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Mostrando las entradas etiquetadas como EL TRANCO I

Demasiadas dosis de realidad para un viernes por la noche. Miguel Ángel Sánchez Herrera

[DEMASIADAS DOSIS DE REALIDAD PARA UN VIERNES POR LA NOCHE] A veces me acostaba tarde. Me quedaba observando el ritmo de la televisión hasta que lentamente los párpados se cerraban. Cabizbajo entonces caminaba hasta la habitación y descansaba en un profundo sueño que se alteraba solo varias veces a lo largo de la noche. Solía repetir este proceso casi mecánico muy a menudo. Sin embargo esta noche ha sucedido algo distinto, ocurrió lo mismo que todos los días, aunque a media noche desperté y encendí un momento la radio, ahí fue donde escuché una extraña historia. Serían las tres de la madrugada y una mujer contaba como su matrimonio no era lo que había esperado, se casó por la necesidad de ser escuchada por alguien, porque le apetecía compartir todo lo suyo con otra persona pero no por amor o al menos eso creía ella. Siempre fue una mujer olvidada, la última del grupo, la que todos los chicos pretendían en último lugar y que siempre por sexo la poseían; y ella no se consideraba fea, pro

Demasiadas dosis de realidad para un viernes por la noche. Miguel Ángel Sánchez Herrera

[DEMASIADAS DOSIS DE REALIDAD PARA UN VIERNES POR LA NOCHE] A veces me acostaba tarde. Me quedaba observando el ritmo de la televisión hasta que lentamente los párpados se cerraban. Cabizbajo entonces caminaba hasta la habitación y descansaba en un profundo sueño que se alteraba solo varias veces a lo largo de la noche. Solía repetir este proceso casi mecánico muy a menudo. Sin embargo esta noche ha sucedido algo distinto, ocurrió lo mismo que todos los días, aunque a media noche desperté y encendí un momento la radio, ahí fue donde escuché una extraña historia. Serían las tres de la madrugada y una mujer contaba como su matrimonio no era lo que había esperado, se casó por la necesidad de ser escuchada por alguien, porque le apetecía compartir todo lo suyo con otra persona pero no por amor o al menos eso creía ella. Siempre fue una mujer olvidada, la última del grupo, la que todos los chicos pretendían en último lugar y que siempre por sexo la poseían; y ella no se consideraba fea, pro

El monasterio de los meteoros. Joaquín Escobar Niebla

  Tras la muerte de mi mejor amigo, recibí, dos días después del funeral, por correo certificado, un sobre lacrado enviado por él. Dentro, en un folio, sólo encontré el desarrollo de una partida de ajedrez. Conociendo sus gustos esotéricos y singulares sería, tal y como después confirmé, una clave. Los movimientos, errantes y sin sentido aparente, pertenecían a la dama blanca en un viaje en solitario por las cuadrículas del tablero. Cada lance - lo deduje tras horas de barajar posibilidades- era simplemente una letra, y el regreso de la dama a su casilla de salida, un espacio en blanco entre las palabras. El proceso de decodificación lo basé, evidentemente, en la repetición de determinados movimientos. Los más frecuentes eran vocales. Fue sencillo aislar los artículos y las preposiciones, no tanto los sustantivos. El mensaje en clave decía lo siguiente: TESALIA- GRECIA Monasterio de los Meteoros Treinta y uno de diciembre del 2.001 16,00 horas Sólo quedaban tres días escasos para

El monasterio de los meteoros. Joaquín Escobar Niebla

  Tras la muerte de mi mejor amigo, recibí, dos días después del funeral, por correo certificado, un sobre lacrado enviado por él. Dentro, en un folio, sólo encontré el desarrollo de una partida de ajedrez. Conociendo sus gustos esotéricos y singulares sería, tal y como después confirmé, una clave. Los movimientos, errantes y sin sentido aparente, pertenecían a la dama blanca en un viaje en solitario por las cuadrículas del tablero. Cada lance - lo deduje tras horas de barajar posibilidades- era simplemente una letra, y el regreso de la dama a su casilla de salida, un espacio en blanco entre las palabras. El proceso de decodificación lo basé, evidentemente, en la repetición de determinados movimientos. Los más frecuentes eran vocales. Fue sencillo aislar los artículos y las preposiciones, no tanto los sustantivos. El mensaje en clave decía lo siguiente: TESALIA- GRECIA Monasterio de los Meteoros Treinta y uno de diciembre del 2.001 16,00 horas Sólo quedaban tres días escasos para

GOG de Giovanni Papini. Por Goliardos

GOG,  de Giovanni Papini     En una de esas lecturas que nos depara el azar y que viene a contarnos algo que llama la atención sobre este o aquel autor que leímos en una juventud dorada, nos apasionó, y después, nadie sabe cómo, ha quedado relegado bajo capas de olvido de muchas modernidades inconsecuentes y muchas pasiones aburridas, di con la narración de los últimos años de Giovanni Papini. Este hombre, del que leímos los jóvenes de mi tiempo, ‘Gog’, ‘El libro Negro’ y ‘El Juicio Universal’, sufrió la decadencia física, que no mental, de la vejez en un sentido demasiado estricto. Progresivamente paralítico, ciego y mudo, no dejó de escribir en un esfuerzo admirable por no inclinar su voluntad a los desafueros del tiempo. En unas escenas que imagino gloriosas en su desolada grandeza, utilizó primero un dictáfono cuando no podía escribir. Más tarde, cuando ya esto no le era, posible dictaba a su nieta, Después, balbuceaba y ella iba interpretando las palabra de su abuelo. Y, por últi

