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jueves, 30 de enero de 2014

Bartlebly y compañía. Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas
Bartlebly y compañía
Editorial Anagrama - 2000


                        "Todos somos Bartlebly" parece querer decirnos Enrique Vila-Matas en su espléndida obra Bartlebly y compañía que editada por Anagrama, confirma lo que ya casi todos sabíamos: que aún es posible escribir y editar literatura de alta calidad al margen de modas y grupos.

                        Y "todos somos Bartlebly", porque cuantos sufrimos en nuestras carnes desde nuestra infancia el gusanillo de la escritura, vamos descubriendo con el tiempo que no estamos tan solos como pensábamos, y lo más importante, que no éramos unos bichos raras. Y al igual que Bartlebly, el fascinante personaje que creara Melville, o Adrián, el enigmático protagonista invisible de la última novela de José María Merino, en la que algunos críticos han querido ver la esencia misma de la meta-literatura, como contrapunto a la meta-poesía, o a la meta-pintura, o a la..., recorremos nuestra particular travesía por el desierto en soledad, pero en la oscura compañía de aquellos que nos precedieron en este  singular oficio.

                        La historia de la literatura ha dejado para la posteridad infinidad de "bartleblis más o menos anónimos", como Vila-Matas gusta contarnos. No vamos a extendernos ahora en ellos, que para este viaje no necesitamos alforjas, y sería manido el ponernos ahora a glosar las excelencias de Rulfo, Salinger o Julio Torri inclusive. Pero sí que es cierto que hay quienes ven en semejantes silencios una más que preocupante corriente en la que se ven envueltos desde los tradicionales "negros literarios" (no se asusten, todos sabemos que existen) hasta los más indolentes editores, pasando, por supuesto, por la orla del autor y su obra, para quien tanta disquisición y penuria intelectual las más de las veces le trae al fresco. (Hay un Bartlebly especialmente jugoso literariamente, como muy acertadamente viera el editor Jorge Herralde. Se trata de Joe Gould y de la  recreación novelada de su vida y supuesta obra por el periodista Joseph Mitchel. Gould, quien se consideraba a sí mismo como el último bohemio, vivió y padeció en carne propia los excesos del alcohol y de una vida sucumbida entre la miseria de la ciudad de los rascacielos, y dejó para la historia de la literatura fragmentos de la Historia oral de nuestro tiempo, un auténtico testamento alejado de todo tipo de convencionalismos).

                        No nos engañemos: al igual que hay autores que escriben tanto con la mano derecha como con la izquierda, según el editor y el lector a quienes vaya dirigido su libro, también los hay que optan en un momento de sus vidas por el silencio como privilegio narrativo. Y Vila-Matas ha sabido verlo en toda su dimensión, que no es otra que la de quien en algún momento de su vida se ha sentido un "bartlebly" . Así, semejante gracia abandona el terreno de lo propio y pasa con todos los derechos a engrosar la larga lista de los epítetos. Y mostrando lo mejor de sí mismo, que no siempre se encuentra en lo escrito, sino que ha menudo está en lo no-escrito, se convierte en una forma de ver y de entender la literatura, alejada de corrientes y tendencias, y lo que resulta más juicioso, de las desafortunadas críticas de aquellos / as, que siendo incapaces las más de las veces de escribir nada creativo, dedican su pluma a la ingente labor de desprestigiar la ajena, que casi siempre resulta más atractiva que la suya propia.

                        Por eso, "todos somos Bartlebly", y como tal deberíamos de comportarnos más a menudo. Y si esto nos resulta especialmente doloroso, cuando menos reposemos el tiempo suficiente para leer Bartlebly y compañía, y por qué no, a continuación Bartlebly el escribiente, relato que descubriera con apenas veinte años, y que me deslumbrara, me imagino, casi tanto como debió de hacerlo a Enrique Vila-Matas.


José Luis García Fernández
 

Bartlebly y compañía. Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas
Bartlebly y compañía
Editorial Anagrama - 2000


                        "Todos somos Bartlebly" parece querer decirnos Enrique Vila-Matas en su espléndida obra Bartlebly y compañía que editada por Anagrama, confirma lo que ya casi todos sabíamos: que aún es posible escribir y editar literatura de alta calidad al margen de modas y grupos.

                        Y "todos somos Bartlebly", porque cuantos sufrimos en nuestras carnes desde nuestra infancia el gusanillo de la escritura, vamos descubriendo con el tiempo que no estamos tan solos como pensábamos, y lo más importante, que no éramos unos bichos raras. Y al igual que Bartlebly, el fascinante personaje que creara Melville, o Adrián, el enigmático protagonista invisible de la última novela de José María Merino, en la que algunos críticos han querido ver la esencia misma de la meta-literatura, como contrapunto a la meta-poesía, o a la meta-pintura, o a la..., recorremos nuestra particular travesía por el desierto en soledad, pero en la oscura compañía de aquellos que nos precedieron en este  singular oficio.

