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lunes, 29 de abril de 2019

DEMOLICIÓN de FRANCISCO CAÑABATE RECHE, por JOSÉ ANTONIO SANTANO

Vivimos tiempos confusos, también de autocomplacencia. Visto así parecería contradictorio, pero no. Lo uno lleva a lo otro, y viceversa. 
 
DEMOLICIÓN. FRANCISCO CAÑABATE RECHE La carencia de estímulos capaces de provocar en las personas la necesidad de plantearse el análisis o la meditación relacionada con todo lo que le rodea, dejándose arrastrar hacia el acomodo y la indiferencia lleva, sin lugar a dudas, a la autocomplacencia. Si esto se produce en cualquier ámbito de la vida, también ocurre cuando tratamos de la literatura. Existe una aceptación cada vez más mayoritaria respecto a un canon o una tendencia determinada, muy mediática y mercantilista que daña la esencia misma de lo literario. El tiempo, estoy seguro, pasará por encima de quienes ahora, autocomplacidos por  su suerte y sus amistades ocupan un lugar preferente, para ser  al final del camino, tan invisibles como olvidados. Lo verdaderamente literario trascenderá ese tiempo y se perpetuará en las bibliotecas y en la memoria de los lectores.
El camino de la literatura no es ni muchos menos fácil, todo lo contrario, está repleto de obstáculos que todo escritor ha de salvar de la mejor manera posible, siempre desde el conocimiento y la experiencia desarrollada a lo largo de su vida, en la medida en que para llegar a la meta, al objetivo último, es necesario la voluntad y el tesón suficiente para alcanzarlo, capacidades ambas que se manifiestan en el escritor Francisco Cañabate Reche (Almería, 1962) desde que diera a la luz pública su primer libro de relatos “El burlador del tiempo”, allá por el año 1998. Luego vinieron otros como “La sonrisa secreta de la luna” (2001), “El grito” (2003), “El arco iris de Rubens” (2007), “Las miradas cruzadas” (2009), “Sueños encadenados” (2013), “Escaques amarillos” (2016) y “La posibilidad de la pantera” (2017). Su último libro y el que nos convoca en esta ocasión se titula “Demolición”, publicado al igual que los anteriores en la granadina editorial Alhulia. En estos veintiún años de trayectoria literaria Cañabate Reche ha mantenido, con algunas variaciones propias del paso del tiempo, unas personalísimas características identitarias, una estética singular que lo distingue de otros escritores y otros géneros narrativos.
Como no podía ser de otra  forma la temática expuesta en sus narraciones ha sido variada, pero siempre y en todas, se vislumbra en sus textos una particular manera de concebir el mundo, desde una óptica filosófica o metafísica muy clara. De ahí esa necesidad suya de explicar cuanto acontece y de aclararlo mediante el uso continuado del paréntesis, seguida inmediatamente de la duda, de las constantes preguntas y respuestas, de los paralelismos y las hipótesis, lo que vendría en denominarse, o así me lo parece, una narrativa filosófica,  poco frecuente en el panorama literario actual. El propio autor, en las páginas iniciales, manifiesta que en todas sus novelas «hay claves, conexiones, que permiten el paso de una historia a otra», y a todo esto, habría que añadir el mundo de lo desconocido, de la imaginación o el sueño como elemento fundamental de la creación literaria: «Una vez fue posible soñar el universo. Ver estrellas lejanas, pensar en alcanzarlas.
No hace tanto, en los tiempos previos al gran desastre, en contraste con el desorden y la inseguridad reinante en todas partes, hubo un momento de enorme desarrollo tecnológico. En lugares secretos se llevaban a cabo proyectos muy sofisticados. Florecían las ciudades aisladas, herméticas, completamente rígidas, creadas alrededor de una de esas ideas, solo para servirla. La carrera espacial estaba abierta.». Cañabate parte de una suposición, de una hipótesis existente sólo en su imaginario y sobre él va construyendo una historia o una serie de historias que se interrelacionan a medida que avanza el discurso narrativo, a través de un narrador omnisciente o de los propios personajes.
El protagonista de “Demolición” se llama Joaquim Almeida Jr., es brasileño y por su gran capacidad memorística acabará al servicio del capo mafioso Don Anselmo di Mica, que tras la muerte de este será su sustituto.   Estructurada en tres libros, el primero Demolición, el segundo Abismos y el tercero Notas de viaje y otros des(a)tinos (estas dos últimas partes con relatos breves, a veces casi aforísticos), la novela narra la historia de un desastre que se anuncia desde la primera página: «El final de esta historia, o el principio, fue la explosión que lo silenció todo. La voz del monstruo dentro de las cabezas de nueve mil millones de personas que murieron a un tiempo y acabaron, que se quedaron quietas, como estaban, en cualquier posición, calladas para siempre, entonces.», una historia única ante una última esperanza. Cañabate fija la mirada, la que representa el escritor, en el mundo que le rodea para conformar otro bien distinto e imaginario que bebe del viaje como elemento aglutinador de la narración, de las narraciones, provocando el suspense necesario para que el lector no abandone y siga con interés el hilo narrativo. De esta manera, Cañabate Reche pertenece a ese club de narradores que se distinguen por un estilo propio, por una estética que lo identifica y que bien podría denominarse filosófica o metafísica y por esa capacidad innata en él para imaginar, para inventar. 
FRANCISCO CAÑABATE RECHE
     
Autor: Francisco Cañabate Reche
Título: Demolición       
Editorial: Alhulia (2019) 

jueves, 3 de mayo de 2018

El sonido interior.

(I)




Hay un mundo invisible, profundo, indefinido, autónomo y extraño del que desconocemos casi todas las cosas.

De eso no tengo duda, existe, está en nosotros.

Yo, que me considero solo un ser anodino, uso mis propios ritos para abrir esa puerta, y cruzarla, y vivirlo.

Pero voy a explicarme.

El asunto es sencillo:

Paso las horas muertas escuchando mis vísceras.

En cuanto llego a casa y me desnudo y grito, y mientras aún se expanden las palabras que digo, me tumbo boca arriba y extendido en mi cama, inerte, casi ido, como un muñeco roto al que olvidaron todos después de la batalla, escudriño la vida. Escucho mis latidos sonar desencajados y me demoro en ellos, su ritmo me acompaña, su vibración me acuna, y en ese duermevela que entonces me domina, refugiado en mi mismo, disfruto como un niño. Noto sonidos netos de una selva diáfana: los rugidos atroces que estallan en mi vientre, la lucha de volúmenes, las vísceras opuestas que chocan y se inflaman; la batalla está ahí dentro: distensiones, espasmos, rayos, hasta tormentas.

Presiento que palpitan enormes avenidas, carreteras extensas que hay en mi propio cuerpo.

En esas dimensiones hay sangre, hay muerte, hay vida.

A veces tengo miedo por todo lo que ignoro y sé que ocurre dentro, otras me puede el vértigo. Reflexiono, imagino y encuentro divertido y aterrador, y grato sentir los intestinos horadar mis entrañas desplazándose móviles, lo mismo que serpientes que reptan al unísono, o escuchar esos gases que pasan y se alejan, silbantes y atrevidos, o darles forma a arterias retractiles y huecas por las que fluye el magma que soporta mi vida, o medir los crujidos con que mis viejos huesos se quejan de su suerte cada vez que me muevo, su chirrido mecánico, su quebrada agonía que anticipa la mía.

Una tarde tras otra profundizo. Adivino.

Me noto respirar. El aire entra, se marcha, suena en los alvéolos avivando fogones y allí dentro, debajo, sigue el latir continuo con que late la bomba que ruge sincopada.

