¿Pero quién es Alá? Nadie de los ya muertos os esclavizaba ni os robaba el cus cus para que hubierais de matarlos con esas maneras. Enclavasteis hasta metralla. Nadie de ellos os estaba maltratando ni a vosotros ni a vuestras familias. Sois seres humanos como el resto de personas de esta esfera todavía azul, y me consta que el mundo sigue preocupado porque todos continuemos haciendo un mundo mejor, más digno y sin violencia. ¡Así No!
¿Acaso las victimas de ese atentado tenían culpa? Vaya por dios – por cierto que locución tan suspirante acabo de suscitar… por dios, qué ironía— ¡Cuánto lo siento!.
 Vale, pues leed a continuación lo que he decidido que ocurra tras los incidentes del pasado 11-M..

 Sé que fuisteis vosotros. Pero tranquilos.

Ahora soy un nuevo dios -aquí por lo visto es fácil decidir quien tiene que morir y quien ha de seguir viviendo, al fin y al cabo estaréis conmigo que  vosotros mismos es así como lo habéis demostrado.  ¿Os extrañáis, verdad? ¿Os estaréis averiguando de qué va este tío al cual seguramente ni estaréis leyendo? No os preocupéis, qué más da, este derecho me lo otorgaré sólo durante lo que dure este texto para libraros de la cárcel, o de la silla eléctrica e incluso de la muerte. Quiero que viváis, tenedlo claro ¿de acuerdo?, así pues, prestad atención: Yo soy un nuevo dios,  el cual, va libraros de la ley de los hombres. Estáis a salvo de esa ley. Este que escribe reniega de la justicia convencional, de la justicia de las togas. Estad tranquilos, a mi omnipotencia deífica nadie jamás le hace imploraciones con jaculatorias oraciones de la Biblia o el Corán, es más, desaprueba hasta incluso la inmolación inclusive cuando son para con motivos terroristas. Está a favor de la vida y de la paz. Simplemente soy una nueva deidad fruto de la locura y de los reconcomios que habéis detonado, pero insisto, estad tranquilos, no voy a pedir la silla eléctrica para todos y cada uno de vosotros, no os voy a meter en la cárcel, entre otras cosas porque yo soy tan  sólo un dios que quiere vuestra libertad fuera de presidio. Recordad que la utopía y su frustración me otorgan este derecho para dar veredicto por encima incluso de los tribunales internacionales. Paso de ellos.

En principio solamente soslayo el sumario del atentado. (Para qué menear más el asunto si sé quienes fuisteis), por otro lado, rechazo la posibilidad de obligaros a careo alguno con las familias afectadas, con el resto de victimas y por supuesto con esos cientos de millones de personas que incluso como testigos asistieron a las manifestaciones en contra del terrorismo, proyecto el cual, vosotros ejecutasteis en toda su dimensión. ¿Para qué citar tanta gente en un juzgado?  si en ningún tribunal de este planeta cabrían en su sala, y por ende, sé que todos declararían en vuestra contra. Además seamos cerebrados, existiría otro conflicto, correríais el peligro de ser cruelmente atropellados, violentamente destrozados en un incontenible gesto histérico de cólera y venganza colectiva. Uf, si vosotros supierais, la gente está muy sensibilizada con este tema, tanto que durante un par de semanas la violencia de género va a quedar relegada a un secundario plano. No, no señor, creo que no, demasiado riesgo. No sería lo más acertado porque alguien de vosotros –estoy seguro-- podría salir brutalmente lastimado  y no resultaría un juicio justo.

Bueno, no andaré mucho más de la Ceca a la Meca y concluiré esta sentencia para de paso, acabar con este tiempo autoproclamado de dios, necesario por cierto, pero digamos que en estos momentos es una muy incómoda identidad para mí: Andrés Rubia, ese al que tanta caña le dan tantos y tantos necios, me dijo hace un ratito que “Hay decisiones que los dioses deberían evitar poner en manos de los hombres para que así, estos nunca pudieran decidir la muerte de ninguno de su homogéneos en nombre de dios”.  Ser un dios de tinta caído es incómodo. No es mi personalidad natural. Tanto las religiones fanáticas, como las políticas imperialistas, como las mayorías absolutas en una democracia -a lo antecedido me remito-- me hacen vomitar.

Sentencia NUM :   #0- 0ç0 : 0*00{{{0001·#

Fallo:

En la ciudad Almería a día (Festividad de Sta Cristina) 13 de Marzo de 2004.