                        La historia de la literatura ha dejado para la posteridad infinidad de "bartleblis más o menos anónimos", como Vila-Matas gusta contarnos. No vamos a extendernos ahora en ellos, que para este viaje no necesitamos alforjas, y sería manido el ponernos ahora a glosar las excelencias de Rulfo, Salinger o Julio Torri inclusive. Pero sí que es cierto que hay quienes ven en semejantes silencios una más que preocupante corriente en la que se ven envueltos desde los tradicionales "negros literarios" (no se asusten, todos sabemos que existen) hasta los más indolentes editores, pasando, por supuesto, por la orla del autor y su obra, para quien tanta disquisición y penuria intelectual las más de las veces le trae al fresco. (Hay un Bartlebly especialmente jugoso literariamente, como muy acertadamente viera el editor Jorge Herralde. Se trata de Joe Gould y de la  recreación novelada de su vida y supuesta obra por el periodista Joseph Mitchel. Gould, quien se consideraba a sí mismo como el último bohemio, vivió y padeció en carne propia los excesos del alcohol y de una vida sucumbida entre la miseria de la ciudad de los rascacielos, y dejó para la historia de la literatura fragmentos de la Historia oral de nuestro tiempo, un auténtico testamento alejado de todo tipo de convencionalismos).

                        No nos engañemos: al igual que hay autores que escriben tanto con la mano derecha como con la izquierda, según el editor y el lector a quienes vaya dirigido su libro, también los hay que optan en un momento de sus vidas por el silencio como privilegio narrativo. Y Vila-Matas ha sabido verlo en toda su dimensión, que no es otra que la de quien en algún momento de su vida se ha sentido un "bartlebly" . Así, semejante gracia abandona el terreno de lo propio y pasa con todos los derechos a engrosar la larga lista de los epítetos. Y mostrando lo mejor de sí mismo, que no siempre se encuentra en lo escrito, sino que ha menudo está en lo no-escrito, se convierte en una forma de ver y de entender la literatura, alejada de corrientes y tendencias, y lo que resulta más juicioso, de las desafortunadas críticas de aquellos / as, que siendo incapaces las más de las veces de escribir nada creativo, dedican su pluma a la ingente labor de desprestigiar la ajena, que casi siempre resulta más atractiva que la suya propia.

                        Por eso, "todos somos Bartlebly", y como tal deberíamos de comportarnos más a menudo. Y si esto nos resulta especialmente doloroso, cuando menos reposemos el tiempo suficiente para leer Bartlebly y compañía, y por qué no, a continuación Bartlebly el escribiente, relato que descubriera con apenas veinte años, y que me deslumbrara, me imagino, casi tanto como debió de hacerlo a Enrique Vila-Matas.


José Luis García Fernández
 

Cuando Tim Burton descubrió a Tim Burton. Luis García

Cuando Tim Burton
descubrió a Tim Burton.



                        Una vez más, una película, llamada con el tiempo a ser considerada casi como de culto, nos ofrece a la vez que la espectacularidad de sus secuencias, la oportunidad de descubrir a un autor estadounidense del siglo XIX, que curiosamente había permanecido oculto hasta la fecha en los anaqueles de cualquier librería pública. 

                        Cuando Tim Burton descubrió a Tim Burton, yo aún desconocía el alcance de su cine, pero si que intuía que estaba llamado a encuadrarse dentro de los grandes del género. Había conseguido con apenas media docena de filmes, que tanto adultos como niños disfrutasen con su peculiar forma de entender el séptimo arte, y por extensión la vida. Tengo que reconocer que a veces es necesario un pequeño empujón, y en mi caso no fue sino la visión de Pesadilla antes de Navidad, una película para adultos que gusta especialmente a los niños (que se lo pregunten sino a mi hija Henar para quien es su preferida), la que me aficionó al cine de Burton.  

                        Por eso, el regreso de Tim Burton, no por esperado resultaba menos atractivo. ¿Qué historia nos traería esta vez?. La sorpresa, después de la espera, es la adaptación (muy libre) de un relato de Washington Irving, reciente y oportunamente recuperado magistralmente por la Editorial Alba. Me estoy refiriendo, como no, a La leyenda de Sleepy Hollow.
 
                        Si usted, circunstancial lector, no es un aficionado a la literatura de los siglos XVIII y XIX, una literatura que ahora en el siglo XX denominan eufemísticamente como gótica, si no es capaz de dejarse seducir con su adormecedor y ensoñador halo de romanticismo mas allá de los espíritus cansinos que suelen crear, pues... sencillamente, pase de largo por este artículo. Vea la película (que sin duda le encantará) y olvídese de quien creó la leyenda y de cuanto le rodeaba en aquel entresijo Burtoniano. 