Tic tac, sigue adelante, vital, pulsátil, nueva, la que nunca me falla.

Hasta ahora.

Se ha parado.









(II)





Después, pese al silencio y pese al abandono, hay un instante lúcido, un destello, una isla, una última morada.

Y se me ocurre entonces, mientras todo se apaga y se me nubla el cielo porque muero despacio, que no he debido hacerlo.

Que tal vez crucé el límite y al romper el enigma del sonido profundo y escudriñar la vida buceando en sus entrañas para encontrar sus claves cometí un error grave.

De pronto me doy cuenta de lo que estoy haciendo.

¿Pretendo arrepentirme?

Aunque no queda tiempo para sentir más nada, dudo, me siento absurdo.

Entonces, sabiamente, hay un gran estallido que me lleva hacia dentro.

Vuelvo a escuchar las notas que ofrecían mis entrañas.

Regreso al infinito.

Al sonido interior.


APARTADO III: NARRATIVA

Autor: Francisco Cañabate Reche


domingo, 19 de octubre de 2014

Sueños encadenados. Francisco Cañabate Reche




        Tomo prestadas unas palabras del profesor José-Carlos Mainer, de su libro La escritura desatada, publicado por la editorial palenciana Menoscuarto, relativas a la utilidad de la literatura: «Es mentira que los libros enseñen a vivir, si por vivir entendemos la claudicación resignada ante las exigencias de la realidad, porque la obligación de las novelas es enseñarnos a soñar con otras cosas, ser ámbitos de libertad de donde se sale y se entra con la más absoluta impunidad». He aquí la palabra mágica: soñar. Por esta y no otra razón, tal vez, el título de la última novela del escritor y galeno, Francisco Cañabate, sea, precisamente, Sueños encadenados. Soñar no es otra cosa que despegar las alas de la imaginación y transportarse a lugares desconocidos, ahondar en la presencia de lo mágico y refugiarse al calor de su luz emisora. Sueños encadenados no es sino el sueño de otros sueños, como si se tratara de una suerte de alquimia en la cual cada uno de los personajes que la componen viven en los sueños de los otros, o, al menos, parecen entrecruzarse una y otra vez. Ciertamente la literatura posibilita la invención de mundos y universos diferentes, tantos como desee el escritor, desde la más absoluta libertad. Sueños encadenados comienza con un viaje al pasado; corre el año 1906, nos hallamos en los Jardines Imperiales, en Tokio, con Liu San, su jardinero. A partir de este momento las historias se entrecruzan, al igual que los personajes. El hilo conductor de unas y otros será el hallazgo de El libro de la luna, «un libro perseguido y secreto en cuyas páginas podían hallarse los más profundos misterios de la cábala, los cálculos exactos. […] Un libro maldito sobre todos los libros porque todos aquellos hombres infortunados que intentaron descifrar sus entrañas y llegar al secreto acabaron muertos o desaparecieron». Cañabate Reche se nos muestra tal es, sin aditamentos ni disfraz que disimule o desfigure su creatividad y capacidad narradora, su singular voz, que puede distinguirse por las formas oracionales y su sentido filosófico de la vida.       Como trasunto de la narración, las ciudades: Tokio, Viena, Praga, Sarajevo, Granada, Berlín, Nápoles, Boston o París, lo que da un matiz universalista al texto, encadenando a su vez las diferentes historias de los personajes. Multiplicidad y heterogeneidad del discurso narrativo que fluye acompasado. No falta el elemento descriptivo, en el cual la naturaleza y el hombre –antagónicos- están presentes: «El bosque en su profundidad, con su espesura densa que sofoca la luz y que la apaga, el mundo vegetal en su expresión más pura, sin senderos ni marcas que indique a los otros la continua presencia opresiva de los hombres» -y una orquídea en el centro del cosmos-, como tampoco el filosófico al que hemos aludido con anterioridad y que se concreta en las continuas preguntas que se hace el narrador omnisciente, en esa desesperada búsqueda de la verdad –su verdad-: «¿Ser los sueños de otro, la sustancia diáfana de la que están compuestos, eso tiene remedio?», también de las respuestas: «Sin nada que nos una, sin que exista un motivo que permita explicar esta extraña cadena, nos encadena un sueño que está dentro de otro». Tal vez sea esta la clave de esta novela que nos envuelve en un mundo misterioso y secreto –¿cabalístico?: «Las diez emanaciones de Dios a través de las cuales se creó el mundo»- y en el cual la vida («Siempre la vida, Siempre. Repetida, distinta, confusa, indiferente, brutal, suave, profunda, superficial, exacta, dispersa, interrumpida a menudo asesina. También incomprensible. A veces nada que pueda parecerse a la vida. Pero siempre, la vida.» y la muerte («Cada noche me enfrento con un sueño extraño, en el que sé que hay muerte y odio y rabia») se muestran como caras de una misma moneda. Cañabate ha construido un texto polifónico con el cual seduce al lector y estimula su curiosidad. Cañabate sabe bien que «El mundo está repleto de historias diminutas» y este es el reto que acepta con cada obra que inicia, de lo pequeño a lo grande, creciendo y decreciéndose, como el ciclo natural de la vida. Así es, sin más, Sueños encadenados,  de Francisco Cañabate Reche.


Título:  Sueños encadenados
Autor: Francisco Cañabate Reche
Edita: Alhulia (Granada, Salobreña, 2014)

SALÓN DE LECTURA _______Por José Antonio Santano
SUEÑOS ENCADENADOS

viernes, 15 de agosto de 2014

Francisco Cañabate Reche. Lluvia de estrellas.

Cada treinta y seis años una lluvia de estrellas nos sorprende en la noche y nos extiende un manto luminoso y brillante, un manto que nos cubre por un instante único y nos evita el frío, un manto imaginario que nos hace sentirnos nuevamente pequeños, perdidos en el cielo, (los seres diminutos que finalmente somos), y nos recuerda un tiempo ya lejano y oscuro, (anclado en la memoria), en que todo era mágico y todo era posible. 
Cada treinta y seis años ilustres meteoritos desprendidos de la cola de un astro caprichoso y lejano llegan hasta nosotros para cumplir su cita, y lo hacen puntualmente, con exactitud cósmica. (Ellos tal vez no saben que nosotros los vemos).
Cada treinta y seis años suceden la Leónidas: un fenómeno loco y ciego y sorprendente. Unas horas fugaces, un tiempo entre paréntesis, una oportunidad inesperada para seguir pensando (¿y por qué no pensarlo?) que aún existen las Hadas y que a pesar de todo la vida continua.


Y ocurrió aquella noche y por eso lo cuento. Vinieron las Leónidas y surcaron el cielo anunciando a su paso, lo mismo que un heraldo, que aquel niño llegaba cogido de su mano.


Y no las entendimos.


Subimos al tejado porque las esperábamos (las anunciaron antes los que todo lo saben), y se quedó la madre con el vientre preñado, cargado de esperanza, descansando en la casa. Los dos niños y yo estábamos dispuestos a bebernos el cielo, a no dejar pasar ni uno solo de los múltiples trozos de aquellos meteoritos que formaban señales dibujando en el aire sus diagramas de fuego.


Llevábamos las mantas y también los bolsillos repletos de ilusiones, y arropados por ellas elegimos sentarnos para observar la noche. Yo señalaba Venus y contaba los cuentos de la luna lunera, y los dos se reían, y la noche era clara, y el firmamento obscuro nos guiñaba sus ojos infinitos y ciertos, y pasaban las horas. Pero el tiempo no espera, y tras la diversión llego el aburrimiento. Nos habitaba el frío y hasta la incertidumbre, y luego la impaciencia: la mía y la de los niños, porque no sucedía.