El Ilustrísimo señor poeta cuyo nombre no os importa, porque a nadie importo, aunque todos sabéis quien soy, otorgado el derecho de seudoconvertirse en dios con d minúscula, magistrado en el juzgado de instrucción zona cero, ejercitando la acción pública su Ministerio Fiscal de Justicia pro derechos humanos.

Que debo condenar y condeno a todos los responsables causantes de los hechos probados el pasado 11 de Marzo de 2004 en la estación de Atocha y otras líneas férreas de cercanías a Madrid, a que vivan en libertad, sin ser encarcelados, ni sean increpados, ni por supuesto condenados a penas de muerte, pero adoleciendo tanto física como psíquicamente, sin opción a suicidarse, ni inmolarse, durante el tiempo que dure la siguiente pena impuesta, a que cada 11 minutos (en solidaridad con el 11-S) de cada hora de las 24 del día, y durante un periodo de 202 meses (un mes por cada una de las víctimas mortales del atentado) sufran la agonía, el dolor, la desesperación, el terror, el pánico que durante aquel momento del trance mortal, sufrieron los viajeros que vilmente fueron asesinados en el anterior y ya mencionado atentado. Quedando prohibida cualquier asistencia ciudadana, sanitaria o psiquiátrica sin previo, expreso y consensuado permiso de todos y cada uno de los familiares de las victimas.

Frente a esta sentencia cabe interponer Recurso de Apelación en un plazo indefinido de tiempo, siempre y cuando haya sucedido otro periodo igual o mayor a 202 meses (pena completa), en el cual, demostradamente quede probado que en el transcurso de dicho periodo no haya habido ningún otro atentado terrorista en el mundo por parte de ninguna organización terrorista islámica, militar o política.

Así por esta mi sentencia, definitivamente y deíficamente juzgando, lo pronuncio, mando y firmo.

11-M: SÉ QUE FUISTEIS VOSOTROS
 por Andrés Rubia
Almería a 21 de marzo de 2004

Sé que fuisteis vosotros. Andrés Rubia

  Sé que fuisteis vosotros. Sé que hubo una bomba dentro de uno de aquellos vagones, de aquellos trenes de cercanías, el once de Marzo del 2004 que no estalló. Vuestro Alá no era el perfecto ni el auténtico Alá. Y es que el cielo es justo y providencial.

 Ahora ya sabemos quienes sois.

Allí me tuvisteis enlutado el día 12, con mis manos blancas, con mis minutos de silencio en el horizonte, con mi lazo negro en la antena del coche, consternado, rodeado junto a doce millones de criaturas humanas pidiendo por la deportación de vuestro ingenio para matar. Esta vez habéis pegado fuerte y bien. Más de doscientos muertos y una generosa propina de casi mil quinientos heridos, algunos de los cuales, graves, muy graves, pasaran a la lista de los más de doscientos antes mencionados.  ¿Tan bien remunerado está ese trabajo? ¿Tan justa es vuestra causa?. Si tan sólo son banderas y dioses. ¿Independencia de qué? ¿Héroes en el paraíso de Alá?. ¿Pero quién es Alá? Nadie de los ya muertos os esclavizaba ni os robaba el cus cus para que hubierais de matarlos con esas maneras. Enclavasteis hasta metralla. Nadie de ellos os estaba maltratando ni a vosotros ni a vuestras familias. Sois seres humanos como el resto de personas de esta esfera todavía azul, y me consta que el mundo sigue preocupado porque todos continuemos haciendo un mundo mejor, más digno y sin violencia. ¡Así No!
¿Acaso las victimas de ese atentado tenían culpa? Vaya por dios – por cierto que locución tan suspirante acabo de suscitar… por dios, qué ironía— ¡Cuánto lo siento!.
 Vale, pues leed a continuación lo que he decidido que ocurra tras los incidentes del pasado 11-M..

 Sé que fuisteis vosotros. Pero tranquilos.