                        Pero si usted, lector, aún mantiene intacta su capacidad de asombro, precisamente en unos tiempos tan carentes de originalidad en los que parece que casi todo está inventado, o cuando menos reciclado, y cree firmemente que el valle que da nombre a la leyenda, Sleepy Hollow, no sólo es posible que exista, sino que es capaz de localizarlo incluso cercano a su ciudad, deténgase en la historia del desgraciado soldado de caballería de Hesee, quien habiendo perdido su cabeza en una batalla de la Guerra de la Independencia, todas las noches se levanta de su tumba y se encamina galopando hasta el campo de batalla en un último y desesperado intento por recuperarla. Porque La
leyenda de Sleepy Hallow, no es sino la historia del Jinete sin Cabeza, una historia manida que los más viejos creen reconocer les contaban de niños. Y es la historia de Ichabod el maestro, quien sin pretenderlo, habrá de convertirse en un eslabón más de una fábula tan aparentemente pueril en su concepción, como hermosa en su tradición.

                        Tim Burton lo ha conseguido. Cuando parecía imposible, se saca de la chistera una historia tan atractiva como todas las anteriores, y nos ofrece un relato magistralmente construido, tanto como el original de Washington Irving. 

            Porque la vida no es sino una desesperada búsqueda de nosotros mismos, aunque esta venga representada en forma de Jinete sin Cabeza a lomos de un caballo.


Luis García

Cuando Tim Burton descubrió a Tim Burton. Luis García

Cuando Tim Burton
descubrió a Tim Burton.



                        Una vez más, una película, llamada con el tiempo a ser considerada casi como de culto, nos ofrece a la vez que la espectacularidad de sus secuencias, la oportunidad de descubrir a un autor estadounidense del siglo XIX, que curiosamente había permanecido oculto hasta la fecha en los anaqueles de cualquier librería pública. 

                        Cuando Tim Burton descubrió a Tim Burton, yo aún desconocía el alcance de su cine, pero si que intuía que estaba llamado a encuadrarse dentro de los grandes del género. Había conseguido con apenas media docena de filmes, que tanto adultos como niños disfrutasen con su peculiar forma de entender el séptimo arte, y por extensión la vida. Tengo que reconocer que a veces es necesario un pequeño empujón, y en mi caso no fue sino la visión de Pesadilla antes de Navidad, una película para adultos que gusta especialmente a los niños (que se lo pregunten sino a mi hija Henar para quien es su preferida), la que me aficionó al cine de Burton.  

                        Por eso, el regreso de Tim Burton, no por esperado resultaba menos atractivo. ¿Qué historia nos traería esta vez?. La sorpresa, después de la espera, es la adaptación (muy libre) de un relato de Washington Irving, reciente y oportunamente recuperado magistralmente por la Editorial Alba. Me estoy refiriendo, como no, a La leyenda de Sleepy Hollow.
 
                        Si usted, circunstancial lector, no es un aficionado a la literatura de los siglos XVIII y XIX, una literatura que ahora en el siglo XX denominan eufemísticamente como gótica, si no es capaz de dejarse seducir con su adormecedor y ensoñador halo de romanticismo mas allá de los espíritus cansinos que suelen crear, pues... sencillamente, pase de largo por este artículo. Vea la película (que sin duda le encantará) y olvídese de quien creó la leyenda y de cuanto le rodeaba en aquel entresijo Burtoniano. 

                        Pero si usted, lector, aún mantiene intacta su capacidad de asombro, precisamente en unos tiempos tan carentes de originalidad en los que parece que casi todo está inventado, o cuando menos reciclado, y cree firmemente que el valle que da nombre a la leyenda, Sleepy Hollow, no sólo es posible que exista, sino que es capaz de localizarlo incluso cercano a su ciudad, deténgase en la historia del desgraciado soldado de caballería de Hesee, quien habiendo perdido su cabeza en una batalla de la Guerra de la Independencia, todas las noches se levanta de su tumba y se encamina galopando hasta el campo de batalla en un último y desesperado intento por recuperarla. Porque La
leyenda de Sleepy Hallow, no es sino la historia del Jinete sin Cabeza, una historia manida que los más viejos creen reconocer les contaban de niños. Y es la historia de Ichabod el maestro, quien sin pretenderlo, habrá de convertirse en un eslabón más de una fábula tan aparentemente pueril en su concepción, como hermosa en su tradición.

                        Tim Burton lo ha conseguido. Cuando parecía imposible, se saca de la chistera una historia tan atractiva como todas las anteriores, y nos ofrece un relato magistralmente construido, tanto como el original de Washington Irving. 

            Porque la vida no es sino una desesperada búsqueda de nosotros mismos, aunque esta venga representada en forma de Jinete sin Cabeza a lomos de un caballo.


Luis García

Lo minoritario sinónimo de calidad. Luis García

Lo minoritario
sinónimo de calidad


        Nadie duda a estas alturas de la importancia de las Editoriales llamadas minoritarias dentro del panorama literario nacional. Esto es porque desde siempre fueron cuna y cantera de las grandes,  a quienes les resulta mas sencillo, rápido y barato arrebatar los autores descubiertos por otros a veces con no poco esfuerzo e intuición, que apostar ellas por alguno en concreto. Operarían de ese modo de igual manera que lo hace un club de fútbol poderoso, léase Real Madrid, Barcelona, etc, con los modestos, a quienes cuando les fichan un jugador no les queda más alternativa que el derecho al pataleo, y la búsqueda de nuevos diamantes en bruto,  que una vez pulidos y tratados, pasaran a su vez a engrosar la nómina de los poderosos. Como se puede observar, la pescadilla que se muerde la cola. 