El cielo estaba quieto, imperturbable, eterno, y tal vez las estrellas nos miraban pensando ¿Qué estarán esperando, si ya ha ocurrido todo mas allá de sus ojos?


El tiempo de los niños es un tiempo distinto, y no existe el futuro, ellos no lo conocen porque no es necesario. La vida es infinita desde su perspectiva, y también instantánea, y siempre tienen prisa, y todo se produce como en una cascada, y no cabe la espera. Por eso los dos niños mostraban su impaciencia, casi su desengaño y ya me preguntaban: ¿Papá, porqué no vienen? ¿Perdieron su camino lo mismo que en el cuento y no saben volver? ¿ O tal vez son muy tímidas y se están escondiendo para que no las vean?


El más pequeño, Paco, se removía en su manta y se estaba durmiendo, y yo empecé a pensar que no sería esta vez, que debía regresar, que volvía de vacío, y aunque me resistía ( quedaba la ilusión, que sería defraudada), parecía inevitable. Virginia, la mayor, leyendo en mi mirada, tiraba de mi manga mostrándome los ojos de su hermano, cerrados. 


Entonces sucedió:
Estalló el firmamento y una lluvia de luces estridentes, de fuegos de artificio lo surco de repente. Y se despertó el niño y abrió sus grandes ojos y la niña encantada exclamó su sorpresa y demostró su gozo, (que eran también los míos). Bajamos animados, risueños y locuaces, parlanchines y alegres, contando maravillas a la madre dormida, algunas inventadas y casi todas ciertas, como siempre sucede.


Unas horas después se produjo el milagro que anunciaban los astros y todos comprendimos: nació un ser diminuto, frágil y misterioso (la esencia del misterio) y llevaba en sus ojos ese reflejo mágico de la lluvia de estrellas.


Para mi hijo Miguel Ángel, que nos llegó en Noviembre. Nació con las Leónidas.

martes, 4 de junio de 2013

El sonido interior. Francisco Cañabate Reche



(I)


Hay un mundo invisible, profundo, indefinido, autónomo y extraño del que desconocemos casi todas las cosas.
De eso no tengo duda, existe, está en nosotros.
Yo, que me considero solo un ser anodino, uso mis propios ritos para abrir esa puerta, y cruzarla, y vivirlo.
Pero voy a explicarme.
El asunto es sencillo:
Paso las horas muertas escuchando mis vísceras.
En cuanto llego a casa y me desnudo y grito, y mientras aún se expanden las palabras que digo, me tumbo boca arriba y extendido en mi cama, inerte, casi ido, como un muñeco roto al que olvidaron todos después de la batalla, escudriño la vida. Escucho mis latidos sonar desencajados y me demoro en ellos, su ritmo me acompaña, su vibración me acuna, y en ese duermevela que entonces me domina, refugiado en mi mismo, disfruto como un niño. Noto sonidos netos de una selva diáfana: los rugidos atroces que estallan en mi vientre, la lucha de volúmenes, las vísceras opuestas que chocan y se inflaman; la batalla está ahí dentro: distensiones, espasmos, rayos, hasta tormentas.
Presiento que palpitan enormes avenidas, carreteras extensas que hay en mi propio cuerpo.
En esas dimensiones hay sangre, hay muerte, hay vida.
A veces tengo miedo por todo lo que ignoro y sé que ocurre dentro, otras me puede el vértigo. Reflexiono, imagino y encuentro divertido y aterrador, y grato sentir los intestinos horadar mis entrañas desplazándose móviles, lo mismo que serpientes que reptan al unísono, o escuchar esos gases que pasan y se alejan, silbantes y atrevidos, o darles forma a arterias retractiles y huecas por las que fluye el magma que soporta mi vida, o medir los crujidos con que mis viejos huesos se quejan de su suerte cada vez que me muevo, su chirrido mecánico, su quebrada agonía que anticipa la mía.
Una tarde tras otra profundizo. Adivino.
Me noto respirar. El aire entra, se marcha, suena en los alvéolos avivando fogones y allí dentro, debajo, sigue el latir continuo con que late la bomba que ruge sincopada.
Tic tac, sigue adelante, vital, pulsátil, nueva, la que nunca me falla.
Hasta ahora.
Se ha parado.




(II)


Después, pese al silencio y pese al abandono, hay un instante lúcido, un destello, una isla, una última morada.
Y se me ocurre entonces, mientras todo se apaga y se me nubla el cielo porque muero despacio, que no he debido hacerlo.
Que tal vez crucé el límite y al romper el enigma del sonido profundo y escudriñar la vida buceando en sus entrañas para encontrar sus claves cometí un error grave.
De pronto me doy cuenta de lo que estoy haciendo.
¿Pretendo arrepentirme?
Aunque no queda tiempo para sentir más nada, dudo, me siento absurdo.
Entonces, sabiamente, hay un gran estallido que me lleva hacia dentro.
Vuelvo a escuchar las notas que ofrecían mis entrañas.
Regreso al infinito.
Al sonido interior.


APARTADO III: NARRATIVA
EL SONIDO INTERIOR

Autor: Francisco Cañabate Reche


sábado, 11 de mayo de 2013

Un libro entre las bombas. Francisco Cañabate Reche

UN LIBRO  ENTRE LAS BOMBAS

Había acabado todo y  cuando se dio cuenta, una tristeza oscura le atenazó las manos. Crispado, casi ausente, cerró el libro en silencio y el estrépito sordo, incontestable y cierto que nos produce siempre el final de algo bello resonó en su interior.
Era el último verso.
No había más.
Acabado.
Fue como una oleada, una emoción esquiva. Un nudo en la garganta.
Fue un latigazo frío.
Sin poder evitarlo, sediento de fonemas volvió abrir aquel libro y trató de leer. Lo hizo difícilmente. En voz baja al principio, murmurando después, agitado, con rabia, escupiendo las frases. Luego se rompió el nudo y comenzó  a gritar, ciego, casi demente. Recitaba los versos sin miedo a ser oído o a que una bala extraña segara su arrebato mientras el mundo horrible de las bombas y el hambre, del terror y la muerte, de la soledad muda, el de la destrucción se disolvía ante él.
Cuando comenzó a hablar y se supo a sí mismo saboreando los versos regresó el sortilegio. De nuevo no había nada.
Se calmó de repente. Miró a su alrededor. Estaba solo y quieto con el libro en las manos. Atardecía despacio. Escuchaba el sonido de las bombas cercanas cayendo interminables, mutilando la vida.
Recordaba el horror.
Fuera, a su alrededor, habitaba la guerra. En el libro la paz.
Con las últimas luces regresó a la lectura.
Olvidado, cautivo de unos versos callados, entre las explosiones otra vez fue feliz

un libro entre las bombas. Francisco Cañabate Reche

UN LIBRO

ENTRE LAS BOMBAS

Había acabado todo y  cuando se dio cuenta, una tristeza oscura le atenazó las manos. Crispado, casi ausente, cerró el libro en silencio y el estrépito sordo, incontestable y cierto que nos produce siempre el final de algo bello resonó en su interior.
Era el último verso.
No había más.
Acabado.
Fue como una oleada, una emoción esquiva. Un nudo en la garganta.
Fue un latigazo frío.
Sin poder evitarlo, sediento de fonemas volvió abrir aquel libro y trató de leer. Lo hizo difícilmente. En voz baja al principio, murmurando después, agitado, con rabia, escupiendo las frases. Luego se rompió el nudo y comenzó  a gritar, ciego, casi demente. Recitaba los versos sin miedo a ser oído o a que una bala extraña segara su arrebato mientras el mundo horrible de las bombas y el hambre, del terror y la muerte, de la soledad muda, el de la destrucción se disolvía ante él.
Cuando comenzó a hablar y se supo a sí mismo saboreando los versos regresó el sortilegio. De nuevo no había nada.
Se calmó de repente. Miró a su alrededor. Estaba solo y quieto con el libro en las manos. Atardecía despacio. Escuchaba el sonido de las bombas cercanas cayendo interminables, mutilando la vida.
Recordaba el horror.
Fuera, a su alrededor, habitaba la guerra. En el libro la paz.
Con las últimas luces regresó a la lectura.
Olvidado, cautivo de unos versos callados, entre las explosiones otra vez fue feliz