Ahora soy un nuevo dios -aquí por lo visto es fácil decidir quien tiene que morir y quien ha de seguir viviendo, al fin y al cabo estaréis conmigo que  vosotros mismos es así como lo habéis demostrado.  ¿Os extrañáis, verdad? ¿Os estaréis averiguando de qué va este tío al cual seguramente ni estaréis leyendo? No os preocupéis, qué más da, este derecho me lo otorgaré sólo durante lo que dure este texto para libraros de la cárcel, o de la silla eléctrica e incluso de la muerte. Quiero que viváis, tenedlo claro ¿de acuerdo?, así pues, prestad atención: Yo soy un nuevo dios,  el cual, va libraros de la ley de los hombres. Estáis a salvo de esa ley. Este que escribe reniega de la justicia convencional, de la justicia de las togas. Estad tranquilos, a mi omnipotencia deífica nadie jamás le hace imploraciones con jaculatorias oraciones de la Biblia o el Corán, es más, desaprueba hasta incluso la inmolación inclusive cuando son para con motivos terroristas. Está a favor de la vida y de la paz. Simplemente soy una nueva deidad fruto de la locura y de los reconcomios que habéis detonado, pero insisto, estad tranquilos, no voy a pedir la silla eléctrica para todos y cada uno de vosotros, no os voy a meter en la cárcel, entre otras cosas porque yo soy tan  sólo un dios que quiere vuestra libertad fuera de presidio. Recordad que la utopía y su frustración me otorgan este derecho para dar veredicto por encima incluso de los tribunales internacionales. Paso de ellos.

En principio solamente soslayo el sumario del atentado. (Para qué menear más el asunto si sé quienes fuisteis), por otro lado, rechazo la posibilidad de obligaros a careo alguno con las familias afectadas, con el resto de victimas y por supuesto con esos cientos de millones de personas que incluso como testigos asistieron a las manifestaciones en contra del terrorismo, proyecto el cual, vosotros ejecutasteis en toda su dimensión. ¿Para qué citar tanta gente en un juzgado?  si en ningún tribunal de este planeta cabrían en su sala, y por ende, sé que todos declararían en vuestra contra. Además seamos cerebrados, existiría otro conflicto, correríais el peligro de ser cruelmente atropellados, violentamente destrozados en un incontenible gesto histérico de cólera y venganza colectiva. Uf, si vosotros supierais, la gente está muy sensibilizada con este tema, tanto que durante un par de semanas la violencia de género va a quedar relegada a un secundario plano. No, no señor, creo que no, demasiado riesgo. No sería lo más acertado porque alguien de vosotros –estoy seguro-- podría salir brutalmente lastimado  y no resultaría un juicio justo.

Bueno, no andaré mucho más de la Ceca a la Meca y concluiré esta sentencia para de paso, acabar con este tiempo autoproclamado de dios, necesario por cierto, pero digamos que en estos momentos es una muy incómoda identidad para mí: Andrés Rubia, ese al que tanta caña le dan tantos y tantos necios, me dijo hace un ratito que “Hay decisiones que los dioses deberían evitar poner en manos de los hombres para que así, estos nunca pudieran decidir la muerte de ninguno de su homogéneos en nombre de dios”.  Ser un dios de tinta caído es incómodo. No es mi personalidad natural. Tanto las religiones fanáticas, como las políticas imperialistas, como las mayorías absolutas en una democracia -a lo antecedido me remito-- me hacen vomitar.

Sentencia NUM :   #0- 0ç0 : 0*00{{{0001·#

Fallo:

En la ciudad Almería a día (Festividad de Sta Cristina) 13 de Marzo de 2004.

El Ilustrísimo señor poeta cuyo nombre no os importa, porque a nadie importo, aunque todos sabéis quien soy, otorgado el derecho de seudoconvertirse en dios con d minúscula, magistrado en el juzgado de instrucción zona cero, ejercitando la acción pública su Ministerio Fiscal de Justicia pro derechos humanos.

Que debo condenar y condeno a todos los responsables causantes de los hechos probados el pasado 11 de Marzo de 2004 en la estación de Atocha y otras líneas férreas de cercanías a Madrid, a que vivan en libertad, sin ser encarcelados, ni sean increpados, ni por supuesto condenados a penas de muerte, pero adoleciendo tanto física como psíquicamente, sin opción a suicidarse, ni inmolarse, durante el tiempo que dure la siguiente pena impuesta, a que cada 11 minutos (en solidaridad con el 11-S) de cada hora de las 24 del día, y durante un periodo de 202 meses (un mes por cada una de las víctimas mortales del atentado) sufran la agonía, el dolor, la desesperación, el terror, el pánico que durante aquel momento del trance mortal, sufrieron los viajeros que vilmente fueron asesinados en el anterior y ya mencionado atentado. Quedando prohibida cualquier asistencia ciudadana, sanitaria o psiquiátrica sin previo, expreso y consensuado permiso de todos y cada uno de los familiares de las victimas.

