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jueves, 8 de marzo de 2018

UN PARTIDO DE TENIS EN HUELVA.

Un partido de tenis en Huelva



La luz refleja mi sombra alargada hasta el infinito, y con ella mi presagio de que no volverá. El juego de luces, al calor de estos farolillos me dan seguridad en esta noche fría. Intranquila mi alma, desespera con disimulo viendo como las manecillas del reloj van pasando sin que aparezcas. Rezaré, lo poco que recuerdo a San Pedro, imaginando estará gustoso en su altar velando por todos nosotros, los menos favorecidos en el comienzo de la odisea. 

Mi piedra, como la huella que deja la tierra en la mata,  empezó caminando por El Parque Alonso Sánchez. Como mujer, de paso en esta maravillosa ciudad,  aventurera y trabajadora, soñadora y austera,  me iba acercando por la Avenida de Andalucía hasta  ver  la primera escultura, en forma de cobijo- asiento rodeada de muchas ramas de hierro y metal  en forma de hojas de higuera o parra  que me sirvieron de  aposento durante un buen rato. Desde allí divisaba a todo el que pasaba, así como los montes se divisaban  llenos de árboles a lo lejos,  y unas  nubes sobre mi cabeza que parecían querer saludarme.. Un saludo para tí amiga y compañera.

En el club estuve viendo un buen partido de tenis donde disfrutaba de lo lindo toda la gente que allí estaba que no paraba de animar y animar a los participantes. Lo habría reconocido entre un millón con su gorra nike, pelo largo hasta los hombros, camiseta blanca, pantalón corto azul y tenis de bambino deportista. No dejaba de mirarme y yo me preguntaba si tendría alguna mancha en mi vestido largo hasta los pies o si sería la pamela azul con flores lo que le llamaba tanto la atención, porque otra cosa no podía ser...  para nada era su tipo. 

Sentí su presencia como este calor que ahora me acompaña. Mis pies temblaron, casi un grito salió de mi alma, cuando de forma inesperada ví como se me acercaba.. ¿Será posible que le guste precisamente yo, con tanta chica guapa que hay por aquí?... Cada vez más cerca y la misma angustia me asfixiaba. 

- Me llamo Santiago, para los amigos Santi. He visto que estás sola y me he dicho que podías sentarte con nosotros. Tenemos bocadillos y coca-colas.

- ¿Quiénes sois vosotros?.. Sólo te veo a tí.

- Ahora vendrán, somos una buena pandilla.. Vamos .... ¿cómo te llamas?

- Un buen partido. ¿Hasta cuando duran el torneo? No tengo folleto explicativo. Dije yo, mecanismo de defensa de alguien que quiere huir.. ¡tierra trágame!

- Hasta el domingo. ¿No eres de aquí verdad?  Tu acento .. 

- Me llamo Ana, encantada. Le tendí la mano como respuesta, que estrechó con tanta fuerza que casi me hizo daño, a la vez que tiraba de mí. ..- Hay más sombra donde te digo. ¡Vamos!

- Vimos el partido  comentando banalidades, rutas turísticas, los profesionales y sus ganancias... sin dejar de mirar los tres set que duró ... aplaudimos a rabiar. ¡Vaya partidazo! Se levantó y lo seguí hasta la salida. Me invitó a un paseo por el Parque. ¡Te gustará! me dijo. Durante todo el trayecto no dejamos de hablar de la escultura, la fotografía, la madre naturaleza.. Oírlo hablar te transportaba. Vivía en cada poro de su piel todo lo que me contaba. 

Anocheció deprisa y nos cobijamos debajo de un llorón sin causa sobre un asiento de hojas y escarcha. Me rodeó la cintura mientras me indicaba que viera cómo la luna nos cobijaba. Me dejé llevar.

_ Han pasado muchas horas ya. El frío se aloja en mi espalda. No me he traído abrigo. Recordando aquél paseo las horas pasan más deprisa. ¿Vendrá?

- Al despedirse en la puerta del hotel me recordó que su casa era mi casa. Me lo creí. Parecía sincero y me gustaba. Vaya que si me gustaba. Allí estaba yo, como muestra, esperándolo, bajo un cielo raso, algo de viento, fría noche, helada mi cara... viendo en cada sombra, mi sombra, su sombra que se aproximaba. Pero no llegaba.

Son las dos de la madrugada. Me han aconsejado que me vaya, no es buen lugar para una mujer mayor estar aquí tanto tiempo sentada.. Es peligroso, para la salud y el alma. Tomé mi bolsa de cuero, en el móvil ningún número, nada.

Paseando por entre aquellas esculturas mi alma lloraba con el llorón que las cobijaba. Una lágrima se despedía con añoranza de aquellos paisajes, de aquél entorno que me embriagaban. ¿Dónde estás mi moreno? 

Te conformaste con hablar de paisajes, de sueños, de mundos que nos llenaban. Me diste tu cobijo y un sólo abrazo que dejó tu huella en mi espalda... Gorra en mano, moreno, ¿dónde te fuiste? ¿A qué otra morada fuiste a dar tu amor, tu mano, dulce voz que llega al fondo del corazón y aguarda?

Mi autobús abre sus puertas. La gente parece tener prisa para tomar los asientos preferentes. El chofer me indica que o me subo o me quedo en la parada. Aún tengo esperanza. Subo descorazonada. El autobús cierra sus puertas. Se pone en marcha.

Unas manos pegan golpes en la puerta. Retumban con firmeza. Me llaman. Me levanté del asiento queriendo saber qué pasaba. Me encontré con unos ojos azules, pelo largo, mano firme que me abraza.... ¿Te ibas sin despedirte de mi?

Beso profundo, abrazos eternos, las palabras sobraban.. así fuimos hasta la próxima parada.

Mis ojos brillaron por  su ausencia. La música que dejaron sus palabras aún suena en mis oídos... "amor... cada día que pase esperaré en esta tu casa que es mi casa"... "amor, ... cada día.. esperaré en esta casa.... " " amor... tu casa.. es mi casa".

Maribel Cerezuela
un siete de enero de dos mil cuatro.

lunes, 5 de enero de 2009

La carta.