Pater Eximens.- Francisco Cañabate Reche

FRANCISCO CAÑABATE RECHE

PATER EXIMENS

Y a hacia varias semanas que no entraba en el Púb. Juré no volver más. Entonces, ¿por qué fui?. ¿Fue la casualidad la que orientó mis pasos, uno tras otro, simples, para llegar allí?. ¿Pudo ser la rutina, el azar, la desidia, o el incómodo estrago que producía el silencio dentro de mi cerebro?.¿ Tal vez fue la justicia ciega y desordenada que rige nuestras vidas la que me hizo sentarme ocupando la barra y ordenar mi bebida con solo una mirada de parroquiano viejo y empezar a beber?. Hoy no sabría decirlo. Como otras muchas veces llegué, miré, bebí, y mi único recuerdo, mi única certidumbre es que escuché esta historia de hechizos y de arañas aquella noche densa; que la contó un muchacho, casi un adolescente de ojos enfebrecidos que ocupaba el final de la barra metálica donde nos apoyábamos; que cuando empezó a hablar después de varias copas – aunque no estoy seguro si él las bebió también-, nos dijo que la historia le había ocurrido a él, que aquella era su suerte y también su desgracia, y que tal vez mintió. 


Cuando lo contó todo, no debía estar allí. Ya era de madrugada y él solo era un muchacho. Al comenzar a hablar podía verse en su rostro que ese no era su sitio, que algo se le escapaba, que al final de la noche, un grupo de borrachos como el que le observaba jamás le escucharía. Pero, aunque no comprendo por que sucedió así, nosotros si lo hicimos. ¿Tal vez fue su mirada que obligaba a callar?. ¿Quizá su sencillez, o la manera extraña con la que nos hablaba, despacio, susurrando, con un tono tan tenue que casi hipnotizaba?. El caso es que de pronto un enorme silencio creció a su alrededor y solo quedó él entonando sus frases. Yo las recuerdo bien. Con cuatro pinceladas nos habló de su padre como de alguien lejano a quien él quiso mucho; luego, sin transición, nos dibujó a dos seres, un niño y un adulto, que se habían encontrado después de varios meses y querían ser amigos pese a sus diferencias. Solo hacía algunas horas que habían vuelto del cine cogidos de la mano y ahora los dos sentados, intentaban jugar. Había en aquella sala donde se habían sentado un ambiente de fiesta. El hombre sonreía y sonaban los gritos excitados del niño. Ocupando la mesa en la que se apoyaban había pequeños coches de metal esmaltado. Ordenados y estáticos cumplían el cometido que les otorgó el hombre: hacían feliz al niño. Estaban enfrentados en filas paralelas y el niño los movía. En su imaginación había una gran batalla, una enorme carrera en la que iba a vencer. Lo mismo que hacía siempre cuando jugaba solo. Entonces, de repente, se rompió la burbuja. Algo falló de pronto cuando el padre intervino sin pedirle permiso y movió aquellos coches y tras elegir uno lo llevó hasta la meta y gritó haber ganado y comenzó a reír. 

Sonó la carcajada y algo cambió en el niño. La mirada infantil se dirigió a los labios que ahora estaban abiertos. Escuchó aquella risa. Tembló, miró de nuevo. No hacía más de una hora que habían vuelto del cine y al escuchar la risa el niño recordó. Se vio en la oscuridad, frente a la gran pantalla. Allí escuchó el conjuro que no pudo olvidar. 

Solo hacía algunas horas y en la sala del cine había una gran araña que avanzaba temible. Prolongaba sus pasos lenta, determinada, con ansias de matar a aquel mago infantil. Pero el mago era el héroe y esa es una ventaja que no ha de despreciarse. Miró la enorme araña seguro de sus fuerzas, extendió aquella vara y pronunció con ímpetu el conjuro mortal que hizo inútil el ansia de la bestia asesina. “Araña eximens”, fueron las dos palabras pronunciadas sin prisa. Después la destrucción del animal enorme, mas tarde la victoria. 

Cuando sonó la música que anunciaba el final y se fue el mago-niño, regresaron las luces. Cuando al fin se encendieron, en el mundo de acá, antes de la pantalla, al niño que miraba le quedaba una duda, un reflejo de espanto ante la destrucción. Habitaba en sus ojos el brillo de la magia que acababa de ver. Tan solo fue un segundo, porque al dejar el cine y volver a la calle, se olvidó sin pensar de cuanto había sentido. 


O eso pretendió hacer, pero no lo logró. Por que un poco mas tarde, ya en casa, entre los coches, jugando con su padre le enfureció su risa. Casi sin proponérselo, al desplazar el coche, el padre había ganado. Su mano fue más rápida que la mano del niño que se quedó extendida. Entonces, torpemente, para empeorar las cosas, celebró su victoria con una carcajada que no debió ocurrir. El niño, sin pensarlo imaginó los meses en los que él se había ido y revivió las lágrimas de dolor de su madre. Luego, el odio infantil que lo traspasa todo le hizo querer vengarse y formuló el conjuro. Antes de abrir la boca, apuntó con el dedo de la mano extendida que aun estaba en el aire. Marcó su territorio señalando aquel rostro convulso por la risa y le habló en un susurro. Dijo las dos palabras con total convicción. Supo que vencería. Comprendió su poder. 

Al padre, en ese instante se le heló la sonrisa. Se congeló su rostro y se murió sin más. 

- Fue algo tan espantoso que tardé en entenderlo, pero no fue algo inútil, porque aprendí mi fuerza. Sé que yo lo maté.
Mientras él acababa, allí estábamos todos sorprendidos e insomnes, escuchando en silencio. A pesar de sus ojos, distantes, agotados, preñados de amargura, no queríamos creerlo. Tal vez todo era falso, producto de la insana fantasía de un muchacho. Como hoy, en el recuerdo, cuando revivo aquello, durante esos momentos en que volvió la paz borrando sus palabras lo que habíamos oído nos parecía impensable, una jugada más de la casualidad. Podría conjeturarse que todo fue una farsa, o que yo me lo invento, pero sé que esa noche yo aun no estaba borracho, y que no lo soñé. 

He vuelto muchas veces. He regresado al Púb una noche tras otra. He quemado mi vida y ahora mis juramentos casi no valen nada; pero puedo juraros que acabo de contaros sus palabras exactas. No añadió nada más. Se levantó y se fue.
Y yo diré si cabe que cuando nos dejaba, cerca ya de la puerta, lo vi extender un dedo y señalar con él. Que quiso agregar algo y que entreabrió los labios con el dedo extendido como una admonición sobre nuestras cabezas, pero yo lo impedí. Que salté hacia sus manos y le cogí los brazos para evitar su gesto. También que sentí miedo, y que volví mi rostro siguiendo su mirada y vi que en la pared, desafiando las horas, había una gran araña que avanzaba sin prisa y después se marchó.
 