            Recordar a algunos de estos escritores sería muy largo y correríamos el riesgo de herir sensibilidades propias y ajenas, personificadas estas tanto en autores como en Editoriales. Por ello he preferido referirme tan sólo a aquellas malditas, casi secretas que a menudo se mueven en los entresijos del panorama cultural español de una forma colateral. Porque colaterales son al fin y al cabo los riesgos que corren cuando muestran sus mejores galas desde el extrarradio. 


            Pero aún a riesgo de presentarlos de una forma incorrecta, o de caer en tópicos bananeros que impidan que los árboles dejen ver el bosque, habría que decir que todos, absolutamente todos, Editoriales (grandes y pequeñas) y autores, se necesitan unos a los otros para sobrevivir. Es decir. Cierto es, que las pequeños acusan a las grandes de intrusismo profesional, pero no es menos cierto que no podrían sobrevivir la mayoría de las veces sin la existencia de ese supuesto intrusismo, porque la razón misma de su estar y ser en el mercado pasa por aceptar unas reglas de juego que nadie inventó, pero que a menudo recuerdan a una Ley Natural de superior rango. Si, el pez grande (el Gran Grupo Editorial) se come al pequeño, o en su defecto a los autores que previamente ha descubierto, pero el pequeño (la Editorial minoritaria) necesita que continúe haciéndolo, para a su vez reafirmarse como la auténtica cantera de nuevos valores literarios, haciendo bueno aquello de que lo minoritario sinónimo de calidad.

 
            Dicho todo esto, y otorgándole sus respetos a quien de verdad siempre los tuvo, veo llegada la hora de rescatar para Café a las siete siquiera a algunas de ese volumen ingente de Editoriales que suplen la abundancia de catálogo popular (digámoslo así) con imaginación. Una de ellas, que recientemente he podido descubrir, se trata de la Editorial Igitur, fundada y coordinada por los escritores Rosa Lentini y Ricardo Caro Gaviria, que nació con la firme voluntad de rescatar del olvido aquellos autores y textos que de otra forma permanecerían en el olvido. Ediciones Igitur mezcla de esa forma autores más o menos conocidos con otros que conforman la vanguardia de una evolución literaria que discurre de propuesta en propuesta. ¿Qué quiere decir esto?. Pues ni más ni menos, que al margen de convencionalismos literarios, de modas y de artificios, Ediciones Igitur apuesta por la literatura en su estado más puro.


            Su última apuesta literaria, El pasajero Walter Benjamín, Premio Navarra de Novela 1986 firmado por el propio Cesar Gaviria, recrea los últimos días del escritor y filósofo judío-alemán Walter Benjamín, quien no pudiendo superar el hecho de que en 1940 le impidiesen entrar en España con el firme propósito de alcanzar Nueva York vía Lisboa, opta por  la solución más rápida y también más dramática de autoliberación: el suicidio.


            Con el pasajero Walter Benjamín, oportunamente rescatado cuando se cumple el sesenta aniversario de su muerte, no pretende al autor aunque lo parezca, establecer un debate sobre el concepto histórico de frontera. Así, en la novela se recrean aspectos ya sabidos sobre la muerte de Benjamín, los biográficos, con los imaginados, encarnados esto en la recreación de las cuatro mujeres que le acompañaran en aquellos días. Una recreación necesaria para entender y conocer si cabe la particular personalidad de alguien que por fin parece acercársenos a las librerías sin tapujos.

Luis García

Lo minoritario sinónimo de calidad. Luis García

Lo minoritario
sinónimo de calidad


        Nadie duda a estas alturas de la importancia de las Editoriales llamadas minoritarias dentro del panorama literario nacional. Esto es porque desde siempre fueron cuna y cantera de las grandes,  a quienes les resulta mas sencillo, rápido y barato arrebatar los autores descubiertos por otros a veces con no poco esfuerzo e intuición, que apostar ellas por alguno en concreto. Operarían de ese modo de igual manera que lo hace un club de fútbol poderoso, léase Real Madrid, Barcelona, etc, con los modestos, a quienes cuando les fichan un jugador no les queda más alternativa que el derecho al pataleo, y la búsqueda de nuevos diamantes en bruto,  que una vez pulidos y tratados, pasaran a su vez a engrosar la nómina de los poderosos. Como se puede observar, la pescadilla que se muerde la cola. 

            Recordar a algunos de estos escritores sería muy largo y correríamos el riesgo de herir sensibilidades propias y ajenas, personificadas estas tanto en autores como en Editoriales. Por ello he preferido referirme tan sólo a aquellas malditas, casi secretas que a menudo se mueven en los entresijos del panorama cultural español de una forma colateral. Porque colaterales son al fin y al cabo los riesgos que corren cuando muestran sus mejores galas desde el extrarradio. 