Acuarela


LA CARTA.
Recuerdos de un amor muy intenso.
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Esta será la última. Amor.
Cavilando bastante, ya recuperadas todas mis dudas, decidí que lo mejor sería enviarte una botella de cristal de bohemia. Prodigio del arte de los vidrieros, donde la transparencia daría paso a la imaginación aderezada con unas gotas de rocío. De madrugada, porque es más limpia y pura. La luz, materia prima, hará sus delicias jugando con el vidrio y el agua, en un abrazo afectuoso, recompensará a tus ojos con el arco iris más bonito que jamás hayas podido contemplar. Aún hoy, han pasado ya diez anos, me sigo preguntando qué pasó con aquél recuerdo que tanto insistía en aparecer una y otra vez.
Cerré el álbum de fotos, eterno nodo de una película en blanco y negro que nunca quiero perder y con mucho mimo, giré sobre mi espalda quedándome dormido, no recuerdo cuándo ni cómo. Pero ellos, mis amigos de toda la vida, me dieron en suenos lo que ya no tendría que volver a pedir más.. confianza. Eso es. No estaba sólo.
Cobarde. Oía una y otra vez aquella canción. Sin propósito alguno su melodía inundó la estancia llevándome a ti, a aquellos recuerdos que no quería, ni deseaba, volver a sentir. Era un dolor que siempre quise olvidar. Tú, ausente de todo, ausente de mí, no te diste por aludido; no te importó este sufrimiento mío que altera todo mi ser. La música transportó mi cuerpo a aquella agua clara, arroyo que un día nos vio desnudos. Cobarde.
"Mi querido y amado Alejandro, te escribo estas líneas, ahora, después de diez anos, porque deseo recordarte los momentos vividos con tanto amor, o ?debería decir obsesión?, que nuestros encuentros forzaron. Necesito decirte que, pasado todo este tiempo, aún me quema tu piel en mi piel. Te siento y desfallezco. Tu boca, tus brazos, tus manos envuelven mi pensamiento y no te vas".
"Si. Ya sé que te fuiste, decías que para siempre. Estabas casado, tenías dos hijas pequenas, y sobraban todas las explicaciones. Tu avión partió a las 7,00 horas hacia Barcelona; aunque lo alterado de mi ritmo cardiaco dice que eso es del todo imposible. No puedes dejar que pasen los días, los anos, sin que te vuelva a ver, sentir. Tengo metida en mi retina tu figura de hombre inglés con sombrero negro y traje de piel. !No puedo asumirlo!. Necesito pensarte aquí, a mi lado. ! Es tan fácil !. Una simple nota musical me ha traído todo tu recuerdo, me ha hecho tanto dano, que he comprendido que todo sigue igual, clavado en mi corazón, sin remedio".
"En la puerta del moderno y siempre lleno de todo tipo de gente, "Café a las siete", ?te acuerdas?, nos encontramos la segunda vez. Estaba lloviendo como hacía mucho tiempo en esta Valencia impetuosa de Otoño, y tú como siempre hacías cuando venías a verme, ibas a la exposición de la Galería de arte. Allí sabías que te encontraría. Esperabas un taxi sin atreverte a salir para no mojar tu recién estrenado, me explicarías después, sombrero negro. !Qué orgulloso te sentías con él puesto!. Me contaste que te lo había regalado una amante inglesa que tuviste hacía tan sólo unos meses. Ella, siempre enamorada de Crown , y de ti !cómo no!, buscó la sorpresa por todo Madrid. Me lo decías orgulloso de ti, de ella no tanto. Y es que, confidencia por confidencia, me dijiste que era "distinta", conscientes de vuestras diferencias insalvables. Pero yo me sentí tremendamente celoso de tus idas y venidas a la capital. Insistías que lo único atrayente para ella era tu físico tan parecido a McQueen, con ese porte tan elegante, le excitabas, y ella a ti, lo único que te producía era una cierta pelusilla por su formación física un tanto andrógina, con esos ojos tan verdes que parecían un mar bravo. Nada más. No sentías por ella nada especial. Tampoco te sentías con fuerzas para darle otra cosa". Qué bellos recuerdos. Esta carta que te escribo, que quiere ser la última, me ha recordado aquella otra que te escribí en el mismo hotel de nuestro primer encuentro... ?Te acuerdas?.. decía así: "Mi deseado Alejandro, te escribo esta nota, a toda prisa, ansioso por contarte lo que llevo dentro, quiero que me ayudes a liberar mi cuerpo y mi mente de tu eterna y constante imagen, sentimiento que no puedo dejar de sentir, y duele. Un día, lo recuerdo como si hubiese ocurrido ahora mismo, tuve la inmensa suerte de encontrarte, como un peliculón rosa, de esas que se prometen amor eterno, llegaste a mi, en la inauguración de una exposición de arte contemporáneo. Allí estabas, enfrente de un grandioso mural realizado con la técnica del óleo; representaba un muchacho, casi desnudo, que yacía sobre una cama de cabezal de hierro, rodeado de sábanas blancas y muchos cojines. Sobre sus blancas y bellas nalgas, apenas tapándole las caderas, una camiseta de seda color hueso, con muchos bolsillos, que le llegaba hasta las rodillas. Posición fetal de un bello durmiente.
Tú, mi amor, entusiasta y amante empedernido de la belleza del arte, no dejabas de mirarlo, absorto. Llevabas puesto un traje de piel color gris plata, corbata a juego, camisa blanca, sombrero negro y bastón con cabeza de tigre, al más puro estilo inglés. En la mano el catálogo de la exposición abierto por una página cualquiera. Mirabas el cuadro, luego la descripción del interior del catálogo. Me quedé mirándote largo rato. En aquella época trabajaba de reportero gráfico para un periódico nacional, por tanto aproveché para hacerte varias fotografías sin que te dieras ni cuenta.
Tomé primeros planos de tu perfil griego, labios carnosos, nariz aguilena, ojos profundos, pómulos salientes... clic, clic, clic.., mi máquina seguía disparando y tú, de tan ensimismado ni te enterabas. Magnífica obra, por cierto, que abarcaba casi 3x6 metros cuadrados de pared. Podías tocarle la piel, sentir la suave seda sobre su cuerpo, tocar su pelo y él, con los ojos cerrados, dormitaba en un profundo sueno. Me estaba enamorando de ti. Te deseaba. Veía reflejado en el visor de mi cámara lo que podría ser mi sueno hecho realidad de toda la vida. Me estaba excitando, sentía como abultaba más mi pantalón y un inmenso cosquilleo empezaba a molestar ahí, en el centro. La arena de tu playa, tostada por el sol, ha llegado hasta mi playa. La mar me trajo caricias, querencias anheladas, deseadas, mientras la luna ocupa su espacio reflejándose en el agua... Ya no aguanté más. Me acerqué despacio y, con la excusa de que estabas ocupando el primer plano del cuadro, te rogué que te hicieras a un lado. Te tomé del brazo y te arrastré hacia la pared. Sentí que allí mismo podía besarte la boca, esa boca que me estaba llamando a gritos. Mi boca se hacía agua, saliva, jugos gástricos herían lo más hondo de mis vísceras.

- Perdón. Le rogaría se alejase un momento del centro del cuadro.

- Claro que sí. No faltaría más.
Te disculpaste y alejaste hacia otro cuadro. Pisé el suelo con fuerza. No había dado resultado mi primer contacto.
- ?Cómo haré para llamar tu atención?. No dejabas de observar la exposición y no parecía existir nada más que te importara. Qué rabia, me dije. Resolví tomar algunas fotos más y llevar la tarjeta de memoria a la redacción, o encima me ganaría una buena bronca; me habían dejado media página para la inauguración de la exposición de este pintor madrileño, universalmente conocido, y no me quedaba mucho tiempo. Me despedí del gerente de la sala y salí a la calle, respirando hondo ante mi primer fracaso.

- Ismael, mira que eres terco, me dije. Te la estás jugando. Volví. No me preguntes por qué, pero entré de nuevo a la sala, te busqué y sin tapujos me acerqué pidiéndote una cita para cuando tú quisieras. Me miraste, larga mirada, era la primera vez que me veías, estaba seguro, y eso que momentos antes te había pedido que te retiraras del cuadro.. pero ni siquiera me habías mirado.. ahora lo hacías por primera vez.

- No soy de aquí, dijiste, de forma totalmente espontánea y sin cortedad alguna, dime dónde podemos quedar y allí intentaré estar.
Afirmación, a la vez duda .. de tu intento de ir.. pero sin darme seguridad, me lanzó a tomarte del brazo y llevarte hacia la calle.

- Esto..., te dije, Valencia es una ciudad muy grande, será mejor que te vengas conmigo, ahora.
No pusiste impedimentos, subimos a mi opel y nos alejamos lo más rápido que podía darle al acelerador. En Valencia, dicen que todos conducimos muy mal, sobre todo lo cuentan los visitantes que llegan con la idea de saborear nuestra luz, nuestra playa.. y será verdad, porque me salté dos semáforos y ni me pitaron, estaban acostumbrados.. todos hacemos igual.. claro.
Al llegar a la redacción, te pedí que me esperas un momento, que enseguida bajaba. Estaba loco. Sabía a ciencia cierta que el redactor jefe me pediría, como era mi obligación, terminar de insertar las fotos, porque los amigos, cuando se trata de trabajo huyen despavoridos y era viernes, así que nadie me lo haría en mi lugar. Más no hice ningún caso, ni a mis pensamientos ni a mi jefe. Subí, le di la memoria de la cámara al diseñador y cuando la volcó, cogí el camino para irme escaleras abajo. Mi jefe salió pegando un grito, muy particular por su parte, al que nos tenía ya demasiado acostumbrados y me ordenó frenar el paso.

- !Ah, pero no te lo ha dicho mi compañera?.

- ?Qué tenía que decirme?. ?Se puede saber?.

- Estoy bastante enfermo. He venido sólo con la condición de entregarle las fotos, pero no puedo quedarme a maquetar, ella le explicará.. Consúltele y verá como lo hace.

- Seguí bajando las escaleras.
Oí gritos, llegaban a todos los pisos. Estaba claro que Elena no me haría el favor, ni el trabajo, pero me daba totalmente igual. Me esperaban... Al día siguiente me amonestaron, claro, pero esa es otra historia. Ahora, como te iba diciendo, bajé a toda prisa y me encontré con tus ojos. No estabas dispuesto a sentir lo mismo que yo, pero una vez en la calle, camino de uno de mis lugares preferidos, la concha del Jamaica Club, ya me encargaría yo del resto.
Llegamos al primer hotel de la asidua playa, el San Jacobo, uno bastante caro, cinco estrellas de buen gusto para un encuentro que se iba gestando sobre la marcha.

-Subamos, dije. Me acerqué al gerente del hotel y le pedí discreción y la mejor habitación que tuviera a bien ofrecerme, con la mayor prontitud y hasta el día siguiente.. en principio...
Me miraste con esa mirada fría, de hombre de mundo, que cree saber de amores, púdicos e impúdicos de la vida, y nos envió a la planta quinta, habitación 519. Subimos sin más preámbulos. En el ascensor te pregunté cómo te llamabas, a lo que contestaste que Alejandro. Hasta tu nombre producía quemazón, gusto.. Todo parecía ser perfecto. Entramos a la habitación y sin darle mayor importancia te pedí que me follaras. Necesito que me hagas el amor. Lo necesito.
Nos acercamos a la cama. Mi deseo era ciego, mi amor infinito. Te tomé por los pies y empecé a besártelos uno a uno, después por los tobillos, las piernas, una y otra vez hasta llegar a las ingles. Allí me recreé sin brusquedad, te besé literalmente los huevos, tomé entre mis manos tu polla, a la que acaricié una y otra vez. Al principio, estaba pendiente de lo que hacía, me dejaste hacer, hasta que poco a poco fuiste dándome todo tu ser. Tu miembro poderoso, hermoso, todo preparado para mí. Lo tomé con mi boca, comí y bebí todo el jugo hasta hacerte gritar de tanto placer. Con tus manos sobre mi sexo, hacías de mi lo que yo te pedía. Hablábamos, decías palabras obscenas, escandalosas...