PS ( Casi dedicatoria): Mi hija mayor, Virginia, adora Harry Potter. Pero además de eso, tengo un hijo pequeño. Se llama Miguel Ángel. Él, tras ver su película en un video doméstico, me contó emocionado que el mago en dos palabras eliminó una araña. Le parecía un hallazgo que podía ser muy útil. Las dos palabras mágicas según cree Miguel Ángel, eran “Araña Eximens” y mi hijo, imperturbable, estuvo repitiéndolas frente a cualquier araña durante muchas horas hasta que comprobó que no servían de nada. Luego, meses más tarde, durante un viaje a Escocia, se me ocurrió esta historia. Me asaltó en el verano de la ciudad de Glasgow, frente a la misma barra en la que JK Rowling- madre soltera en paro en aquellos momentos- escribió Harry Potter. 

( ¿Por qué la pensé allí?. Debe ser algún virus del que no me he curado, o tal vez el ambiente, o el buen whisky de malta que hacen en esas tierras e invita a hablar de magia).

Pater Eximens.- Francisco Cañabate Reche

FRANCISCO CAÑABATE RECHE

PATER EXIMENS

Y a hacia varias semanas que no entraba en el Púb. Juré no volver más. Entonces, ¿por qué fui?. ¿Fue la casualidad la que orientó mis pasos, uno tras otro, simples, para llegar allí?. ¿Pudo ser la rutina, el azar, la desidia, o el incómodo estrago que producía el silencio dentro de mi cerebro?.¿ Tal vez fue la justicia ciega y desordenada que rige nuestras vidas la que me hizo sentarme ocupando la barra y ordenar mi bebida con solo una mirada de parroquiano viejo y empezar a beber?. Hoy no sabría decirlo. Como otras muchas veces llegué, miré, bebí, y mi único recuerdo, mi única certidumbre es que escuché esta historia de hechizos y de arañas aquella noche densa; que la contó un muchacho, casi un adolescente de ojos enfebrecidos que ocupaba el final de la barra metálica donde nos apoyábamos; que cuando empezó a hablar después de varias copas – aunque no estoy seguro si él las bebió también-, nos dijo que la historia le había ocurrido a él, que aquella era su suerte y también su desgracia, y que tal vez mintió. 


Cuando lo contó todo, no debía estar allí. Ya era de madrugada y él solo era un muchacho. Al comenzar a hablar podía verse en su rostro que ese no era su sitio, que algo se le escapaba, que al final de la noche, un grupo de borrachos como el que le observaba jamás le escucharía. Pero, aunque no comprendo por que sucedió así, nosotros si lo hicimos. ¿Tal vez fue su mirada que obligaba a callar?. ¿Quizá su sencillez, o la manera extraña con la que nos hablaba, despacio, susurrando, con un tono tan tenue que casi hipnotizaba?. El caso es que de pronto un enorme silencio creció a su alrededor y solo quedó él entonando sus frases. Yo las recuerdo bien. Con cuatro pinceladas nos habló de su padre como de alguien lejano a quien él quiso mucho; luego, sin transición, nos dibujó a dos seres, un niño y un adulto, que se habían encontrado después de varios meses y querían ser amigos pese a sus diferencias. Solo hacía algunas horas que habían vuelto del cine cogidos de la mano y ahora los dos sentados, intentaban jugar. Había en aquella sala donde se habían sentado un ambiente de fiesta. El hombre sonreía y sonaban los gritos excitados del niño. Ocupando la mesa en la que se apoyaban había pequeños coches de metal esmaltado. Ordenados y estáticos cumplían el cometido que les otorgó el hombre: hacían feliz al niño. Estaban enfrentados en filas paralelas y el niño los movía. En su imaginación había una gran batalla, una enorme carrera en la que iba a vencer. Lo mismo que hacía siempre cuando jugaba solo. Entonces, de repente, se rompió la burbuja. Algo falló de pronto cuando el padre intervino sin pedirle permiso y movió aquellos coches y tras elegir uno lo llevó hasta la meta y gritó haber ganado y comenzó a reír. 

Sonó la carcajada y algo cambió en el niño. La mirada infantil se dirigió a los labios que ahora estaban abiertos. Escuchó aquella risa. Tembló, miró de nuevo. No hacía más de una hora que habían vuelto del cine y al escuchar la risa el niño recordó. Se vio en la oscuridad, frente a la gran pantalla. Allí escuchó el conjuro que no pudo olvidar. 

Solo hacía algunas horas y en la sala del cine había una gran araña que avanzaba temible. Prolongaba sus pasos lenta, determinada, con ansias de matar a aquel mago infantil. Pero el mago era el héroe y esa es una ventaja que no ha de despreciarse. Miró la enorme araña seguro de sus fuerzas, extendió aquella vara y pronunció con ímpetu el conjuro mortal que hizo inútil el ansia de la bestia asesina. “Araña eximens”, fueron las dos palabras pronunciadas sin prisa. Después la destrucción del animal enorme, mas tarde la victoria. 

Cuando sonó la música que anunciaba el final y se fue el mago-niño, regresaron las luces. Cuando al fin se encendieron, en el mundo de acá, antes de la pantalla, al niño que miraba le quedaba una duda, un reflejo de espanto ante la destrucción. Habitaba en sus ojos el brillo de la magia que acababa de ver. Tan solo fue un segundo, porque al dejar el cine y volver a la calle, se olvidó sin pensar de cuanto había sentido. 


O eso pretendió hacer, pero no lo logró. Por que un poco mas tarde, ya en casa, entre los coches, jugando con su padre le enfureció su risa. Casi sin proponérselo, al desplazar el coche, el padre había ganado. Su mano fue más rápida que la mano del niño que se quedó extendida. Entonces, torpemente, para empeorar las cosas, celebró su victoria con una carcajada que no debió ocurrir. El niño, sin pensarlo imaginó los meses en los que él se había ido y revivió las lágrimas de dolor de su madre. Luego, el odio infantil que lo traspasa todo le hizo querer vengarse y formuló el conjuro. Antes de abrir la boca, apuntó con el dedo de la mano extendida que aun estaba en el aire. Marcó su territorio señalando aquel rostro convulso por la risa y le habló en un susurro. Dijo las dos palabras con total convicción. Supo que vencería. Comprendió su poder. 

Al padre, en ese instante se le heló la sonrisa. Se congeló su rostro y se murió sin más. 

- Fue algo tan espantoso que tardé en entenderlo, pero no fue algo inútil, porque aprendí mi fuerza. Sé que yo lo maté.
Mientras él acababa, allí estábamos todos sorprendidos e insomnes, escuchando en silencio. A pesar de sus ojos, distantes, agotados, preñados de amargura, no queríamos creerlo. Tal vez todo era falso, producto de la insana fantasía de un muchacho. Como hoy, en el recuerdo, cuando revivo aquello, durante esos momentos en que volvió la paz borrando sus palabras lo que habíamos oído nos parecía impensable, una jugada más de la casualidad. Podría conjeturarse que todo fue una farsa, o que yo me lo invento, pero sé que esa noche yo aun no estaba borracho, y que no lo soñé. 

He vuelto muchas veces. He regresado al Púb una noche tras otra. He quemado mi vida y ahora mis juramentos casi no valen nada; pero puedo juraros que acabo de contaros sus palabras exactas. No añadió nada más. Se levantó y se fue.
Y yo diré si cabe que cuando nos dejaba, cerca ya de la puerta, lo vi extender un dedo y señalar con él. Que quiso agregar algo y que entreabrió los labios con el dedo extendido como una admonición sobre nuestras cabezas, pero yo lo impedí. Que salté hacia sus manos y le cogí los brazos para evitar su gesto. También que sentí miedo, y que volví mi rostro siguiendo su mirada y vi que en la pared, desafiando las horas, había una gran araña que avanzaba sin prisa y después se marchó.
 