            Pero aún a riesgo de presentarlos de una forma incorrecta, o de caer en tópicos bananeros que impidan que los árboles dejen ver el bosque, habría que decir que todos, absolutamente todos, Editoriales (grandes y pequeñas) y autores, se necesitan unos a los otros para sobrevivir. Es decir. Cierto es, que las pequeños acusan a las grandes de intrusismo profesional, pero no es menos cierto que no podrían sobrevivir la mayoría de las veces sin la existencia de ese supuesto intrusismo, porque la razón misma de su estar y ser en el mercado pasa por aceptar unas reglas de juego que nadie inventó, pero que a menudo recuerdan a una Ley Natural de superior rango. Si, el pez grande (el Gran Grupo Editorial) se come al pequeño, o en su defecto a los autores que previamente ha descubierto, pero el pequeño (la Editorial minoritaria) necesita que continúe haciéndolo, para a su vez reafirmarse como la auténtica cantera de nuevos valores literarios, haciendo bueno aquello de que lo minoritario sinónimo de calidad.

 
            Dicho todo esto, y otorgándole sus respetos a quien de verdad siempre los tuvo, veo llegada la hora de rescatar para Café a las siete siquiera a algunas de ese volumen ingente de Editoriales que suplen la abundancia de catálogo popular (digámoslo así) con imaginación. Una de ellas, que recientemente he podido descubrir, se trata de la Editorial Igitur, fundada y coordinada por los escritores Rosa Lentini y Ricardo Caro Gaviria, que nació con la firme voluntad de rescatar del olvido aquellos autores y textos que de otra forma permanecerían en el olvido. Ediciones Igitur mezcla de esa forma autores más o menos conocidos con otros que conforman la vanguardia de una evolución literaria que discurre de propuesta en propuesta. ¿Qué quiere decir esto?. Pues ni más ni menos, que al margen de convencionalismos literarios, de modas y de artificios, Ediciones Igitur apuesta por la literatura en su estado más puro.


            Su última apuesta literaria, El pasajero Walter Benjamín, Premio Navarra de Novela 1986 firmado por el propio Cesar Gaviria, recrea los últimos días del escritor y filósofo judío-alemán Walter Benjamín, quien no pudiendo superar el hecho de que en 1940 le impidiesen entrar en España con el firme propósito de alcanzar Nueva York vía Lisboa, opta por  la solución más rápida y también más dramática de autoliberación: el suicidio.


            Con el pasajero Walter Benjamín, oportunamente rescatado cuando se cumple el sesenta aniversario de su muerte, no pretende al autor aunque lo parezca, establecer un debate sobre el concepto histórico de frontera. Así, en la novela se recrean aspectos ya sabidos sobre la muerte de Benjamín, los biográficos, con los imaginados, encarnados esto en la recreación de las cuatro mujeres que le acompañaran en aquellos días. Una recreación necesaria para entender y conocer si cabe la particular personalidad de alguien que por fin parece acercársenos a las librerías sin tapujos.

Luis García

Café a las siete. Luis Santillán.

CAFÉ A LAS SIETE
 
La secta
 
            Tengo un conocido, que recientemente publicó un artículo en un diario nacional en el que se sentía parte integrante junto a otros insignes colegas de una peculiar secta que se hacía llamar a sí misma como la de los congetianos, entendiendo por tales a los admiradores de José María Conget, según Ignacio Martínez de Pisón, uno de los autores menos difundidos pero más interesantes, lo que se puede interpretar el que con el tiempo se convierta en un autor de culto. Yo, que ni conocía ni había leído a José María Conget, no pude por menos que mostrar mi sorpresa y extrañeza por la confluencia en apenas siete días de dos recomendaciones de dicho autor, y ambas abaladas por dos de los más prometedores narradores de nuestra literatura. Pero cual sería mi sorpresa cuando leyendo Una cita con Borges del propio Conget, recientemente editado por Renacimiento, me encuentro con uno de sus pasajes titulado El final de una secta, en el que aludía a los mismos principio que llevaron a su admirador articulista a declararse congetiano. Se sentía José María Conget en esta ocasión ferviente admirador de Augusto Monterroso, y culminaba su tránsito por el capítulo reivindicando la existencia de la secta de los monterresinos al margen de premios y oropelas. ¿Quiere esto decir que existió plagio de su admirador literario?. Pudiera pensarse que sí, y en un primer momento así lo interpreté y se lo hice saber a mis allegados. Pero reflexionando sobre ello, llegué a la conclusión de que el plagio no existió mas allá de la simple confluencia de una actitud vital a la hora de afrontar una vivencia. Bonilla, que no es otro que el autor del artículo sobre Los Congetianos publicado en su sección semanal Las afueras, no hizo sino homenajear a quien de alguna forma consideraba como su maestro, si se me permite la expresión. ¿Y existe mejor manera de hacerlo que utilizando sus propias reflexiones?

