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lunes, 6 de mayo de 2013

44.- Libertad. María López Visiedo (163)

El libre pensamiento quedó atrapado
en las rejas frágiles de la razón
el duro sistema impide el análisis
el ser se adapta,
cabalga... y no pone el corazón.

Los símbolos de todas aquellas cosas
que tienen explicación,
sobrepasan el alma,
recogen velas,
y no matan la ilusión.

El aire, el agua, la tierra y el sol,
son patrimonio de todos, consérvalos.
Romper cadenas humanas,
besar el aire de tu aliento,
para amar la sin razón.

Lejos quedó aquél sendero
donde tú y yo
pasábamos cada tarde,
ahogando el oscuro deseo,
que nunca se realizó.

44.- Libertad. María López Visiedo (163)

El libre pensamiento quedó atrapado
en las rejas frágiles de la razón
el duro sistema impide el análisis
el ser se adapta,
cabalga... y no pone el corazón.

Los símbolos de todas aquellas cosas
que tienen explicación,
sobrepasan el alma,
recogen velas,
y no matan la ilusión.

El aire, el agua, la tierra y el sol,
son patrimonio de todos, consérvalos.
Romper cadenas humanas,
besar el aire de tu aliento,
para amar la sin razón.

Lejos quedó aquél sendero
donde tú y yo
pasábamos cada tarde,
ahogando el oscuro deseo,
que nunca se realizó.

domingo, 5 de mayo de 2013

otoño del año 2000. María López Visiedo

Tras el cristal empañado por la niebla
de mi propio aliento,
miraba abstraída hacia la calle.
 
La lluvia y el viento mezclados,
enturbiaron los colores grises,
claros, de nubarrones casado
con ruidosos truenos.
 
El agua invadía la calzada
de tal manera,
que no dejaba cruzar a la
gente que vivía al otro lado.
 
Mi corazón se alegraba
viviendo momentos de felicidad.
¡Por fin tenemos agua!
me dije. Y seguí gozosa,
contemplando al infinito.
 
La paz y la alegría, no vienen
por grandes hazañas,
ni por espectaculares logros
si no por la sutil mirada
contemplativa, de las cosas
pequeñas de cada día.
07.11.2000

otoño del año 2000. María López Visiedo

Tras el cristal empañado por la niebla
de mi propio aliento,
miraba abstraída hacia la calle.
 
La lluvia y el viento mezclados,
enturbiaron los colores grises,
claros, de nubarrones casado
con ruidosos truenos.
 
El agua invadía la calzada
de tal manera,
que no dejaba cruzar a la
gente que vivía al otro lado.
 
Mi corazón se alegraba
viviendo momentos de felicidad.
¡Por fin tenemos agua!
me dije. Y seguí gozosa,
contemplando al infinito.
 
La paz y la alegría, no vienen
por grandes hazañas,
ni por espectaculares logros
si no por la sutil mirada
contemplativa, de las cosas
pequeñas de cada día.
07.11.2000