Frente a esta sentencia cabe interponer Recurso de Apelación en un plazo indefinido de tiempo, siempre y cuando haya sucedido otro periodo igual o mayor a 202 meses (pena completa), en el cual, demostradamente quede probado que en el transcurso de dicho periodo no haya habido ningún otro atentado terrorista en el mundo por parte de ninguna organización terrorista islámica, militar o política.

Así por esta mi sentencia, definitivamente y deíficamente juzgando, lo pronuncio, mando y firmo.

11-M: SÉ QUE FUISTEIS VOSOTROS
 por Andrés Rubia
Almería a 21 de marzo de 2004

lunes, 13 de mayo de 2013

El broker. Andrés Rubia

El siglo veintiuno supondrá tanta velocidad al cientifismo que los átomos de los conceptos cambiaran demasiado rápidos, y por tanto, el gran reto del Hombre será mantener el orden en la química de su mente.


Fue agente de valores mío durante los dos años que con fortuna aposté en bolsa.
Con él había hablado por teléfono una media docena de veces hasta que por fin en un viaje a Madrid tuve la oportunidad de conocerle personalmente. De mediana estatura, poseía unos ojos avispados como el color del cuero curtido, entechados por unas cejas animosas casi nunca inmotas. Aparentaba una sagaz agilidad mental tan ordenada como el nudo de su corbata en el planchado blanco de su camisa.
Cuando alguien que no conoces te realiza bien un trabajo con el que te hace ganar en dos semanas más de siete mil quinientos euros, no puedes sino acrecentar la curiosidad de frecuentarle aunque sólo sea una vez. Lo conseguí, y de él, lo que más me llamó la atención fue su rostro cuidado de arrugas pese a pasar de los cincuenta y dos, y sin embargo, aparentar siete u ocho años menos. Su nombre y primer apellido eran vulgares: Miguel Núñez, su segundo era lo que le daba una cierta personalidad reconcurrente e historiada con su idiosincrasia emprendedora:
.Bizarro.
El año 2002 fue tan nefasto para las inversiones, tan patético en mi vida conyugal por culpa de las inversiones, tan inverso en casi todas y a priori maravillosas inversiones, que decidí salirme del parqué y no hacer para siempre jamás esas tan buenas inversiones bursátiles con mi mala e invertida vida. De todos modos había ganado mucho dinero pero había perdido salud, familia y por tanto felicidad. Un precio justo que suele cobrarse la injusta ansiedad de las ambiciones.
Con la separación salí económicamente perdiendo como todo varón con hijos en este país, era de esperar, pero compré una pequeña casa costera en Salobreña y al poco, allí me refugié con Maria Almudena, mi segunda compañera, una vez hube conseguido casi al unísono el divorcio y la jubilación anticipada.
En la charcutería donde habitualmente compraba el york y el solan de cabras había oído hablar de él. Le llamaban “el profeta” porque pronosticaba acaecimientos tan difíciles que ocurrieran como desconcertantes y descerebrados eran otros, aunque eso sí, nunca tan afuera de la lógica como podría pensarse. Esa mañana, escuché a una viuda residente de nacionalidad inglesa, vecina del pueblo, contar la última aseveración del personaje:
-- y el siñoor profeta diçeme entoncses algun día mucsha gente todos locos como éll, porque demassiaado deprisa la tecnologuía y elé-pfhutturo… y mucsho peligro para los sencsatos.
Para aquel hombre que siempre ha buscado la sabiduría, es hartamente difícil esquivar la curiosidad, sobre todo cuando se interesa por otro homogéneo, el cual, es considerado un necio por el resto de sabios. Siempre he atribulado que el loco puede ser el resultado de una inteligencia sublime.

Supe una borrascosa mañana en la cafetería del Lucio --ubicada media docena de escalones en alto y a pie de paseo marítimo-- que él observaba durante muchas tardes la luminosidad gualda y efímera del ocaso, mientras la iglesia mudéjar del Rosario --como todas las tardes—lanzaba al aire sus últimas plegarias por aquellos desdeñados quienes en tantas y tantas cuestiones valen más que esos que juzgan a estos otros, quizá bien llamados excéntricos, pero sin embargo, mal señalados de chiflados.