            Todos de alguna manera nos sentimos partícipes de alguna secta, no en vano la asunción de los postulados de un pensador, filósofo o escritor pasa además de por asumir como propios los mismos,  por sentirnos cómplices con los demás de dicha forma de entender la vida, y por qué no, la muerte. Sirve esto para ilustrar, tanto la anécdota de Bonilla como la del propio Conget a quien estoy descubriendo lenta pero satisfactoriamente, para incitar desde estas páginas a mi propia secta, que seguro que existirá. La de los seguidores de Saramago, el insigne Nóbel, y uno de los escritores más denostados por unos y más admirados por otros. José Saramago ha sabido desde su voluntario exilio, no el físico en Lanzarote, sino el interior, aquel al que deberíamos de regresar todos de vez en cuando para reflexionar sobre nuestra propia existencia, aglutinar y remover las conciencias de quienes le escuchamos y leemos. Porque La cavernano es sólo una novela: es La Novela, ahora que está tan de moda hablar del partido del siglo, la madre de todas las guerras o el concierto que nunca se habrá de repetir. La cavernaes La Novela porque aúna entre sus páginas además de la facultad de contar, y bien, por cierto, la de formar, algo que se echa en falta en los escritores de este fin de siglo / milenio, excesivamente preocupados y enfrascados en batallas e intrigas palaciegas que poco o nada aportan al debate humano que debería de servirse desde las páginas de los diarios, y a la literatura en general. La particular batalla de Cipriano Algor contra el kafkiano y desconsolado Centro Comercial, paradigma productivo del Pensamiento Único, y la peculiar interpretación del mito de la caverna platónico, siempre es bueno rememorarlo ahora que los años de facultad comienzan a pesar en exceso, nos retrotraen a un tiempo que posiblemente ni fue mejor ni peor que el presente, pero cuando menos diferente, y sólo por eso susceptible de ser criticado. Porque sólo desde la educación en valores, que con el tiempo nos permitirá censurar con justicia lo que vemos, nos convertiremos en hombres libres.



            Es posible como algunos pretenden demostrar, que la tremenda equivocación de Saramago parta de que no ha sabido interpretar que los Centros Comerciales actuales son las ágoras de la antigüedad, las plazas en las que el pueblo se reunía a departir con sus vecinos. Es posible. Como también que Bonilla nunca tuviera la tentación de plagiar una idea o una frase de José María Conget. Es posible. Pero como todo en la vida, siempre se estaría sujeto a interpretaciones. Y sinceramente, yo prefiero nadar contra la corriente, equivocarme cien veces y sentirme un hombre libre, que no nadar con la corriente a favor y no equivocarme nunca. Porque con la corriente sólo nadan los mediocres.
 
L. Santillán

Café a las siete. Luis Santillán.

CAFÉ A LAS SIETE
 
La secta
 
            Tengo un conocido, que recientemente publicó un artículo en un diario nacional en el que se sentía parte integrante junto a otros insignes colegas de una peculiar secta que se hacía llamar a sí misma como la de los congetianos, entendiendo por tales a los admiradores de José María Conget, según Ignacio Martínez de Pisón, uno de los autores menos difundidos pero más interesantes, lo que se puede interpretar el que con el tiempo se convierta en un autor de culto. Yo, que ni conocía ni había leído a José María Conget, no pude por menos que mostrar mi sorpresa y extrañeza por la confluencia en apenas siete días de dos recomendaciones de dicho autor, y ambas abaladas por dos de los más prometedores narradores de nuestra literatura. Pero cual sería mi sorpresa cuando leyendo Una cita con Borges del propio Conget, recientemente editado por Renacimiento, me encuentro con uno de sus pasajes titulado El final de una secta, en el que aludía a los mismos principio que llevaron a su admirador articulista a declararse congetiano. Se sentía José María Conget en esta ocasión ferviente admirador de Augusto Monterroso, y culminaba su tránsito por el capítulo reivindicando la existencia de la secta de los monterresinos al margen de premios y oropelas. ¿Quiere esto decir que existió plagio de su admirador literario?. Pudiera pensarse que sí, y en un primer momento así lo interpreté y se lo hice saber a mis allegados. Pero reflexionando sobre ello, llegué a la conclusión de que el plagio no existió mas allá de la simple confluencia de una actitud vital a la hora de afrontar una vivencia. Bonilla, que no es otro que el autor del artículo sobre Los Congetianos publicado en su sección semanal Las afueras, no hizo sino homenajear a quien de alguna forma consideraba como su maestro, si se me permite la expresión. ¿Y existe mejor manera de hacerlo que utilizando sus propias reflexiones?