- ?Quieres que te folle?. -Pídemelo. - Dime. - ?Quieres?.

- Me tomaste la boca, cerraste mis labios con un beso que me quemó. Abrazado a mí con fuerza me dijiste al oído que te amara. !Ámame!. !Fóllame!. Rodamos por la cama, el suelo, besos fundidos en más besos. Saliva de mi boca en tu boca. Me tomaste por la cintura y me subiste encima de ese miembro, duro, fuerte. La penetración al principio fue muy dolorosa, llevaba muchísimo tiempo sin hacer el amor y estaba tan nervioso que no podía relajarme. Supiste sin demora desplazar mis miedos, mi incertidumbre para dejar paso al placer. Jadeábamos los dos. Gritos de amor que se llevó el viento del sur. Me estuviste montando con tanta fuerza que todo me dolía... hasta las caderas.. Mis manos temblaban. Te besé la boca, y en el oído dije muy flojito: -!Te deseo!.

- Ahora tú, me dijiste, penétrame, lo estoy deseando. Jugué primero un poco con tu polla, te la mordí con gusto, luego metí mi lengua varias veces por el agujero de tu culo, para darle cabida a mis dedos, uno, dos, quería que sintieras el máximo de placer, y pareció dar resultado porque tu polla aumentó de tamaño. Así seguí un buen rato hasta que me pediste que te la metiera entera, hasta los cojones, y así lo hice sintiendo como te atravesaba todo. Los reflejos del atardecer jugaban con las elegantes cortinas del fondo, en la pared de aquella habitación.

- ?Quieres más?. -!Pídemelo!. Así estuvimos hasta el amanecer, follando sin descanso. No recuerdo cuando, pero exhaustos, nos quedamos dormidos. Al despertar leí una nota que me decía que partías para no volver, que sólo estabas invitado para la inauguración. Quedaban apenas unas horas. Me ponías la dirección del hotel donde te hospedabas. Urgentemente escribí una nota y te la envié con un mensajero.. Quería, anhelaba, que llegara a tiempo y me respondieras. Aún no habían pasado ni tres horas y ya te echaba tanto de menos, que dolía, mucho, te deseaba tanto..
Tocaron a la puerta, eras tú. No hablamos. No hacía falta. Partías aquella misma tarde, pero quedamos en vernos en Barcelona el próximo verano, antes ninguno de los dos podíamos. Nos prometimos amor fiero para siempre... porque a los dos nos invadía un deseo incontrolado".
Ahora, humillado por volverte a insistir, sabiendo que te prometí paciencia y respeto por tu situación y olvido de nuestros encuentros en el pasado. Ya se. Tu no podías. Me siento hundido, sin fuerzas, aunque deseo, que con esta misiva y última, todo vuelva a la normalidad en mi vida y pueda buscar otro amor que llene tu vacío inmenso. Como te decía, es imposible seguir más tiempo con esta situación. Necesito verte por última vez. Te lo prometo. El viernes próximo inauguran la sala Capitol. Tienes la excusa perfecta para tu mujer, ya que estamos invitados todos los medios. Deseo que vengas. Necesito sentir otra vez tu piel sobre mi piel, tu boca en mi boca... te espero. Tuyo siempre. Ismael.
Pd.- La botella de cristal de Bohemia va envuelta con muchos recortes de periódicos y corcho. Espero que te guste. Más besos".

 

autor: Nicolás Ximénez 06/01/2009

lunes, 20 de diciembre de 2004

LA CALLE DE LA ALCAZABA

   NICOLÁS XIMÉNEZ


    Como cada día, María se preparó para ir al trabajo. Aquella tarde hacía demasiado calor. De entre su amplio vestuario decidió que lo mejor era ponerse ese vestido blanco que se compró en las segundas rebajas del Corte Inglés. Por otro lado, sentía un inmenso remordimiento, especialmente en aquél momento, porque sabía que, de camino al trabajo, como siempre, tendría que pasar por la zona más "peligrosa" de la ciudad llamada la zona de "las perchas", y no precisamente de buena fama.... se encontraría, con toda seguridad, con situaciones difíciles de solucionar o la menos,  la podían poner en un gran aprieto, .. Pero,  no iba a dejar de ser ella misma por cuestiones de tipo, llamémosle.. "inevitables".

    Era todo un reto. Vestida, al fin, con un gran escote en forma de corazón que sobre su pecho latía como nube de algodón, le favorecía de tal forma que parecía había sido diseñado para cubrir aquellos preciosos pechos, duros, bien formados, y muy jóvenes, que ella, con apenas 23 años recién cumplidos, lucía con todo descaro y desconsideración para con sus compañeras de trabajo, mucho más gruesas que ella y con menos estilo en el vestir. Cerró la puerta con sumo cuidado. Sus padres estaban echándose una siesta placentera, y a ella no le gustaba que la oyeran marcharse con aquellos tacones de aguja, de color blanco con tira azul y bolso a juego, que tan especialmente esbelta le hacían. Suponía que su madre, y con toda la razón, le llamaría la atención recordándole que tendría que pasar por la gran avenida que conduce a lo alto de la calle La Reina,  o lo que es lo mismo, la oficina de información y turismo de La Alcazaba.

    Al pasar por enfrente de la puerta de los cines Monumental, se dio cuenta que pequeñas gotas de sudor brotaban de su frente, por entre su flequillo despeinado con gran estilo y al gusto de su estilista, que suponía que era lo mejor para aquél espíritu siempre inquieto y rebelde.

    Tomó un pañuelo de su bolso y se paró a asearse aquél estado de su cara que, por mucho que se empeñara su estilista, ella consideraba que no era el apropiado para ir a una mediocre oficina a trabajar todo el tiempo con la cabeza gacha y resoplando para poder ver los manuscritos que tenía que copiar y leer.

    De espaldas, se dejaba ver la perfecta línea que marcaba su espalda, sólo alterada por la forma del sujetador y unas braguitas que marcaban su perfecta silueta. A través del espejo de la puerta, vió como, no creyéndose vistos por nadie a esas horas,  un chico se para y de forma impetuosa sienta en el capó de un coche azul a una chica y la besa una y otra vez, sin dejar de levantarle la falda y acariciarle las nalgas y la espalda.

    Lo que vió le hizo enrojecer. Se dijo que hacía mucho calor y siguió su camino,  sintiendo como cierto pudor le corría sus mejillas y un cierto calor en su vientre le producía una sensación de celo que la desorientó.

    Tocó al timbre, y al abrirle la puerta Sebastián, sintió como si toda la imagen que tenía en su mente se reflejara en su rostro como si de una película se tratara. Le preguntó que si le pasaba algo y la acompañó a la entrada principal hacia las escaleras de piedra que conducen a la oficina de Información al cliente.

    Suba usted, señorita. Sintió la mano de Sebastián en su espalda y un escalofrío, mezclado con la sensación de calor que todo el camino la había acompañado.

    Deseó estar sentada en su acogedor asiento y poner el aire acondicionado, secuencia que repetía cada tarde nada más llegar. Cuando ya estaba a punto de entrar en el pequeño saloncito, acogedor y bien decorado de su estancia, miró el reloj y se dio cuenta de que aún faltaban más de 15 minutos antes de que sus compañeros vinieran, entre otras cosas porque no era precisamente la puntualidad su cualidad más destacada.

    Dejó el bolso sobre la estantería y salió. No había hecho más que volver hacia la esquina de la oficina en dirección a los baños termales cuando sintió la mirada fija de Sebastián en su espalda. Prefirió no mirar hacía atrás y hacerse la desentendida. A esa hora era totalmente imposible que nadie la observara ya que Sebastián era el portero de la Alcazaba y la hora de apertura al público con explicaciones históricas de cada aposento y demás no la empezada su compañera Rosario hasta las 18 y 15h., por lo menos, por aquello de la puntualidad que habíamos dicho antes.

    Aceleró el paso y entró en la estancia que la madre naturaleza se había encargado de hacer y que los jardineros se preocupaban de mantener con todo esmero. Por algo se había, con el paso del tiempo, producido un entramado de ramas y flores que mantenían como oculta la entrada a los baños y daban esa sensación de seguridad que da cualquier pared de ladrillo de una  casa normal.

    Nada más entrar le embriagó el olor intenso a alhelíes y narcisos que tanto le gustaban. Con calma se desabrochó la gran cremallera que corría su espalda desde el cuello hasta la altura de la cintura y dejándolo caer sobre la piedra ocre y limpia se sujetó el pelo con unas horquillas y dejó los zapatos en un lado para que no se mojaran con el chapoteo del agua.