No me andaré por las ramas, sí, era Miguel Núñez Bizarro, el motivo por el que había llegado allí lo desconocía, y ustedes pueden sacar las conjeturas y sospechas que quieran. Tenía el pelo más largo, bastante más largo que cuando lo conocí en el madrileño recinto bursátil que se inauguró coincidiendo con el reinado de Isabel II en 1834. Su rostro no rezumaba ya esa lozanía “Aramis contour des yeux for men”, y en su cepillo de pelo, cada mañana, debían quedar prisioneras media docena canas. Se parapetaba tras unas gafas de sol oscuras que aún conservaban cierta modernidad en el diseño. Su aspecto seguía conservando comedida pulcritud y civismo, su vestuario era claro, bohemio aunque de briosa calidad boutiquera.


Seguiré sin andarme por las ramas y les diré que tras mi presentación como ciudadano y darle más de una y dos señas a cerca de mis andanzas inversionistas en antaño, tratando de rememorarle cuando para mí intervenía en la compra y venta de “Blues chips”(1) o “chicharros”(2), siguió sin recordarme. Y prosigo: Me invitó sin mucho protocolo aunque cortésmente a la silla de al lado, alentándome poco después a que le hiciera romper su tope máximo de cafés al día. Su médico le había prohibido el tercero. Él era también ahora un perdedor, padecía del corazón, y trajinaba al igual que yo, insistir en sus cuidados para retrasar lo máximo posible a esa negra dama invisible que siempre especula con la posibilidad de llegar antes de tiempo, pero con la imposibilidad tan siempre imposible de sin ti marcharse una vez te ha visitado.


Hacía mucho tiempo que no había mantenido con alguien una conversación tan intrigante e instructiva. Al principio reculó en hablarme de su presente pero al final terminó contándome el porqué de su decisión a transferir todo y cuanto poseía en Madrid y exiliarse a este rincón litoral donde la arena puede ser el mejor colchón para una siesta sin mesita de noche, y por ende, sin relojes de diseño; donde las nubes son las mejores interferencias para los grandes edificios de oficinas que sin acritud, siempre están tan deambuladas de hipocresía; y las estrellas, donde por fortuna, continúan indelebles, perpetuas en su hemisferio y carente de interruptores.


--No me importó, era una cuestión de supervivencia – Alegó tras una pausa haciendo descansar su taza.-- ¿Sabe usted lo que sentí en esa depresión?--Su pregunta no iba dirigida a encontrar en mí respuesta sino a comprobar mi escucha, y a continuación hizo extenso su verbo con los ojos fijos en el paseo marítimo.— Pues tuve conversaciones con el sol en un autismo nocturno. Caía a un pozo donde se descarnaban mis uñas: La ley de Newton me hacía una manzana podrida en esa caída libre sin tan siquiera encontrar una raíz donde afanarse. Nada más salir a la calle vestido de ojeras, la Castellana se atestaba de carceleros, de carrocerías con ruedas y miradas contra los tímpanos. Los escaparates entonces fintan tu ansiedad, distraen poderosos tu intranquilidad enmudeciendo fachadas donde todas las puertas permanecen cerradas menos las de las tiendas. Allí casi siempre te sonríen:


"No me gusta esa bufanda o ese chaleco o ese pillacorbatas, pero al igual entro y los compro": Ansiedad consumista. "Mejor no, no suelo usar bufandas, ni chalecos, ni pillacorbatas". Sin embargo, si iba bien de tiempo hacia el parqué, volvía sobre mis pasos para comprarlas. Ansiedad consumada.


Percibes que por las paredes de tus arterias se va adosando un colágeno de alquitrán que destila por tus pupilas para licuar y adherirse incluso a tu sistema nervioso. Tienes prisa. Llegas tarde. Recibes una llamada al móvil que como en tantas ocasiones es anodina. Te paras. Lo sacas y enciendes el séptimo de la jornada cuando todavía son las diez de la mañana, a todo esto, sin haber madrugado porque, entre otras cosas, no has sabido dormir. Ya no sabes ni dormir, qué bárbaro, ya no sabes nada, no entiendes nada, y la fe en ti mismo debe haberse fugado con un tipo de aspecto mercenario que en ese momento se cruza contigo y te mira insultante por la acera. No has desayunado y necesitas un café cargado pero no te decides por ninguna cafetería y es que acusas el resquemor de encontrarte con alguien conocido que pueda averiguar que tu alegría está en coma. Comprendes que a tus ganas de vivir le faltan ganas de seguir viviendo y que la diestra donde acarreas el portafolios se hace zurda… ¿Ves a esa mujer?— Deparó de pronto, obligándome a virar mi atención hacia donde él miraba. Se trataba de la viuda inglesa que había conocido esa mañana en la charcutería donde habitualmente compro el york y el solán de cabras. Paseaba su menuda y grácil silueta por el periplo del paseo marítimo, deambulando con paso rápido, ágil, y ataviada con un chándal.—