            Todos de alguna manera nos sentimos partícipes de alguna secta, no en vano la asunción de los postulados de un pensador, filósofo o escritor pasa además de por asumir como propios los mismos,  por sentirnos cómplices con los demás de dicha forma de entender la vida, y por qué no, la muerte. Sirve esto para ilustrar, tanto la anécdota de Bonilla como la del propio Conget a quien estoy descubriendo lenta pero satisfactoriamente, para incitar desde estas páginas a mi propia secta, que seguro que existirá. La de los seguidores de Saramago, el insigne Nóbel, y uno de los escritores más denostados por unos y más admirados por otros. José Saramago ha sabido desde su voluntario exilio, no el físico en Lanzarote, sino el interior, aquel al que deberíamos de regresar todos de vez en cuando para reflexionar sobre nuestra propia existencia, aglutinar y remover las conciencias de quienes le escuchamos y leemos. Porque La cavernano es sólo una novela: es La Novela, ahora que está tan de moda hablar del partido del siglo, la madre de todas las guerras o el concierto que nunca se habrá de repetir. La cavernaes La Novela porque aúna entre sus páginas además de la facultad de contar, y bien, por cierto, la de formar, algo que se echa en falta en los escritores de este fin de siglo / milenio, excesivamente preocupados y enfrascados en batallas e intrigas palaciegas que poco o nada aportan al debate humano que debería de servirse desde las páginas de los diarios, y a la literatura en general. La particular batalla de Cipriano Algor contra el kafkiano y desconsolado Centro Comercial, paradigma productivo del Pensamiento Único, y la peculiar interpretación del mito de la caverna platónico, siempre es bueno rememorarlo ahora que los años de facultad comienzan a pesar en exceso, nos retrotraen a un tiempo que posiblemente ni fue mejor ni peor que el presente, pero cuando menos diferente, y sólo por eso susceptible de ser criticado. Porque sólo desde la educación en valores, que con el tiempo nos permitirá censurar con justicia lo que vemos, nos convertiremos en hombres libres.



            Es posible como algunos pretenden demostrar, que la tremenda equivocación de Saramago parta de que no ha sabido interpretar que los Centros Comerciales actuales son las ágoras de la antigüedad, las plazas en las que el pueblo se reunía a departir con sus vecinos. Es posible. Como también que Bonilla nunca tuviera la tentación de plagiar una idea o una frase de José María Conget. Es posible. Pero como todo en la vida, siempre se estaría sujeto a interpretaciones. Y sinceramente, yo prefiero nadar contra la corriente, equivocarme cien veces y sentirme un hombre libre, que no nadar con la corriente a favor y no equivocarme nunca. Porque con la corriente sólo nadan los mediocres.
 
L. Santillán

Rabos de Lagartija. Juan Marsé

Juan Marsé
Rabos de Lagartija
ARETE - 2000


                Cuando se anuncia a bombo y platillo la próxima aparición de una nueva novela del autor Juan Marsé, uno no puede por menos que desear que cuando menos sea capaz de alcanzar las cotas de calidad de aquellas que la han precedido. Y una vez más, como en su día se dijera de El Embrujo de Shanghai, hay que afirmar que Marsé lo ha conseguido, lo que no es poco habida cuenta el momento que disfruta la novela española como género.

                        Barcelona 1945. Como tantas otras veces, el mismo escenario con todos sus condicionantes (posguerra, hambre, miseria, represión...). Un "no-nacido" se empeña en "observar" la vida de los habitantes de un barrio sin futuro cercenado por la guerra y rodeado de escombreras. Tenemos pues, como tantas otras veces, el escenario. Pero, ¿qué tiene de novedoso Rabos de lagartija para que de alguna manera halla revolucionado el panorama literario español?

                        Se puede incidir, por una parte en lo original del narrador. Un feto, un ser vivo que conoce el exterior a partir de la peculiar relación que establece con su hermano y con su madre, y por otra, en el hecho de que sin citarlo en ningún momento, sepamos que nos encontramos en el año de 1945, en el año en que cayó aquella bomba atomicia. Alrededor, toda una historia de perdedores (es difícil encontrar en la narrativa de Juan Marsé una historia de vencedores y vencidos) entre los que destacan Rosita, la madre que espera al niño-narrador con la misma intensidad con la que espera a su marido, huido por temor a las represalias políticas, David, su otro hijo cuya infancia destruida por la reciente guerra no es sino un símbolo liberalizador (uno más) del autor, y que con el tiempo se convertirá en fotógrafo y se dedicará a captar la realidad de sus calles sin falsearla, y el siniestro comisario, empeñado no se sabe muy bien si en cortejar a la primera o en ejercer en pleno acto de contrición de buen samaritano. 361 páginas repletas del mejor Marsé de cuantos se hallan visto y leído, plagadas de arrepentimientos, claudicaciones y fracasos que no hacen sino reafirmar la incuestionable independencia literaria de un autor, totalmente alejado de los "saraos" literarios, y empeñados como pocos en dignificar un oficio a menudo mancillado.



José Luis García Fernández

Rabos de Lagartija. Juan Marsé

Juan Marsé
Rabos de Lagartija
ARETE - 2000


                Cuando se anuncia a bombo y platillo la próxima aparición de una nueva novela del autor Juan Marsé, uno no puede por menos que desear que cuando menos sea capaz de alcanzar las cotas de calidad de aquellas que la han precedido. Y una vez más, como en su día se dijera de El Embrujo de Shanghai, hay que afirmar que Marsé lo ha conseguido, lo que no es poco habida cuenta el momento que disfruta la novela española como género.