Celeste. Carlos Almira Picazo

CELESTE Cuento Carlos Almira Picazo Mi primer pensamiento al despertar poco a poco, al salir de un torpor que ya duraba en exceso, fue que hacía demasiado calor y había demasiada luz allí. Luego volví, como el nadador que se empecina en ganar la orilla, a buscar la Polaroid de la que tanto habíamos hablado. Más moderna que la tuya. Me cercioré como pude de que estaba dispuesta correctamente en su sitio. Sólo entonces renuncié a entreabrir los párpados y a descifrar los retazos de conversaciones que aún me llegaban, lejanas, como en una lengua extranjera. Cuando yo tenía once o doce años mi mejor amiga, Celeste, murió repentinamente de meningitis. Solíamos jugar en un rincón del patio, solas y rechazadas, entregadas a nuestras revelaciones. Nos habíamos jurado que la primera que muriese de las dos volvería par

Celeste. Carlos Almira Picazo

CELESTE Cuento Carlos Almira Picazo Mi primer pensamiento al despertar poco a poco, al salir de un torpor que ya duraba en exceso, fue que hacía demasiado calor y había demasiada luz allí. Luego volví, como el nadador que se empecina en ganar la orilla, a buscar la Polaroid de la que tanto habíamos hablado. Más moderna que la tuya. Me cercioré como pude de que estaba dispuesta correctamente en su sitio. Sólo entonces renuncié a entreabrir los párpados y a descifrar los retazos de conversaciones que aún me llegaban, lejanas, como en una lengua extranjera. Cuando yo tenía once o doce años mi mejor amiga, Celeste, murió repentinamente de meningitis. Solíamos jugar en un rincón del patio, solas y rechazadas, entregadas a nuestras revelaciones. Nos habíamos jurado que la primera que muriese de las dos volvería par

Santiago Rodríguez Heredia

Deslizó su lengua muy delicadamente por cada uno de sus blancos y afilados dientes, deleitándose con el jugo que aún había en ellos. Siguió con las comisuras y finalmente, quedó satisfecha, llena de vitalidad. Aunque sabía que estaba muerta, no le daba demasiadas vueltas. Se levantó, con el pálido cuerpo completamente desnudo y caminó de puntillas hacia la ventana de la habitación, mientras jugaba con sus rizos pelirrojos, ni siquiera se limitó a mirar los cuerpos del hombre y la mujer que había en el suelo, tirados de cualquier manera. Estaba empezando a llover y la preciosa luna estaba siendo ocultada por nubarrones negros como la misma noche. "Hora de marcharse", pensó. Recogió del suelo unas medias negras, atrevidas, elegantes, que se puso con sumo cuidado de no romperlas con sus largas y cuidadas uñas; después el corsé, del mismo color, que seguía el mismo patrón de bordados; y finalmente se puso el vestido morado, complacida al ver que no tenia ni una pequeña mancha de

Santiago Rodríguez Heredia

Deslizó su lengua muy delicadamente por cada uno de sus blancos y afilados dientes, deleitándose con el jugo que aún había en ellos. Siguió con las comisuras y finalmente, quedó satisfecha, llena de vitalidad. Aunque sabía que estaba muerta, no le daba demasiadas vueltas. Se levantó, con el pálido cuerpo completamente desnudo y caminó de puntillas hacia la ventana de la habitación, mientras jugaba con sus rizos pelirrojos, ni siquiera se limitó a mirar los cuerpos del hombre y la mujer que había en el suelo, tirados de cualquier manera. Estaba empezando a llover y la preciosa luna estaba siendo ocultada por nubarrones negros como la misma noche. "Hora de marcharse", pensó. Recogió del suelo unas medias negras, atrevidas, elegantes, que se puso con sumo cuidado de no romperlas con sus largas y cuidadas uñas; después el corsé, del mismo color, que seguía el mismo patrón de bordados; y finalmente se puso el vestido morado, complacida al ver que no tenia ni una pequeña mancha de

El Tren. José Jesús Marín

José Jesús Marín “ El tren” Desperté confuso y desorientado, sin recordar el tiempo ni el lugar en que había comenzado mi sueño. El cielo era gris y opaco como la ignorancia que me afligía. Al cabo de unos minutos oí pasos. Un hombre vestido con traje oscuro se sentó a mi lado mientras yo me incorporaba. Miré a mi alrededor y vi que me hallaba en un vasto páramo surcado por unos raíles de ferrocarril a pocos pasos de nosotros. _ ¿Dónde estoy? _ No puedo responder a tu pregunta _ su voz era grave y destemplada. _ ¿Quién puede hacerlo? _ En realidad, nadie. Miré la ropa que me cubría y vi que era igual de adusta y oscura que la de aquel sujeto. _ ¿Hay más personas? _ En el tren. Sus párpados caían inertes y hoscos. Se acercó a los raíles y parecía decidido a ignorar mi presencia. Cuando le dije que iría a caminar un poco me advirtió que podría perder el tren. Miré hacia la llanura y, de espaldas a los raíles, comencé a andar. En lejanía divisé una montaña cónica cubierta casi