Pues verás amigo, todas, absolutamente todas las tardes pasa con prisas cuando yo estoy en esta terraza viendo inclinar el día, cuando yo trato de olvidar mi pasado, cuando disfruto de un paisaje sin prestezas ni apresuramientos. No entiendo porqué anda tan deprisa por un lugar tan balsámico para mí…que… que se me antoja al estrés personificado.—En el mutismo de a continuación que utilizó para acabar el café, hallé un desapacible desagrado, pero continuó: No falla ni un solo atardecer, cruza siempre ese tramo de espigón de ahí enfrente cuando el sol dobla por ese punto de la colina. Ningún día es igual, pero ella es como un cronómetro y siempre trata de hacerlos iguales. ¿Sabes? Me llaman “el profeta” porque pienso que tal y como va la vida, dentro de diez u once años habrá tantos locos que los cuerdos serán considerados de anormales, ¿y sabes otra cosa? Siempre quise ser enfermero, o D.U.E., como ahora se les llama, sobre todo porque eso de poner inyecciones me ha llamado siempre la atención… ¿Ves? Me llaman el profeta, dicen que soy un desequilibrado—


Sonrió, pero su sonrisa fue de algún modo dedicada y perdida hacia el horizonte. Bendito loco.
No volví a verle en un plazo de dos semanas, al tercer jueves me atreví a ir donde lo había encontrado por primera vez. Pero su silla estaba vacía, su mesa estaba vacía y el crepúsculo marino de Salobreña estaba vacío.
Escuché atónito lo sucedido mientras en la cafetería del Lucio me lo contaban, y tras sentir una extraña sensación conmovedora, supe que yo tenía en la mano el que su condena sólo quedase en una sanción económica. Decidí llamar a mi abogado esa misma tarde y contarle que tenía un amigo metido en un lío a consecuencia de haber sido acusado injustamente de violencia de género. Cuando me preguntó de qué clase de violencia se trataba, le contesté:
-- Ha conseguido pinchar intramuscularmente a una mujer con una inyección de tranxilium 50 cuando paseaba por el paseo marítimo de Salobreña. – y a continuación agregué: …Por fin. 
EL BROKER


    Por Andrés Rubia  (Mojácar 21/02/2004)                      

El broker. Andrés Rubia

El siglo veintiuno supondrá tanta velocidad al cientifismo que los átomos de los conceptos cambiaran demasiado rápidos, y por tanto, el gran reto del Hombre será mantener el orden en la química de su mente.


Fue agente de valores mío durante los dos años que con fortuna aposté en bolsa.
Con él había hablado por teléfono una media docena de veces hasta que por fin en un viaje a Madrid tuve la oportunidad de conocerle personalmente. De mediana estatura, poseía unos ojos avispados como el color del cuero curtido, entechados por unas cejas animosas casi nunca inmotas. Aparentaba una sagaz agilidad mental tan ordenada como el nudo de su corbata en el planchado blanco de su camisa.
Cuando alguien que no conoces te realiza bien un trabajo con el que te hace ganar en dos semanas más de siete mil quinientos euros, no puedes sino acrecentar la curiosidad de frecuentarle aunque sólo sea una vez. Lo conseguí, y de él, lo que más me llamó la atención fue su rostro cuidado de arrugas pese a pasar de los cincuenta y dos, y sin embargo, aparentar siete u ocho años menos. Su nombre y primer apellido eran vulgares: Miguel Núñez, su segundo era lo que le daba una cierta personalidad reconcurrente e historiada con su idiosincrasia emprendedora:
.Bizarro.
El año 2002 fue tan nefasto para las inversiones, tan patético en mi vida conyugal por culpa de las inversiones, tan inverso en casi todas y a priori maravillosas inversiones, que decidí salirme del parqué y no hacer para siempre jamás esas tan buenas inversiones bursátiles con mi mala e invertida vida. De todos modos había ganado mucho dinero pero había perdido salud, familia y por tanto felicidad. Un precio justo que suele cobrarse la injusta ansiedad de las ambiciones.
Con la separación salí económicamente perdiendo como todo varón con hijos en este país, era de esperar, pero compré una pequeña casa costera en Salobreña y al poco, allí me refugié con Maria Almudena, mi segunda compañera, una vez hube conseguido casi al unísono el divorcio y la jubilación anticipada.
En la charcutería donde habitualmente compraba el york y el solan de cabras había oído hablar de él. Le llamaban “el profeta” porque pronosticaba acaecimientos tan difíciles que ocurrieran como desconcertantes y descerebrados eran otros, aunque eso sí, nunca tan afuera de la lógica como podría pensarse. Esa mañana, escuché a una viuda residente de nacionalidad inglesa, vecina del pueblo, contar la última aseveración del personaje:
-- y el siñoor profeta diçeme entoncses algun día mucsha gente todos locos como éll, porque demassiaado deprisa la tecnologuía y elé-pfhutturo… y mucsho peligro para los sencsatos.
Para aquel hombre que siempre ha buscado la sabiduría, es hartamente difícil esquivar la curiosidad, sobre todo cuando se interesa por otro homogéneo, el cual, es considerado un necio por el resto de sabios. Siempre he atribulado que el loco puede ser el resultado de una inteligencia sublime.