    Unos rayos de sol cubrían su cuerpo cobijándola del mismísimo sol y del aire caliente que atontaba.  Avanzó despacio, bajó un escalón, luego otro, y cuando el agua ya estaba por su cintura se dejó caer del todo sintiendo que todo su cuerpo se abría y se dejaba mecer por aquella agua cristalina y templada producto del sol y de las propiedades termales que la caracterizaban.

    Jugó un rato con el agua. Sintió que estaba aún bastante acalorada, excitada por las imágenes que más que haber visto, había imaginado y sentido dentro de sí como fuego que abrasa. Pasó sus manos por sus pechos, su vientre, con suavidad, y tembló de deseo y placer. Estaba en esa pose, como quién hace el muerto en el agua, cuando sintió que otra mano la cogía de la espalda y una sombra tapaba los rayos de sol que cubrían su cara. Miró, dio un respingo y fue a levantarse cuando Sebastián le dijo que se dejara llevar, que no pasaba nada, con esa voz profunda y tan personal que le caracterizaba, así como con una mirada fija y segura en sus ojos. Nunca supo porqué ni se lo preguntó porque no encontró respuesta que le satisficiera, pero se dejó llevar.... Sebastián la empujó suavemente por entre el agua y los nenúfares del estanque jugando con su cuerpo, que ahora se dejaba deslizar hacia abajo y luego hacía arriba formando un remolino que a la vez que le producía cosquilleo le daba, entre las piernas, una sensación de quemazón que cada vez le estaba gustando más y más. Las manos de Sebastián, firmes, seguras, cogían ahora su espalda, luego bajaban por sus nalgas, sus piernas, con ritmo y suaves a la vez.. que la embriagaban.

    No abría los ojos. Se dejaba llevar. Cuando de pronto, sintió que en una de esas veces que él la deslizaba hacia abajo, le abrió las piernas con suavidad y la atrajo hacía si, sintiendo que con dureza y fuerza como la paraba con su sexo  y la rozaba con pequeños golpes en los labios una y otra vez,  sin ningún esfuerzo, como si flotara sobre una nube de algodón, más que nadar en aquellas aguas tan cristalinas. Parecía una pluma en sus manos. Una sensación liviana, sutil, etérea,... así se  sentía y así lo parecía. Se dejaba llevar y traer.

    Contrajo las piernas, la pelvis, sentía como si en cada vaivén se tragara el agua del estanque y sentía cierto pudor.. Sebastián la cogió por la cintura con una mano y con la otra le rozó los labios de su coño así como le introducía los dedos sin esfuerzo para ir excitándola cada vez más.. Le pasó la mano por entre su pelo rizado y rubio, sus labios cada vez más rojos y excitados, su clítoris duro y prominente.. que la estaban haciendo gritar de placer. Gemía con fuerza. Y no podía parar. En ese juego pausado, suave, y sin parar estaban cuando oyeron el timbrar ensordecedor de aviso a los clientes de que empezaba el recorrido hacia el interior de la Alcazaba. Con esfuerzo y rabia salieron a toda prisa, se secaron y se vistieron, tirando cada uno por un camino distinto de vuelta a la oficina. Sintió un dolor agudo en el bajo vientre y en la pelvis una gran quemazón.. fue una jornada sin acabar y estaba deseando hacer algo.. no podía más. Saludó con cierta aparente frialdad a sus compañeras, más por estar ajena a ellas que por dejadez y se metió a toda prisa en la habitación que conduce a los aseos de señoras a la derecha y caballeros a la izquierda.

    Una ligera brisa de aire movió su pelo con cierta soltura. Miró la ventana y se dedujo que la habían abierto sus compañeras al entrar. Iba a coger el pomo de la puerta de entrada a uno de los aseos cuando la levantaron por detrás. Y la pasaron hacía dentro. Una mano en la boca le impidió gritar.. era Sebastián. Si ella estaba excitada, él, fuerte, varonil y fogoso estaba ansioso y angustiado por el placer que sentía.. Sin mediar más palabras la subió sobre sus rodillas y la penetró con fuerza una y otra vez. La besaba para que no se oyeran sus gemidos y la hablaba al oído con palabras cada vez más obscenas y excitantes..

miércoles, 3 de noviembre de 2004

Mi jefe no paraba de incitarme.


autor: Nicolás Ximénez  04/11/2004


Ahora que tengo el título, supongo que no me libra nadie de seguir con un argumento medianamente perfecto. Lo difícil será contar la historia para que parezca creíble. ¡Creíble!. La última semana no han dejado de pasarme cosas "sobrenaturales", por aquello de estar más cercanas a la irrealidad que a lo real.

Todo comenzó el día que empecé a trabajar en Correos. Como lo oyes, carrito amarillo de ruedas negras, hasta los topes de cartas, revistas, cajitas, y todo aquello que no pese más de 500 gramos ni sea urgente, que para ese menester está mi compañero Ariel, con su vespa, también amarilla, cargando a una velocidad nada permitida en una ciudad como ésta.

El segundo día, mi compañero Ariel, ¿te dije ya que se llamaba así?. Y eso que es de Pechina, imagínate si llega a nacer en Nueva York; su madre, que al parecer es muy moderna e internacional, estuvo enamorada antes de casarse, a todo prisa, con el padre de Ariel, y en recuerdo de su enamoramiento lo llamó así de por vida. A veces las madres y los padres tenían que pensar lo que hacen con los nombres porque a su hijo le han venido gastando toda sarta de bromas pesadas, marcándole totalmente una infancia difícil de niño bastante consentido.

Como no deseaba destacar entre las demás chicas, por algo odiaba las discusiones, y menos cuando hay muchas mujeres de por medio.. dicen que somos muy envidiosas entre nosotras, no se si hay mucho rigor científico en esto, pero, como no quería entrar en discusiones nada más empezar con mi nuevo trabajo, cuando me llamó por el interfono interior mi jefe de sección, para que bajara al sótano, discutí lo suficiente, pero no insistí en el tema. Bajé sin más a ver qué quería.

Al llegar me dijo, señalando toda una montaña de cartas que llegaban al techo: "clasifícalas por localidades, luego por zonas y más tarde por códigos postales". Observé atónita la pila, lo miré a él después y comenté, tímidamente, que para ese menester estaban los clasificadores de reparto; mi función era la de repartidora por la ciudad. Además, insistí, soy alérgica al polvo (alargué las letras para que se diera por enterado de mi problema de salud, no deseaba darme de baja, ya saben, el trabajo, las obligaciones... ); estos sobres tienen cantidad de él encima. Mire, le señalé el primero que apareció de cualquier modo y pisoteado.

Se acercó a mí, demasiado, mirándome a los ojos me dijo que o hacía lo que me había encomendado o hablaría con el jefe de personal y me pondrían de patitas en la calle esa misma mañana. No se porqué pero no tenía ganas de discutir y allí estaba yo, agachándome para ir haciendo grupos para agilizar el trabajo. Cada vez que me agachaba se me veían hasta las bragas. Para colmo ese día me había dado por presumir de medias con pececitos de colores que se dirigían al mar, que en este caso era mi culo. ¿No te vas?. Pregunté.

- Me quedo a ver el espectáculo, un poco más, sino te importa.

- Pues me importa, protesté yo.

- Vamos, no te hagas la remilgos ahora y sigue trabajando, sentenció.

A mala uva, para provocarle y ya que no se iba, me agachaba con más saña, enseñando ese comienzo que lleva a la cima de mi trasero. Si se ponía nervioso era su problema. Yo a lo mío.

De tanto agacharme y levantarme me estaba entrando un calor sofocante. Además, allí la ventilación era bastante cutre porque partía de un aspa que colgaba del techo y la humedad propia de los sótanos del edificio, sin más ventilación que la puerta de acceso de los carros por el montacargas, que ahora, al no haber ninguno, se encontraban cerrados.

Desabroché mi camisa con parsimonia y la coloqué encima de un taquillón. Debajo llevaba una camiseta color ocre, a modo de top, pequeñísima, apenas me tapaba el sujetador dejando al aire todo mi ombligo. Seguí con mi tarea, no sin antes comprobar que su respiración había aumentado de volumen y no paraba de fumar un cigarrillo tras otro.

Estaba de cuclillas agachada, cuando se me acercó con la excusa de darme unas cuantas esparramadas por los lados, condescendiente, como si quisiera ayudar, cuando me estaba dando cuenta de cómo miraba desde arriba mi escote, mis pechos, con tanto deseo provocador e insinuante que me ponía a mil... a pesar de sentir mi cuerpo cansado de tanto trajín.

Mi piel, de tanto ir de calle en calle, tirando del carro de correos, está muy morena, apenas se me distingue el blanco de los ojos, dicen mis amigos más íntimos, los que quieren bien. A la playa me gustaba ir a bañarme y nadar hasta quedar agotada y poco más.

Endurecer los músculos, disciplina, disciplina, decía mi profesor mientras me sujetaba de la cintura enseñándome a dar los primeros pasos en este mundo de la natación, aunque ahora que recuerdo, sus manos estaban más sobre mi culo respingón y su aliento sobre mi espalda mientras decía: ¡Así!. ¡Así!. ¡Sigue así, que vas muy bien!. Menudo elemento este profesor. Jajaja.