PS ( Casi dedicatoria): Mi hija mayor, Virginia, adora Harry Potter. Pero además de eso, tengo un hijo pequeño. Se llama Miguel Ángel. Él, tras ver su película en un video doméstico, me contó emocionado que el mago en dos palabras eliminó una araña. Le parecía un hallazgo que podía ser muy útil. Las dos palabras mágicas según cree Miguel Ángel, eran “Araña Eximens” y mi hijo, imperturbable, estuvo repitiéndolas frente a cualquier araña durante muchas horas hasta que comprobó que no servían de nada. Luego, meses más tarde, durante un viaje a Escocia, se me ocurrió esta historia. Me asaltó en el verano de la ciudad de Glasgow, frente a la misma barra en la que JK Rowling- madre soltera en paro en aquellos momentos- escribió Harry Potter. 

( ¿Por qué la pensé allí?. Debe ser algún virus del que no me he curado, o tal vez el ambiente, o el buen whisky de malta que hacen en esas tierras e invita a hablar de magia).

El burlador del tiempo. Francisco Cañabate Reche

EL BURLADOR DEL TIEMPO
AUTOR: FRANCISCO CAÑABATE RECHE
 
................ Recuerdo aquel momento como si fuera ahora. No lo olvidaré nunca. Era una chica joven, algo más de veinte años, la mitad de los míos. La encontré (o me encontró) en un café pequeño, ese que después ha sido siempre el nuestro. Y ahora debo reconocerme sorprendido: aunque nunca pensé serenamente dónde estuvo la magia del momento en que nos conocimos, dónde saltó la chispa que originó aquel fuego entre dos personas aparentemente tan diferentes (y la verdad es que aquél fue un fuego muy intenso), siempre quise pensar - es curiosa la ceguera que nos ataca a veces- que a mí encanto, mi atractivo de tantas ocasiones parecía suficiente. Así pues, en esta ocasión el cazador experto, el tigre victorioso en mil luchas de amor, no fue - o así me parece- más que la presa de la tierna gacela a la que creyó haber devorado por sorpresa.. Es el viejo gambito, el peón envenenado, el veneno de amor.
      Vino hacia mí sonriendo y cuando no miramos nuestros ojos supieron más que nosotros mismos. El fuego recorrió nuestros cuerpos y un segundo después sus manos sin palabras encontraron las mías. Olvidé a los amigos. Ya sólo estaba ella. Dejamos el café y fuimos paseando hasta llegar al mar. Después, por el paseo, dejamos que la brisa nos bañara. Entramos sin pensarlo en la playa a pesar de las ropas de fiesta. Dejamos los zapatos olvidados. Andábamos descalzos hacia el agua. No hacían falta palabras. Nos sentamos poco antes de la orilla, escuchando el murmullo, la caricia sonora de las olas, su silencio, su canto. Vimos atardecer y después, en la noche, en un lecho de arena, nos amamos despacio. Sólo entonces hablamos. Como en un sortilegio dijimos nuestros nombres, y como adolescentes (su juventud era también la mía, ella vivía en los dos) los dejamos escritos, enlazados en la base metálica, de hierro carcomido donde siguen ahora, en el descargadero de Las Almadravillas.

El burlador del tiempo. Francisco Cañabate Reche

EL BURLADOR DEL TIEMPO
AUTOR: FRANCISCO CAÑABATE RECHE
 
................ Recuerdo aquel momento como si fuera ahora. No lo olvidaré nunca. Era una chica joven, algo más de veinte años, la mitad de los míos. La encontré (o me encontró) en un café pequeño, ese que después ha sido siempre el nuestro. Y ahora debo reconocerme sorprendido: aunque nunca pensé serenamente dónde estuvo la magia del momento en que nos conocimos, dónde saltó la chispa que originó aquel fuego entre dos personas aparentemente tan diferentes (y la verdad es que aquél fue un fuego muy intenso), siempre quise pensar - es curiosa la ceguera que nos ataca a veces- que a mí encanto, mi atractivo de tantas ocasiones parecía suficiente. Así pues, en esta ocasión el cazador experto, el tigre victorioso en mil luchas de amor, no fue - o así me parece- más que la presa de la tierna gacela a la que creyó haber devorado por sorpresa.. Es el viejo gambito, el peón envenenado, el veneno de amor.
      Vino hacia mí sonriendo y cuando no miramos nuestros ojos supieron más que nosotros mismos. El fuego recorrió nuestros cuerpos y un segundo después sus manos sin palabras encontraron las mías. Olvidé a los amigos. Ya sólo estaba ella. Dejamos el café y fuimos paseando hasta llegar al mar. Después, por el paseo, dejamos que la brisa nos bañara. Entramos sin pensarlo en la playa a pesar de las ropas de fiesta. Dejamos los zapatos olvidados. Andábamos descalzos hacia el agua. No hacían falta palabras. Nos sentamos poco antes de la orilla, escuchando el murmullo, la caricia sonora de las olas, su silencio, su canto. Vimos atardecer y después, en la noche, en un lecho de arena, nos amamos despacio. Sólo entonces hablamos. Como en un sortilegio dijimos nuestros nombres, y como adolescentes (su juventud era también la mía, ella vivía en los dos) los dejamos escritos, enlazados en la base metálica, de hierro carcomido donde siguen ahora, en el descargadero de Las Almadravillas.

Los almendros en flor. Francisco Cañabete Reche

LOS ALMENDROS EN FLOR
                        ¿Por qué es tan difícil escapar de la propia sombra?
                                              
                                                    Zenón
Mientras avanza el tren, se desgranan sobre la alfombra oscura de la tierra los almendros en flor. Sus formas blancas y sus sombras rosadas; sus troncos negros, testigos silenciosos de los amaneceres, ocupan la llanura. Permanecen callados, como un conjunto aislado de promesas de vida, de esplendor escondido, de posible futuro.
Detrás está la niebla, densa y blanca también, la intangible barrera que apaga el horizonte; y mas lejos la mole que forma la montaña, con sus altos parajes sazonados de nieve.
Mientras yo la contemplo, me pregunto de pronto, si aun resulta posible conseguir la esperanza.
Vuelvo hasta lo cercano.
Los almendros me miran, sus flores me acarician y me dicen que sí.
El tren sigue avanzando mientras cierro los ojos
y así, por fin, descanso.
Viajando hacia Granada.
FRANCISCO CAÑABATE RECHE

Los almendros en flor. Francisco Cañabete Reche

LOS ALMENDROS EN FLOR
                        ¿Por qué es tan difícil escapar de la propia sombra?
                                              
                                                    Zenón
Mientras avanza el tren, se desgranan sobre la alfombra oscura de la tierra los almendros en flor. Sus formas blancas y sus sombras rosadas; sus troncos negros, testigos silenciosos de los amaneceres, ocupan la llanura. Permanecen callados, como un conjunto aislado de promesas de vida, de esplendor escondido, de posible futuro.
Detrás está la niebla, densa y blanca también, la intangible barrera que apaga el horizonte; y mas lejos la mole que forma la montaña, con sus altos parajes sazonados de nieve.
Mientras yo la contemplo, me pregunto de pronto, si aun resulta posible conseguir la esperanza.
Vuelvo hasta lo cercano.
Los almendros me miran, sus flores me acarician y me dicen que sí.
El tren sigue avanzando mientras cierro los ojos
y así, por fin, descanso.
Viajando hacia Granada.
FRANCISCO CAÑABATE RECHE