Supe una borrascosa mañana en la cafetería del Lucio --ubicada media docena de escalones en alto y a pie de paseo marítimo-- que él observaba durante muchas tardes la luminosidad gualda y efímera del ocaso, mientras la iglesia mudéjar del Rosario --como todas las tardes—lanzaba al aire sus últimas plegarias por aquellos desdeñados quienes en tantas y tantas cuestiones valen más que esos que juzgan a estos otros, quizá bien llamados excéntricos, pero sin embargo, mal señalados de chiflados.


No me andaré por las ramas, sí, era Miguel Núñez Bizarro, el motivo por el que había llegado allí lo desconocía, y ustedes pueden sacar las conjeturas y sospechas que quieran. Tenía el pelo más largo, bastante más largo que cuando lo conocí en el madrileño recinto bursátil que se inauguró coincidiendo con el reinado de Isabel II en 1834. Su rostro no rezumaba ya esa lozanía “Aramis contour des yeux for men”, y en su cepillo de pelo, cada mañana, debían quedar prisioneras media docena canas. Se parapetaba tras unas gafas de sol oscuras que aún conservaban cierta modernidad en el diseño. Su aspecto seguía conservando comedida pulcritud y civismo, su vestuario era claro, bohemio aunque de briosa calidad boutiquera.


Seguiré sin andarme por las ramas y les diré que tras mi presentación como ciudadano y darle más de una y dos señas a cerca de mis andanzas inversionistas en antaño, tratando de rememorarle cuando para mí intervenía en la compra y venta de “Blues chips”(1) o “chicharros”(2), siguió sin recordarme. Y prosigo: Me invitó sin mucho protocolo aunque cortésmente a la silla de al lado, alentándome poco después a que le hiciera romper su tope máximo de cafés al día. Su médico le había prohibido el tercero. Él era también ahora un perdedor, padecía del corazón, y trajinaba al igual que yo, insistir en sus cuidados para retrasar lo máximo posible a esa negra dama invisible que siempre especula con la posibilidad de llegar antes de tiempo, pero con la imposibilidad tan siempre imposible de sin ti marcharse una vez te ha visitado.


Hacía mucho tiempo que no había mantenido con alguien una conversación tan intrigante e instructiva. Al principio reculó en hablarme de su presente pero al final terminó contándome el porqué de su decisión a transferir todo y cuanto poseía en Madrid y exiliarse a este rincón litoral donde la arena puede ser el mejor colchón para una siesta sin mesita de noche, y por ende, sin relojes de diseño; donde las nubes son las mejores interferencias para los grandes edificios de oficinas que sin acritud, siempre están tan deambuladas de hipocresía; y las estrellas, donde por fortuna, continúan indelebles, perpetuas en su hemisferio y carente de interruptores.