El caso es, como te decía, que estaba morena por todo el cuerpo y para compensar el moreno albañil de la calle, cuando iba a la piscina o la playa, me quedaba totalmente desnuda, así que tenía un moreno parejo, elegante, color miel de mil flores (porque es más oscura). Tengo que reconocer la belleza cuando la veo y yo estaba guapa.ufff. ¡Qué calor¡. Comenté. ¿No podían invertir en aire acondicionado?. Vamos, es una sugerencia. Me miró de arriba abajo. Sentí su mirada profunda. Me estaba desnudando sin más. Seguro que veía hasta mis huesos.. Vaya como me miraba.
Me tomó de la cintura apretándome con fuerza hacia su pecho y comentó.. "Yo te voy a dar a tí calor.. mucho calor.. vas a ver". Tenía razón. La temperatura de la habitación subió a mil grados, o eso me pareció porque lo que siguió después fue abrasador. Mi jefe tenía una figura obesa, pesada, apenas podía conmigo, sin retumbar sus gemidos de placer por toda la habitación, pero qué duda cabe que sabía dónde había que tocar, cómo moverse, besarme toda, llevar sus manos donde más falta hacía para lograr el placer que no sólo quería para él. Sino que, como me comentaría después, necesitaba que yo participara activamente. Era muy inseguro y sabía que podía poseerme, destrozarme, pero interiormente necesitaba que yo chillara de placer compartido, que no me quedara pasiva.. Eso le sonaba a desamores de juventud y no lo soportaba.
No tenía que insistir mucho. Tanto jueguecito de miradas, de agachar y subir, me habían puesto lo suficientemente caprichosa, deseosa, que me excitaba. Me gustaba enormemente que aquél hombretón sufriera tanto por mis huesos.
Las cartas sirvieron para un amor sin prisas. Me rogó que me subiera encima de su pecho para lamerme de cerca toda, abriéndome para él.. Pequeños, extensos, iba provocando espasmos que decían que estaba disfrutando como hacía mucho tiempo.
En agradecimiento a tanto placer colaboré en aumentar el suyo comiéndole su miembro, duro, glotona de virtudes como aquella que quería ahora para mí. Cuando ya estaba que no podía más me pidió que me la metiera toda hasta dentro y me moviera deprisa, sin pausa, quería llegar a un final magnífico. A lo lejos, creí oír el "Aleluya". ¿Sería verdad?. Al terminar me preguntó con la mirada cómo me había ido. Me desarmó ese interés. Lo besé en la boca. Perfecto jefe.. Perfecto.

Mi jefe no paraba de incitarme. Nicolás Ximénez


autor: Nicolás Ximénez  04/11/2004


Ahora que tengo el título, supongo que no me libra nadie de seguir con un argumento medianamente perfecto. Lo difícil será contar la historia para que parezca creíble. ¡Creíble!. La última semana no han dejado de pasarme cosas "sobrenaturales", por aquello de estar más cercanas a la irrealidad que a lo real.

Todo comenzó el día que empecé a trabajar en Correos. Como lo oyes, carrito amarillo de ruedas negras, hasta los topes de cartas, revistas, cajitas, y todo aquello que no pese más de 500 gramos ni sea urgente, que para ese menester está mi compañero Ariel, con su vespa, también amarilla, cargando a una velocidad nada permitida en una ciudad como ésta.

El segundo día, mi compañero Ariel, ¿te dije ya que se llamaba así?. Y eso que es de Pechina, imagínate si llega a nacer en Nueva York; su madre, que al parecer es muy moderna e internacional, estuvo enamorada antes de casarse, a todo prisa, con el padre de Ariel, y en recuerdo de su enamoramiento lo llamó así de por vida. A veces las madres y los padres tenían que pensar lo que hacen con los nombres porque a su hijo le han venido gastando toda sarta de bromas pesadas, marcándole totalmente una infancia difícil de niño bastante consentido.

Como no deseaba destacar entre las demás chicas, por algo odiaba las discusiones, y menos cuando hay muchas mujeres de por medio.. dicen que somos muy envidiosas entre nosotras, no se si hay mucho rigor científico en esto, pero, como no quería entrar en discusiones nada más empezar con mi nuevo trabajo, cuando me llamó por el interfono interior mi jefe de sección, para que bajara al sótano, discutí lo suficiente, pero no insistí en el tema. Bajé sin más a ver qué quería.

Al llegar me dijo, señalando toda una montaña de cartas que llegaban al techo: "clasifícalas por localidades, luego por zonas y más tarde por códigos postales". Observé atónita la pila, lo miré a él después y comenté, tímidamente, que para ese menester estaban los clasificadores de reparto; mi función era la de repartidora por la ciudad. Además, insistí, soy alérgica al polvo (alargué las letras para que se diera por enterado de mi problema de salud, no deseaba darme de baja, ya saben, el trabajo, las obligaciones... ); estos sobres tienen cantidad de él encima. Mire, le señalé el primero que apareció de cualquier modo y pisoteado.

Se acercó a mí, demasiado, mirándome a los ojos me dijo que o hacía lo que me había encomendado o hablaría con el jefe de personal y me pondrían de patitas en la calle esa misma mañana. No se porqué pero no tenía ganas de discutir y allí estaba yo, agachándome para ir haciendo grupos para agilizar el trabajo. Cada vez que me agachaba se me veían hasta las bragas. Para colmo ese día me había dado por presumir de medias con pececitos de colores que se dirigían al mar, que en este caso era mi culo. ¿No te vas?. Pregunté.

- Me quedo a ver el espectáculo, un poco más, sino te importa.

- Pues me importa, protesté yo.

- Vamos, no te hagas la remilgos ahora y sigue trabajando, sentenció.

A mala uva, para provocarle y ya que no se iba, me agachaba con más saña, enseñando ese comienzo que lleva a la cima de mi trasero. Si se ponía nervioso era su problema. Yo a lo mío.

De tanto agacharme y levantarme me estaba entrando un calor sofocante. Además, allí la ventilación era bastante cutre porque partía de un aspa que colgaba del techo y la humedad propia de los sótanos del edificio, sin más ventilación que la puerta de acceso de los carros por el montacargas, que ahora, al no haber ninguno, se encontraban cerrados.

Desabroché mi camisa con parsimonia y la coloqué encima de un taquillón. Debajo llevaba una camiseta color ocre, a modo de top, pequeñísima, apenas me tapaba el sujetador dejando al aire todo mi ombligo. Seguí con mi tarea, no sin antes comprobar que su respiración había aumentado de volumen y no paraba de fumar un cigarrillo tras otro.

Estaba de cuclillas agachada, cuando se me acercó con la excusa de darme unas cuantas esparramadas por los lados, condescendiente, como si quisiera ayudar, cuando me estaba dando cuenta de cómo miraba desde arriba mi escote, mis pechos, con tanto deseo provocador e insinuante que me ponía a mil... a pesar de sentir mi cuerpo cansado de tanto trajín.

Mi piel, de tanto ir de calle en calle, tirando del carro de correos, está muy morena, apenas se me distingue el blanco de los ojos, dicen mis amigos más íntimos, los que quieren bien. A la playa me gustaba ir a bañarme y nadar hasta quedar agotada y poco más.

Endurecer los músculos, disciplina, disciplina, decía mi profesor mientras me sujetaba de la cintura enseñándome a dar los primeros pasos en este mundo de la natación, aunque ahora que recuerdo, sus manos estaban más sobre mi culo respingón y su aliento sobre mi espalda mientras decía: ¡Así!. ¡Así!. ¡Sigue así, que vas muy bien!. Menudo elemento este profesor. Jajaja.