La ley del movimiento. Francisco Cañabate Reche

LA LEY DEL MOVIMIENTO de Francisco Cañabate Reche

(I) Despierta la mañana y en medio de la calle, sobre la acera aun fría, hay un hombre tumbado. Es un hombre maduro, vestido con cuidado, con ropa deportiva que ha costado muy cara. Pese a tanto detalle, pese a la perfección con que se ha preparado para sus ejercicios su espalda está mojada. Por esta simple pista, nosotros que observamos sabemos que su cuerpo se ha esforzado por él. Los ricos también sudan, pensamos un instante, pero eso ya no importa. Ya no tiene sentido, porque ahora todo es nuevo.
Las reglas son distintas. La vida nos iguala. Solo hace unos segundos que cayó fulminado, como herido de rayo y ha quedado en el suelo. Si miramos de cerca vemos su cuerpo yerto, los brazos extendidos, inermes y cautivos del tronco que los ata, la palidez intensa sobre al tez bronceada, su quietud, su silencio. Si miramos de nuevo, todo cuanto nos muestra  hace pensar que ha muerto, pero él aun sigue vivo.
Junto a él, hay otro hombre, este no tiñe canas. Es mas joven, mas alto, es quizás mas moreno. Ha corrido con él y ahora sufre a su lado. Sería un hombre agraciado si no tuviera miedo. Cautivo del horror transpira intensamente, suda casi a raudales y su rostro se agita. Como un desesperado intenta reanimar al otro que se agota, pero no logra hacerlo. Al principio gritó pero no lo oyó nadie, ahora sigue en silencio. Como vio en algún sitio, sentado sobre el hombre, cabalgando en su vientre, ha golpeado su pecho e inclina ahora su rostro para insuflar el aire en los labios azules.
            Mientras todo esto ocurre, la calle está desierta. Los dos hombres la ocupan, solos, por un momento. Entonces llega alguien. Un transeúnte que pasa por la acera de enfrente, se acerca y ve la escena.
-¡Voy a pedir ayuda!, grita sin proponérselo, y vuelve a la carrera hacia el bar mas cercano, que abrió hace unos minutos, para hablar por teléfono.
. Una mujer delgada abandona un portal. Los mira mientras pasa pero no se detiene. No llega a entender nada. Siente la obscenidad de la muerte en el suelo y no puede aguantarla. También grita y se aleja. A los pocos minutos, lejos, se oyen sirenas. Se congregan  entonces curiosos ojeadores que salen de las puertas que antes había cerradas. Viven el episodio lo mismo que un enjambre que zumba entre las flores y comentan la anécdota de forma acalorada, pero nadie se mueve.
Nadie ayuda a aquel hombre que sigue sobre el otro, solo, desesperado, y  pesar del horror continua con su esfuerzo. Se agota. Persevera. Aun persiste en su empeño. Quiere salvar los restos del ser que casi muere, demudado, en el suelo.¿Qué le lleva a intentarlo?. Tal vez tiene motivos que todos ignoramos para seguir luchando. Insiste con vehemencia haciendo lo que sabe de forma recurrente, una, dos veces, muchas, comprime el corazón, empuja los pulmones e insufla aire caliente, pero el hombre quebrado que se apoya en la dura superficie enlosada, sigue sin responder. No se mueve, no late, no respira siquiera y sus manos crispadas se han abierto despacio dejando escapar algo- puede ser la esperanza- que no supimos ver.
En medio del desastre, entre la algarabía que se forma mas tarde, cuando llegan los médicos- sonido de sirenas, gritos entrecortados, voces, mandatos, prisas- solo brillan los ojos de aquel hombre tumbado, que parecen soñar, nublados pero vivos.
                                                           (II)
            Los actos, cada uno, un tenue movimiento, una insignificante mirada de soslayo, un gesto esquivo, exacto, arbitrario o furtivo, desganado o enérgico, fugaz o indefinido, uno cualquiera o todos, esos pequeños actos que no tienen sentido, pueden ser decisivos, porque son actos únicos. Los dejamos pasar, pero, por muy minúsculos que finalmente sean, por muy inadvertidos que pasen para todos , hasta para nosotros ( los hicimos entonces y no nos dimos cuenta, los olvidamos luego pero llegan mas tarde), la ley del movimiento los hace irrepetibles. La vida es movimiento, continuidad y cambio, se regenera sola, por eso los destruye, los convierte en pasado y aunque a veces perviven asidos del recuerdo finalmente nos dejan convertidos en nada. Esto, que es tan sencillo,  cuando por fin sucede no tiene marcha atrás.
La vida se compone de infinitos momentos. De instantes intangibles que pueden realizarse de forma repetida, automáticamente, hasta la saciedad, pero no se repiten. Aunque parezca el mismo, cualquier acto es distinto de los que lo preceden. Todos cambiamos siempre. Imperceptiblemente. Nos creemos inmortales, seres indivisibles protegidos tal vez por un halo invisible, pero nos engañamos. La ceguera nos marca. Somos solo viajeros en una travesía donde todo es distinto y nuevo y  movimiento.
Cuando nos damos cuenta, queremos regresar y enmendar los errores repitiendo los actos que entonces realizamos  pero nunca es posible. Ya no somos los mismos. No suele haber dos vidas para vivir en una, dos oportunidades para enmendar la falta. Nunca nada sucede como estaba previsto ( aunque resulte cómodo pensar que ha sucedido). Por eso establecemos las rígidas barreras  defensivas y absurdas que llamamos costumbres, para frenar el cambio, para hacerlo intangible. Pero no lo logramos. Las costumbres nos atan, defendemos con ellas la estructura formal. Se inventan los horarios y las obligaciones. Nuestra vida se amolda y así parece estable pero es un espejismo.
Soñamos la quietud y solo hay mutación, cambio desesperado. La quimera es la calma y cuando el error llega y aparece el dolor y queremos librarnos de nuestra propia trampa ( nosotros la creamos, pagamos nuestras faltas) y romper ataduras, vemos que es imposible porque ya no hay regreso. Pensamos lo invariable y todo es variación, movimiento continuo, una extraña mudanza donde nada es  idéntico, que sigue sin nosotros y que de pronto estalla, rompiendo nuestras almas que ya están condenadas, (cuando por fin sabemos), a permanecer quietas, estáticas, inermes. Y ya no somos nada.
¿Pienso mientras me muero, y de entre tantas cosas, de entre tantos recuerdos, porqué pienso esto ahora?. ¿Porqué intento decirlo, aunque sé que no puedo?. Revivo las ideas que me han obsesionado en los últimos meses. Me parecen un sueño, pero ellas no se alejan, pese a que las ignoro - o lo intento en mi estado -, continúan a mi lado tozudas e imborrables: Los opuestos extraños que acaban encontrándose. Movimiento y quietud. Agitación y calma. ¿ Vida y muerte tal vez?. ¿Solo una circunstancia distinta y sucesiva?. ¿Estados paralelos, las apariencias múltiples de la misma substancia?.
Me parece soñar. Frente a la confusión que ocurre ante mis ojos, me atrevo a imaginarme pensando que imagino mientras sigo soñando. Me planteo las cuestiones que no tienen respuesta. Ya solo son un juego.
Esta es mi realidad: Solo hace unos minutos hablaba por hablar y ahora me estoy muriendo. Se que lo que sucede mas allá de mis ojos; su rostro de terror, su agitación, su miedo, no es mas que la verdad. Todo se ha consumado, pero en el torbellino, mas allá del abismo, lejanas pero exactas, atávicas, antiguas, también inapelables, allí están mis palabras. Son las que dije antes. Me escucho pronunciarlas. Las dije sin pensar, mientras los dos corríamos, como un reflejo más de lo que me obsesiona. Han pasado minutos. Ha transcurrido un mundo desde que fueron dichas y aun se que fui yo mismo el que las pronunció:
 - La vida es mutación, variación, movimiento – Digo mientras traslado mis huesos torpemente, hablando por hablar, cuando hacerlo era fácil porque aun todo era incierto y todo era posible.
Regreso a ese momento y aun pienso y aun camino, y contemplo mis piernas, mis muslos enfundados en la malla de tela que los aísla del frío; y me escucho decirlo mientras lo estoy pensando. Me parece sencillo pensar y hablar a un tiempo, las ideas coordinadas que afluyen a los labios se agolpan en los míos. Hoy sé que no estoy  solo y  rompo mi mutismo. Sé que hay otro a mi lado y que por eso hablo, para sentir la voz que resuena en mi mente y convertida en nieve llega hasta sus oídos; para saber que sabe, tal vez para vencerle ( yo sé que es mi enemigo).
 Hoy me costó trabajo levantarme de nuevo y abandonar la cama en la que ella yacía e inventar la rutina como hago cada día. Pero lo he conseguido. He salido a la calle para hacer lo de siempre, lo de cada mañana. Corro por esta tierra -soy fiel a mis ideas, mantengo mis costumbres intentando engañarme- , y en mitad de mis pasos me lo he encontrado a él. ¿Fue por casualidad?. Aterido de frío, salió de entre las sombras fingiendo que corría pese a que me esperaba. Se ha hecho el encontradizo y ha venido conmigo y yo he jugado el juego: me mostré sorprendido, y amable y aliviado, y le invité a correr. Ahora sigue a mi lado en el amanecer, y vuelve su cabeza  mientras yo sigo hablando. Atiende a mis palabras, con un gesto cortés, noblemente callado.
Mientras los dos jugamos a que no pasa nada, a que todo es casual, mientras filosofamos y los dos nos mentimos, se va afilando el odio y  estallan nuestros pasos en mitad de la calle, acompasadamente. Prolongan nuestras formas las luces de la noche y apretamos los dientes y aun vamos mas deprisa, mirando de soslayo por ver si el otro cede, pero eso no sucede. Él es joven, lo sé. Sé que tendrá ventaja, pero acelero el paso y respiro deprisa y me laten las sienes. Si alguien nos observara podría ver dos extraños que corren sin mirarse, en el amanecer. La noche también corre siguiendo nuestros pasos y ante nuestra insistencia, por fin se muestra el sol. Mientras sigo corriendo descubro el día  que nace como cada mañana y de nuevo me miento. Finjo una indiferencia que me deja agotado, y de repente pienso sin poder evitarlo: ¿Alguien abrió mis ojos porque estaban cerrados o se inventó la luz detrás del horizonte?. Se me acelera el pulso aun más si es que es posible. Amanece – me digo-. Me gusta este momento y todas las mañanas suelo pararme ahora para cambiar el aire que falta en mis pulmones, descanso unos minutos, respiro, vuelvo a andar.
Pero hoy no me detengo.
Continuo mi carrera porque él está conmigo y debo derrotarle. Me zumba la cabeza pero cierro los ojos para que no lo note, y durante ese instante en que me siento débil la compasión me ocupa y trato de ser justo. Tal vez los dos sentimos la misma paradoja y fingimos no verla y tal vez no tenemos porqué seguir corriendo. Tal vez todo es absurdo.¿Podemos ser amigos pese a que nos odiamos?. No existe nada nuevo, me dicen mis entrañas.Esto ya ocurrió antes. Yo ya corrí otras veces hasta caer agotado, también he sido odiado, y engañado y cautivo.
Mientras, renace el sol. De nuevo ha amanecido.
Caminamos deprisa cuando ya brilla el día como una única trama pero no me detengo. Nos hemos agotado intentando rompernos. Ya no estamos enteros pero no lo admitimos y yo siento mis vísceras moviéndose también, su turbio despertar, su grito de protesta como el del universo que me estalla en el cielo.
-La vida es movimiento.- Vuelvo a mis obsesiones, pero ahora no las digo. Ya no me queda aliento y en medio del silencio siento mi corazón latir sin yo pedirlo, galopar en mi pecho como un esclavo ciego sujeto a servidumbres que ni siquiera entiende. Su latido es continuo, certero, inexorable, sistólico y diastólico, rítmico y estridente y en él nace mi vida. Su cadencia me extraña porque no la domino. Reinicio la carrera y no debiera hacerlo. Camino mas deprisa, fingiendo una frescura que ni siquiera sueño, y él continua mis pasos. Luego me miro el pecho: Corazón, compañero,
 ¿ tu también estas solo?, y continúo avanzando.
Regresamos a casa como dos escolares que han competido a ciegas. Nos vamos acercando. Ha pasado ya un rato cuando llega el dolor ( ¿ Tal vez sea esa respuesta que me envía el corazón y yo ya no esperaba?). Mi cuerpo se desplaza, gira sobre sí mismo y se hunde en un espasmo que es como un latigazo y que de pronto pasa; y durante ese instante en el que abrazo el suelo, sin entender porque mi pensamiento vuela: 
- Si la vida se mueve; ¿Cómo pensar  su cese?, ¿Y como  definirlo?. ¿Cuáles son las palabras que nombran el final?, ¿Qué leyes lo interpretan?. ¿Pudiera ser soñado tal vez como esta dulce sensación de quietud, extraña y opresiva?. ¿Como la calma intensa, interior y absoluta, que ahora viaja conmigo?. ¿O como la distancia que siguió a ese dolor que vino hace un segundo y me obligó a pararme y a dejar de correr, o la tranquilidad que siento mientras caigo y observo la expresión de terror e impotencia reflejada en su rostro?.
Este será mi premio. Sé que el otro me observa, también que está sufriendo tal vez mas que yo mismo. Por eso abro los ojos. Pudo haber sido bello si esto hubiera ocurrido cuando llegaba el sol, ser un final idílico pero ya no será, y esta es mi última imagen: El rostro de ese  hombre que ha corrido conmigo y mira mientras muero.
( Actos irrepetibles, idénticos, distintos. Gestos, sucesos, horas, segundos, movimiento. Su ley se impone siempre. Cualquier hecho pequeño, o infinitesimal se vuelve decisivo. Aun recuerdo el segundo en el que vi sus ojos y supe que me odiaba y ya no había remedio, que me daría la espalda y se volvería al otro, al que hoy corrió conmigo y ahora me ve morir.
 Al que estará a su lado cuando yo me haya ido dándole a la traición ese nuevo sentido que se vuelve nobleza.
Al que se dice amigo y hoy intentaba hablarme.
Al que amó a mi mujer sin pedirme permiso y  no tuvo piedad, y hoy iba a destrozarme).
No sé si estoy soñando mi vieja pesadilla de viejo enamorado, si mis celos me llevan a pensar que estoy muerto y ahora concluye el sueño que he soñado esta noche y llega la quietud.
Mi espalda está sudada. Afuera hay movimiento.
¿Despertaré tal vez?. ¿ Se ha acabado mi vida?.
    
                                 (III)
El joven se levanta. Ya no queda esperanza. Ve alejarse las luces que marcan la ambulancia y escucha su sonido, claro, estridente, absurdo.
De pronto se da cuenta de que está destrozado, de que él murió en sus brazos y sabe simplemente que debe hablar con ella, que ha de contarlo todo para poder vivir.
La buscará mas tarde. Ahora no tiene fuerza. Piensa en volver a casa, en ducharse, en dormir, en olvidarlo todo. Recuerda las pastillas que tomó esta mañana para evitar su alergia. Tose descompasado. Comienza a caminar.
Luego la vida sigue, móvil, inacabable.