--No me importó, era una cuestión de supervivencia – Alegó tras una pausa haciendo descansar su taza.-- ¿Sabe usted lo que sentí en esa depresión?--Su pregunta no iba dirigida a encontrar en mí respuesta sino a comprobar mi escucha, y a continuación hizo extenso su verbo con los ojos fijos en el paseo marítimo.— Pues tuve conversaciones con el sol en un autismo nocturno. Caía a un pozo donde se descarnaban mis uñas: La ley de Newton me hacía una manzana podrida en esa caída libre sin tan siquiera encontrar una raíz donde afanarse. Nada más salir a la calle vestido de ojeras, la Castellana se atestaba de carceleros, de carrocerías con ruedas y miradas contra los tímpanos. Los escaparates entonces fintan tu ansiedad, distraen poderosos tu intranquilidad enmudeciendo fachadas donde todas las puertas permanecen cerradas menos las de las tiendas. Allí casi siempre te sonríen:


"No me gusta esa bufanda o ese chaleco o ese pillacorbatas, pero al igual entro y los compro": Ansiedad consumista. "Mejor no, no suelo usar bufandas, ni chalecos, ni pillacorbatas". Sin embargo, si iba bien de tiempo hacia el parqué, volvía sobre mis pasos para comprarlas. Ansiedad consumada.


Percibes que por las paredes de tus arterias se va adosando un colágeno de alquitrán que destila por tus pupilas para licuar y adherirse incluso a tu sistema nervioso. Tienes prisa. Llegas tarde. Recibes una llamada al móvil que como en tantas ocasiones es anodina. Te paras. Lo sacas y enciendes el séptimo de la jornada cuando todavía son las diez de la mañana, a todo esto, sin haber madrugado porque, entre otras cosas, no has sabido dormir. Ya no sabes ni dormir, qué bárbaro, ya no sabes nada, no entiendes nada, y la fe en ti mismo debe haberse fugado con un tipo de aspecto mercenario que en ese momento se cruza contigo y te mira insultante por la acera. No has desayunado y necesitas un café cargado pero no te decides por ninguna cafetería y es que acusas el resquemor de encontrarte con alguien conocido que pueda averiguar que tu alegría está en coma. Comprendes que a tus ganas de vivir le faltan ganas de seguir viviendo y que la diestra donde acarreas el portafolios se hace zurda… ¿Ves a esa mujer?— Deparó de pronto, obligándome a virar mi atención hacia donde él miraba. Se trataba de la viuda inglesa que había conocido esa mañana en la charcutería donde habitualmente compro el york y el solán de cabras. Paseaba su menuda y grácil silueta por el periplo del paseo marítimo, deambulando con paso rápido, ágil, y ataviada con un chándal.—


Pues verás amigo, todas, absolutamente todas las tardes pasa con prisas cuando yo estoy en esta terraza viendo inclinar el día, cuando yo trato de olvidar mi pasado, cuando disfruto de un paisaje sin prestezas ni apresuramientos. No entiendo porqué anda tan deprisa por un lugar tan balsámico para mí…que… que se me antoja al estrés personificado.—En el mutismo de a continuación que utilizó para acabar el café, hallé un desapacible desagrado, pero continuó: No falla ni un solo atardecer, cruza siempre ese tramo de espigón de ahí enfrente cuando el sol dobla por ese punto de la colina. Ningún día es igual, pero ella es como un cronómetro y siempre trata de hacerlos iguales. ¿Sabes? Me llaman “el profeta” porque pienso que tal y como va la vida, dentro de diez u once años habrá tantos locos que los cuerdos serán considerados de anormales, ¿y sabes otra cosa? Siempre quise ser enfermero, o D.U.E., como ahora se les llama, sobre todo porque eso de poner inyecciones me ha llamado siempre la atención… ¿Ves? Me llaman el profeta, dicen que soy un desequilibrado—


Sonrió, pero su sonrisa fue de algún modo dedicada y perdida hacia el horizonte. Bendito loco.
No volví a verle en un plazo de dos semanas, al tercer jueves me atreví a ir donde lo había encontrado por primera vez. Pero su silla estaba vacía, su mesa estaba vacía y el crepúsculo marino de Salobreña estaba vacío.
Escuché atónito lo sucedido mientras en la cafetería del Lucio me lo contaban, y tras sentir una extraña sensación conmovedora, supe que yo tenía en la mano el que su condena sólo quedase en una sanción económica. Decidí llamar a mi abogado esa misma tarde y contarle que tenía un amigo metido en un lío a consecuencia de haber sido acusado injustamente de violencia de género. Cuando me preguntó de qué clase de violencia se trataba, le contesté:
-- Ha conseguido pinchar intramuscularmente a una mujer con una inyección de tranxilium 50 cuando paseaba por el paseo marítimo de Salobreña. – y a continuación agregué: …Por fin. 
EL BROKER


    Por Andrés Rubia  (Mojácar 21/02/2004)