El caso es, como te decía, que estaba morena por todo el cuerpo y para compensar el moreno albañil de la calle, cuando iba a la piscina o la playa, me quedaba totalmente desnuda, así que tenía un moreno parejo, elegante, color miel de mil flores (porque es más oscura). Tengo que reconocer la belleza cuando la veo y yo estaba guapa.ufff. ¡Qué calor¡. Comenté. ¿No podían invertir en aire acondicionado?. Vamos, es una sugerencia. Me miró de arriba abajo. Sentí su mirada profunda. Me estaba desnudando sin más. Seguro que veía hasta mis huesos.. Vaya como me miraba.
Me tomó de la cintura apretándome con fuerza hacia su pecho y comentó.. "Yo te voy a dar a tí calor.. mucho calor.. vas a ver". Tenía razón. La temperatura de la habitación subió a mil grados, o eso me pareció porque lo que siguió después fue abrasador. Mi jefe tenía una figura obesa, pesada, apenas podía conmigo, sin retumbar sus gemidos de placer por toda la habitación, pero qué duda cabe que sabía dónde había que tocar, cómo moverse, besarme toda, llevar sus manos donde más falta hacía para lograr el placer que no sólo quería para él. Sino que, como me comentaría después, necesitaba que yo participara activamente. Era muy inseguro y sabía que podía poseerme, destrozarme, pero interiormente necesitaba que yo chillara de placer compartido, que no me quedara pasiva.. Eso le sonaba a desamores de juventud y no lo soportaba.
No tenía que insistir mucho. Tanto jueguecito de miradas, de agachar y subir, me habían puesto lo suficientemente caprichosa, deseosa, que me excitaba. Me gustaba enormemente que aquél hombretón sufriera tanto por mis huesos.
Las cartas sirvieron para un amor sin prisas. Me rogó que me subiera encima de su pecho para lamerme de cerca toda, abriéndome para él.. Pequeños, extensos, iba provocando espasmos que decían que estaba disfrutando como hacía mucho tiempo.
En agradecimiento a tanto placer colaboré en aumentar el suyo comiéndole su miembro, duro, glotona de virtudes como aquella que quería ahora para mí. Cuando ya estaba que no podía más me pidió que me la metiera toda hasta dentro y me moviera deprisa, sin pausa, quería llegar a un final magnífico. A lo lejos, creí oír el "Aleluya". ¿Sería verdad?. Al terminar me preguntó con la mirada cómo me había ido. Me desarmó ese interés. Lo besé en la boca. Perfecto jefe.. Perfecto.

miércoles, 6 de octubre de 2004

En el gimnasio.

EN EL GIMNASIO.- autor: Nicolás Ximénez


¡Brgggrrrrrr!. ¡Que frío!. Subiré al gimnasio. Las escaleras que llevaban a la planta alta estaban un poco resbaladizas por la lluvia caída un poco antes. La gente se amontonaba en los rincones cubiertos por la bóveda de mármol de las escaleras, fumándose un cigarrillo, sintiendo pasar las horas, y el claxon de  los coches que circulaban por la gran avenida de Pablo Picasso. Al entrar me saludan con amabilidad y sin decir nada ya me están ofreciendo una silla al lado del gerente. Me conocen de otras veces y saben que lo estoy esperando. En esta ciudad es difícil que llueva. Los más antiguos del lugar dicen que no recuerdan un día como el de hoy, demasiada lluvia, demasiado viento. Ese viento que un día viene dirección levante y otras poniente. Viento.

No han pasado diez minutos de charla cuando me gritan que pase hacia el fondo, a las duchas. Paco está terminando y quiere que vea un nuevo Cd-Rom que se ha comprado llamado el Messiah. Es un impaciente, pienso, qué más dará esperar un poco más, aquí fuera no se está tan mal y nos estamos riendo mucho con los nuevos chistes de niños pijos que van al club o cómo no, los machistas de siempre... son inevitables.

Porqué el miedo a la realidad que me ahoga,
dolor que no me deja respirar,
dolor que me aprieta...
la sensación de recorrer siempre el mismo camino y nunca llegar,
sentir el vértigo a lo desconocido,
no creer en nada, y nada puede ser un todo
que me sigue haciendo gritar....
dudas...


Me decido por fin. Las duchas se encuentra al fondo de este cruce de luces y sombras, olores diversos y cuerpos sudorosos. Son los espejos que sirven de cobijo al ritmo desenfrenado de la lucha diaria. Dicen que están pensados para vencer la vergüenza de los gimnastas que se tendrán que presentar a los concursos de "mister" y "miss musculitos"... no acabo de verlo claro, la verdad. Los chavales, desde muy jóvenes empiezan a tomar, con el fin de aumentar su agresividad, productos derivados de la hormona masculina testosterona: los esteroides anabolizantes. Vivimos en un mundo en el que se cultiva lo superficial, es decir, la imagen. Así, una hora de rayos UVA, aún sabiendo que produce tipos agudos de cáncer de piel, o una musculatura que hace estallar las costuras de la camisa, son indicios bajo los que se juzga, tan precipitada como superficialmente, que quien los ostenta es un individuo rebosante de fuerza y salud. Nada tan cuestionable: los anabolizantes esteroides androgénicos tienen efectos tan perniciosos que han provocado en el culturismo un alto número de muertes súbitas. ¿Es tan importante que los músculos estén inmensamente desarrollados? Si el dictamen de la moda lo ordena así, debido a la ansia de acumular y ser el que más, las secuelas podrían no justificar estos terribles motivos de orgullo. Quizá el inconveniente más inmediato sea que, al reducir la intensidad del entrenamiento, o al interrumpirlo por completo, el alto porcentaje de fibras musculares de acción rápida aumenta la capacidad de almacenar la grasa. En un artículo periodístico, Sport, 30-09-93, podía leerse: "Practicantes de culturismo declararon ayer ante el juez que la comercialización ilegal de anabolizantes para deportistas por parte de una red organizada es una práctica habitual en gimnasios de Barcelona, según informaron fuentes judiciales".

"¿Por qué un rey conversa con un pastor?  - Preguntó el muchacho, avergonzado y admiradísimo. (Paulo Coelho)"... Al verles así, me acordé de esta frase y pensé: ¡por que son muy bellos!. Siento cierto rubor de cómo me miran y no dejo de mirarlos a ellos a su vez. Están acostumbrados, por otras veces, a verme hablar con el portero o con las chicas que esperan a su vez a sus maridos, amigos, .... Corro unas cortinas enormes de color verde oliva. Perdón. - digo- pensé que ya habías terminado. Pasa Lola, no te quedes ahí. Cierra la cortina que hace corriente. Siento cierto pudor desconocido. ¿Me ayudas?.  Seguí aquella voz que me pedía lo enjabonara. Una piel suave, sin un pelo (decían que los ciclistas se afeitaban todo el vello para evitar los roces con las ropas y no se cuantas cosas más). Cada muslo estaba marcado, cada vena señalaba días y días de mucho entrenamiento, de sacrificio, y allí estaba yo, recreando mi tiempo, mi vista, mis manos, pasándole suavemente la esponja yupy's por todo su cuerpo sin poder retirar ni un momento la vista. No quería hacer otra cosa.

Suavemente le empapaba de espuma aromática y al llegar al pubis le comenté que tenía un pelo muy suave como el de las mujeres; ¡anda ya!.. me dijo.. muchas que has tocado tú ¿eh?. Me sonrojé, ¿entonces yo qué soy?. Risas. Seguí pasando mi mano por sus nalgas, prietas, sonrosadas, un culo en forma de melocotón con una piel tan suave como la seda y sin señales o marcas de granos. Perfecto. Se giró,  me tomó la cabeza entre sus manos acercándome a su calor, su fuerza y virilidad estaban al descubierto. Me pertenecía.

Dudas...
Con mi sombra siempre de lado, caminando
con-juntando, riendo y callando.
Son tan débiles las sombras en forma de interrogación que me están
desafinando
las dudas .... de ser.

¡Tómame! ¿Aquí? – Puede entrar alguien. Lo tenía cerca de la comisura de mis labios, mi boca entreabierta lo besaba... con cierta timidez, no sabía si le podía hacer daño o no. Me dijo, como leyéndome el pensamiento, sigue así, vas muy bien, sigue, sigue, y seguía gimiendo tan fuerte que temí que los demás nos oyeran desde fuera. No te preocupes comentó. Nadie entrará. Los grifos eran dorados, el agua caía azul celeste y en el techo del cuarto de las duchas había pintados unos ángeles que te miraban con ojos curiosos, sin censuras. Un canto al amor puro en un gimnasio. Abrazada a su cintura, sujetaba su jadeo, su hermoso cuerpo. Descansamos un rato hablando de pequeños detalles del día. Se metió de nuevo en el plato de ducha y dejó caer una espuma blanca sobre su cabeza cubierta con un largo y muy cuidado cabello color caoba, ojos vivos, aire de no haber roto un plato nunca. Inocencia. Pensé que la gracia de sentirse en el paraíso debía empezar con una visión como ésta. El amante duchándose con voluptuosidad cubierto con ángeles que miran sin verte.. ¡que belleza!. Al cabo de una media hora, al pasar por el espejo que había enfrente de la puerta de las duchas le comenté: ¡mi alma se despereza!.
Adiós Lola, a ver cuando te apuntas con nosotros a unas clases. Adiós Manu, se despedía de nosotros, Antonio el gerente, hasta mañana.  

¿por qué ese dolor que me ahoga?
¿por qué no puedo gozar sobre el camino más movedizo que las arenas?

Es libertad

Cada vez que me siento yo.....
Cada vez que me llega mi humanidad
Cada vez que oigo ese rumor del viento que trae ese aroma tan especial
siento cercanías
Porque siempre pedimos más
y  nunca nos dejamos en paz
.....
Aproximadamente cuando corre la bilis
dejamos de correr la pus mientras se derrota al tiempo
"Que se vaya ya ese aroma que no quiere empadronarse
y el sentir que acongoja los dolores que atrapan mis gritos"

ya basta... miento...