                        Barcelona 1945. Como tantas otras veces, el mismo escenario con todos sus condicionantes (posguerra, hambre, miseria, represión...). Un "no-nacido" se empeña en "observar" la vida de los habitantes de un barrio sin futuro cercenado por la guerra y rodeado de escombreras. Tenemos pues, como tantas otras veces, el escenario. Pero, ¿qué tiene de novedoso Rabos de lagartija para que de alguna manera halla revolucionado el panorama literario español?

                        Se puede incidir, por una parte en lo original del narrador. Un feto, un ser vivo que conoce el exterior a partir de la peculiar relación que establece con su hermano y con su madre, y por otra, en el hecho de que sin citarlo en ningún momento, sepamos que nos encontramos en el año de 1945, en el año en que cayó aquella bomba atomicia. Alrededor, toda una historia de perdedores (es difícil encontrar en la narrativa de Juan Marsé una historia de vencedores y vencidos) entre los que destacan Rosita, la madre que espera al niño-narrador con la misma intensidad con la que espera a su marido, huido por temor a las represalias políticas, David, su otro hijo cuya infancia destruida por la reciente guerra no es sino un símbolo liberalizador (uno más) del autor, y que con el tiempo se convertirá en fotógrafo y se dedicará a captar la realidad de sus calles sin falsearla, y el siniestro comisario, empeñado no se sabe muy bien si en cortejar a la primera o en ejercer en pleno acto de contrición de buen samaritano. 361 páginas repletas del mejor Marsé de cuantos se hallan visto y leído, plagadas de arrepentimientos, claudicaciones y fracasos que no hacen sino reafirmar la incuestionable independencia literaria de un autor, totalmente alejado de los "saraos" literarios, y empeñados como pocos en dignificar un oficio a menudo mancillado.



José Luis García Fernández

sábado, 8 de junio de 2013

Miseria Urbana. Luis García Fernández


Una vez
creí verla oculta entre los coches
abandonados en el cruce,
aparcada,
sola.
Quizás, limpiándoles los cristales
que otros previamente habían ensuciado.
Quizás intentando venderse a sí misma
los mismos pañuelos que más tarde
habríamos de usar cuando nos los
ofrecieran.
Sola.
Como esperando acaso unas monedas,
una mirada, una sonrisa,
una respuesta acertada.
Una vez,
creí verla sola,
sucia,
desaliñada
como un reptil que acaba de mudar su
piel.
Indefensa y
acaso un tanto desprotegida...,
...hubiera apostado
que no era ella, aunque,
como casi siempre en la vida,
la realidad acostumbra a ser
una diabólica mascarada
de su propio reflejo.
luis García Fernández. miseria urbana

Miseria Urbana. Luis García Fernández


Una vez
creí verla oculta entre los coches
abandonados en el cruce,
aparcada,
sola.
Quizás, limpiándoles los cristales
que otros previamente habían ensuciado.
Quizás intentando venderse a sí misma
los mismos pañuelos que más tarde
habríamos de usar cuando nos los
ofrecieran.
Sola.
Como esperando acaso unas monedas,
una mirada, una sonrisa,
una respuesta acertada.
Una vez,
creí verla sola,
sucia,
desaliñada
como un reptil que acaba de mudar su
piel.
Indefensa y
acaso un tanto desprotegida...,
...hubiera apostado
que no era ella, aunque,
como casi siempre en la vida,
la realidad acostumbra a ser
una diabólica mascarada
de su propio reflejo.
luis García Fernández. miseria urbana

lunes, 13 de mayo de 2013

Al final del túnel. Luís García Fernández


Al Final del Túnel


Tu,


que sorteaste tu propio rastro de sangre

de estertores podridos en el preciso instante

en el que esquivando sus vivas aristas,

y en el que atisbando

un instante de incertidumbre

intuiste,
con la impaciencia
de quien siente como se le acerca
su noche de bodas,
el oscuro y silencioso saludo
que, con toda seguridad,
habrían de dedicarte al final del viaje,
no pudiste por menos que,
observando como la inmediatez de tu destino,
tan maltrecho como los imprevisibles propósitos
de la mañana que te tocó vivir,
y perturbado por la resaca del escaso sueño
del que aún eras poseedor,
decidir,
desposeído del don del habla,
amén de otras traiciones,
el mantener hasta el final tan augusta expresión,
bastón de mando incluido,
y dedicar a los presentes
un ceremonioso saludo cargado de halitosis estival
y de muelas dañadas
y deseosas de pasar a mejor vida.
Y así,
ajeno a tu irreconciliable condición póstuma,
hubiste de escuchar al final del túnel
cual trompetas de Jerifó,
los bramidos de los cañones
envueltos en malsanos hedores de pólvora quemada,
con la desmesura de quien se siente desbaratado
por un lujurioso exabrupto
que nada tiene de amoroso.
Y cayéndote de bruces
mientras escuchabas el latido de la tierra
reclamando su dote
hubiste de comprobar que,
en este condenado país,
los indultos continúan llegando a destiempo,
como siempre. 

(1999)