07/10/2004

En el gimnasio. Nicolás Ximénez

EN EL GIMNASIO.- autor: Nicolás Ximénez

¡Brgggrrrrrr!. ¡Que frío!. Subiré al gimnasio. Las escaleras que llevaban a la planta alta estaban un poco resbaladizas por la lluvia caída un poco antes. La gente se amontonaba en los rincones cubiertos por la bóveda de mármol de las escaleras, fumándose un cigarrillo, sintiendo pasar las horas, y el claxon de  los coches que circulaban por la gran avenida de Pablo Picasso. Al entrar me saludan con amabilidad y sin decir nada ya me están ofreciendo una silla al lado del gerente. Me conocen de otras veces y saben que lo estoy esperando. En esta ciudad es difícil que llueva. Los más antiguos del lugar dicen que no recuerdan un día como el de hoy, demasiada lluvia, demasiado viento. Ese viento que un día viene dirección levante y otras poniente. Viento.
No han pasado diez minutos de charla cuando me gritan que pase hacia el fondo, a las duchas. Paco está terminando y quiere que vea un nuevo Cd-Rom que se ha comprado llamado el Messiah. Es un impaciente, pienso, qué más dará esperar un poco más, aquí fuera no se está tan mal y nos estamos riendo mucho con los nuevos chistes de niños pijos que van al club o cómo no, los machistas de siempre... son inevitables.

Porqué el miedo a la realidad que me ahoga,
dolor que no me deja respirar,
dolor que me aprieta...
la sensación de recorrer siempre el mismo camino y nunca llegar,
sentir el vértigo a lo desconocido,
no creer en nada, y nada puede ser un todo
que me sigue haciendo gritar....
dudas...

Me decido por fin. Las duchas se encuentra al fondo de este cruce de luces y sombras, olores diversos y cuerpos sudorosos. Son los espejos que sirven de cobijo al ritmo desenfrenado de la lucha diaria. Dicen que están pensados para vencer la vergüenza de los gimnastas que se tendrán que presentar a los concursos de "mister" y "miss musculitos"... no acabo de verlo claro, la verdad. Los chavales, desde muy jóvenes empiezan a tomar, con el fin de aumentar su agresividad, productos derivados de la hormona masculina testosterona: los esteroides anabolizantes. Vivimos en un mundo en el que se cultiva lo superficial, es decir, la imagen. Así, una hora de rayos UVA, aún sabiendo que produce tipos agudos de cáncer de piel, o una musculatura que hace estallar las costuras de la camisa, son indicios bajo los que se juzga, tan precipitada como superficialmente, que quien los ostenta es un individuo rebosante de fuerza y salud. Nada tan cuestionable: los anabolizantes esteroides androgénicos tienen efectos tan perniciosos que han provocado en el culturismo un alto número de muertes súbitas. ¿Es tan importante que los músculos estén inmensamente desarrollados? Si el dictamen de la moda lo ordena así, debido a la ansia de acumular y ser el que más, las secuelas podrían no justificar estos terribles motivos de orgullo. Quizá el inconveniente más inmediato sea que, al reducir la intensidad del entrenamiento, o al interrumpirlo por completo, el alto porcentaje de fibras musculares de acción rápida aumenta la capacidad de almacenar la grasa. En un artículo periodístico, Sport, 30-09-93, podía leerse: "Practicantes de culturismo declararon ayer ante el juez que la comercialización ilegal de anabolizantes para deportistas por parte de una red organizada es una práctica habitual en gimnasios de Barcelona, según informaron fuentes judiciales".
"¿Por qué un rey conversa con un pastor?  - Preguntó el muchacho, avergonzado y admiradísimo. (Paulo Coelho)"... Al verles así, me acordé de esta frase y pensé: ¡por que son muy bellos!. Siento cierto rubor de cómo me miran y no dejo de mirarlos a ellos a su vez. Están acostumbrados, por otras veces, a verme hablar con el portero o con las chicas que esperan a su vez a sus maridos, amigos, .... Corro unas cortinas enormes de color verde oliva. Perdón. - digo- pensé que ya habías terminado. Pasa Lola, no te quedes ahí. Cierra la cortina que hace corriente. Siento cierto pudor desconocido. ¿Me ayudas?.  Seguí aquella voz que me pedía lo enjabonara. Una piel suave, sin un pelo (decían que los ciclistas se afeitaban todo el vello para evitar los roces con las ropas y no se cuantas cosas más). Cada muslo estaba marcado, cada vena señalaba días y días de mucho entrenamiento, de sacrificio, y allí estaba yo, recreando mi tiempo, mi vista, mis manos, pasándole suavemente la esponja yupy's por todo su cuerpo sin poder retirar ni un momento la vista. No quería hacer otra cosa.
Suavemente le empapaba de espuma aromática y al llegar al pubis le comenté que tenía un pelo muy suave como el de las mujeres; ¡anda ya!.. me dijo.. muchas que has tocado tú ¿eh?. Me sonrojé, ¿entonces yo qué soy?. Risas. Seguí pasando mi mano por sus nalgas, prietas, sonrosadas, un culo en forma de melocotón con una piel tan suave como la seda y sin señales o marcas de granos. Perfecto. Se giró,  me tomó la cabeza entre sus manos acercándome a su calor, su fuerza y virilidad estaban al descubierto. Me pertenecía.

Dudas...
Con mi sombra siempre de lado, caminando
con-juntando, riendo y callando.
Son tan débiles las sombras en forma de interrogación que me están
desafinando
las dudas .... de ser.

¡Tómame! ¿Aquí? – Puede entrar alguien. Lo tenía cerca de la comisura de mis labios, mi boca entreabierta lo besaba... con cierta timidez, no sabía si le podía hacer daño o no. Me dijo, como leyéndome el pensamiento, sigue así, vas muy bien, sigue, sigue, y seguía gimiendo tan fuerte que temí que los demás nos oyeran desde fuera. No te preocupes comentó. Nadie entrará. Los grifos eran dorados, el agua caía azul celeste y en el techo del cuarto de las duchas había pintados unos ángeles que te miraban con ojos curiosos, sin censuras. Un canto al amor puro en un gimnasio. Abrazada a su cintura, sujetaba su jadeo, su hermoso cuerpo. Descansamos un rato hablando de pequeños detalles del día. Se metió de nuevo en el plato de ducha y dejó caer una espuma blanca sobre su cabeza cubierta con un largo y muy cuidado cabello color caoba, ojos vivos, aire de no haber roto un plato nunca. Inocencia. Pensé que la gracia de sentirse en el paraíso debía empezar con una visión como ésta. El amante duchándose con voluptuosidad cubierto con ángeles que miran sin verte.. ¡que belleza!. Al cabo de una media hora, al pasar por el espejo que había enfrente de la puerta de las duchas le comenté: ¡mi alma se despereza!.
Adiós Lola, a ver cuando te apuntas con nosotros a unas clases. Adiós Manu, se despedía de nosotros, Antonio el gerente, hasta mañana.  

¿por qué ese dolor que me ahoga?
¿por qué no puedo gozar sobre el camino más movedizo que las arenas?

Es libertad

Cada vez que me siento yo.....
Cada vez que me llega mi humanidad
Cada vez que oigo ese rumor del viento que trae ese aroma tan especial
siento cercanías
Porque siempre pedimos más
y  nunca nos dejamos en paz
.....
Aproximadamente cuando corre la bilis
dejamos de correr la pus mientras se derrota al tiempo
"Que se vaya ya ese aroma que no quiere empadronarse
y el sentir que acongoja los dolores que atrapan mis gritos"

ya basta... miento...

07/10/2004

jueves, 17 de junio de 2004

El cuadro y la lluvia.

EL CUADRO Y LA LLUVIA



Era un día de tormenta. Igual que hoy, el miedo no me dejaba descansar. Esos truenos que no paraban de retumbar en mis oídos, como eternos golpes sobre el metal. Y no se va. Subí a la terraza, no se fuese a hundir el techo de la habitación que daba a la buhardilla de mi vecino. O tal vez subí porque la intranquilidad me decía que tenía que buscar cobijo..., o tal vez..., pero no podía ser. Sólo lo había visto una vez, en las Galerías del Corte Inglés. Aquél día entré a los probadores con un pantalón negro de pinzas, muy elegante; al salir del probador para que la dependienta me diera su visto bueno a cómo me quedaba el pantalón de largo, me crucé con su mirada que, con un gesto algo burlón, o al menos así me lo pareció, me comentó: - ¡te quedan perfectos!. 

-¡Ah!, ¿eres tú el nuevo dependiente? Risas.


Sus dientes blancos, perfectos, su cara de osito de peluche, ojos para no dejar de mirar, boca para besar.. ¿de dónde había salido este chico tan atractivo?. Mejor ni preguntarlo. Elvira llegó pronto. Pareció comprender las risas y el motivo. Irritada por el atrevimiento, le pedí por favor, me midiera el falso, porque me daban mucho miedo las tormentas y se avecinaba una buena con esta lluvia. 

- Tranquila, me dijo, con un brillo especial en esos ojos burlones, tan almendrados que dios le había dado, o su padre y su madre, que para el caso es lo mismo. Ágilmente me puso alfileres alrededor del falso, medida perfecta y pasé al probador, quería irme antes de que la tormenta fuese cada vez más fuerte. Reconozco que era un miedo no superado desde aquella vez, en el pueblo, que estuvo lloviendo durante toda la noche "a cántaros"; mi vecino Manuel, que así se llamaba, al subir a tapar las goteras que caían techo abajo, se resbaló y cayó sobre nuestra azotea. Murió en el acto. La visión de su cuerpo allí sangrante y sin poder hacer nada por remediarlo, se quedó grabado en mi mente. Era demasiado pequeña para comprender aquella injusticia del destino. Dejaba dos niños pequeños y una viuda muy joven.


Últimamente estoy de un sensiblero cursilón tremendo, cualquier cosa me irrita o me excita... tendré que ir más a menudo al gimnasio, pensé. Salí acelerada, tomé las escaleras del fondo y, en vez de bajar hacia la calle, que era lo lógico, subí a tomar un té con hierbabuena a la cafetería. Había estado otras veces. Muchas. Me gustaba el olor a té, a café, el ruido sin distinción de frases, ecos de voces de la gente que siempre había en aquella hora punta.
"Un te con hierbabuena, un aroma en el recuerdo y nada en de gusto en el paladar.  Andares que investigaron otros mundos de este pequeño universo, pasos aprendidos que nunca se olvidarán.  Pero no todo lo investigado, conocido derivó en placeres encontrados, aunque sí quedó para siempre una imagen, una voz sonora, unos ojos que brillaban vivos, expresivos, gritando: ¡ basta ya!.  Letras de canciones - con temas críticos- la fábrica, el trabajo, la rueda dejó de ser madera hace tiempo para no cesar de girar.  Palabras y más palabras, frases entrecortadas, nerviosas, impregnaron nuestro recuerdo, sólo eso que no es mucho y nada más".

La nuca empezó a quemarme. Sentía una mirada fija en ella. Lo notaba. No quise levantar la cabeza hasta que se acercó el camarero con el servicio pedido. Dándole las gracias, giré hacia donde mi nuca me delataba, pero no vi nada especial. Al volver la cabeza hacia mi humeante té allí estaba él. Se había sentado enfrente y, me empezó a contar que en días de tormenta como el de hoy, él prefería la compañía de una chica guapa. - No protestes. -Escucha. - Tengo mil historias que contarte. Hablaba, hablaba. Gesticulaba con las manos; me abarcaba toda con su dulce mirada. 

Acabé participando de la conversación. Apenas recuerdo cuando, ni cual fue la palabra que encadenó mis frases con las suyas, qué alegó o afirmó, pero allí estábamos los dos, discutiendo sobre las nuevas tecnologías y la fuente de alimentación de mi ordenador, que a buen seguro, me costaría más de 60 euros, por haberme dejado la ventana abierta de par en par. Aquella tormenta no parecía tener intención de interrumpirse. Tenía la manía de tener el ordenador pegado a la pared y justo a mi derecha, había un ventanal enorme que me gustaba. Cuando llovía las gotas se agolpaban en el cristal con ese ruido tan característico que tanto me gustaba. Todo perfecto si no había rayos, truenos, todo menos eso.

Subí a la terraza, toqué a su ventana y me abrió al instante. Otra vez esa sonrisa tan suya. Sus gestos. No hacía falta que dijera ni una palabra, sentía que podía leerle el pensamiento. Me embriagaba.


-¿Estabas espiándome?


- Qué amabilidad la tuya chica, encima de que intento que olvides tus terrores por las tormentas. Sé cuanto te asustan. Me disponía a pedirte el favor de que me acompañaras. Podíamos jugar una partidita de mus, de ajedrez, lo que sea, seguro que se pasa enseguida, anda, pasa.


-¿Pasa?. Querrás decir que baje a la calle y me acerque a tu portal. Tu buhardilla no tiene entrada a la terraza, ¿recuerdas?. Pensándolo bien. ¿no decías que tenías un dinero ahorrado?. Podías pedir permiso y hacer la ventana más baja.. nos serviría de puerta. - ¿qué te parece?


Ya estás inventando. - Anda, no te demores. Cerró la ventana.

No quise tomar el ascensor por si se iba la luz. En el rellano había un farol azul, me quedé parada. Recordé las luces azules del quinqué en forma de botijo de Galerías. Cómo Tomás me había abrazado, besado, ansiado en aquél rellano del cuarto piso. Giré la cabeza. Estamos locos. Sólo que en Galerías, inesperadamente nos encontramos con una alfombra que algún empleado había dejado olvidada, lo cual nos alegró ya que nos sirvió de cobijo al deseo, la gula de nuestros cuerpos, el olvido del presente hacia un larguísimo infinito...Sus manos me acariciaban seguras, firmes, justo por donde yo más deseaba sin indicárselo. 

Nuestra armonía era perfecta y nuestros deseos satisfechos en sincronía como amantes que llevan conviviendo juntos toda una vida y les ha dado tiempo de contarse mil una manías, querencias, gustos, para hacer el acto de amor más placentero. Ese pensamiento aceleró mecánicamente mi paso. En unos segundos estaba tocando a su puerta. Un poco cansada, cuatro pisos que me empeñé en subir . Manías vergonzosas de contar, pero que podían llegar a paralizarme si con la lluvia venían tormentas, truenos o relámpagos. Me recibió con una camisa de rayas manchada de restos de pintura.


-¿Qué hacías? ¿Pintabas?


- Si. Pasemos a la buhardilla. Entra. Estaba acabando "El Apocalipsis", me presento al premio L'Oreal y me queda poco tiempo, se acaba el plazo el día 15 de mayo.


-¿Puedo verlo?


- Claro. Qué preguntas tienes. Me gusta una buena crítica y tu opinión se que será sincera y muy instructiva para mí.

Me senté a contemplar como terminaba unos trazos, sombras sobre la figura de un gran caballo alado que iba montado por un bello arcángel.  - Qué preciosidad. Es muy original. Nunca había visto nada igual, en serio. La estructura del cuadro es perfecta, siendo como es un mural tan grande, la armonía es lo más destacable del cuadro, así como el colorido. Cuanta belleza en las imágenes del mundo, las aguas, las gentes, los animales sobre la tierra, y estos caballeros del Apocalipsis... parece que me están hablando.. ¡Qué caballos!, ¡ni que trotaran! Es maravilloso. Si no te dan el premio es que hay tongo. 

Tenía puesta una música suave y adornos de luz, mucha luz, por todas las esquinas de distinta intensidad. -¿por qué tanta luz?


- Así doy al cuadro la sensación, en tonos y sombras, de que ocurre el gran capítulo que movió al mundo. Me ayuda a crear el entorno... Me costó varios meses prepararlo. He tenido en cuenta todos los detalles, incluso rodé una película primero del movimiento de los caballos. Si, creo que por eso te gustan tanto. Me ha costado pero el fruto lo estoy recogiendo ahora que está casi acabado.


- Uno de los arcángeles no llevaba más vestimenta que sus alas y curiosamente estaba muy excitado. Me llamó la atención ese detalle y se lo comenté. Me contó que la muerte, cuando se siente cercana excita. No sabía como explicármelo, pero así es.. por esto ha representado a este arcángel al borde del éxtasis.


Sus explicaciones, sus manos moviendo los pinceles, sus piernas debajo de aquella camisa de pintor me estaban poniendo muy excitada... sentía mi cuerpo latir deseoso de sexo, de la pasión que inundaba aquél cuadro. Fui hacia él, puse mis manos sobre sus piernas, subí lentamente hacia las ingles, lamí su piel hasta las rodillas, luego hacia su cintura... le pedí que se quitara la camisa con decisión, casi mandando.. lo deseaba ya.. no quería que se rompiera el embrujo que me estaba embriagando.


Sentí como si el mismísimo arcángel bajara del caballo, poderoso me tomó en sus brazos, pecho con mucho vello rizado, aroma a óleos, trementina.. pasión y gozo entre sus muslos. Al poco tiempo ya estábamos gritando de placer mutuo por el suelo, sin más ropa que la piel de nuestro cuerpo, sin más sentires que nuestro sentimiento...
"su cuerpo, sin prisas, se aproximó a mi cuerpo, rompe el aire que nos separa y me cobija en un inmenso abrazo. Su boca es mi boca, tus brazos en mis brazos, sus manos me envuelven toda, acariciándome al compás de mi ritmo cardiaco. 

Déjame que te vaya necesitando, que mi cuerpo reclame tu piel, tu calor, olor, sabor, para formar un sólo cuerpo, una sola alma... Quiero sentir tu cuerpo en mi cuerpo y tu piel en mi piel.  Como un acordeón me despliego a tus encantos. Abriré para ti, de par en par, las piernas que sujetan la vida que da a otras vidas.  La tierra que habité la arranco con uñas y dientes, construiré nueva sabia donde brotará la leche que un día me amamantó,  de tanto placer como los dioses me han otorgado al sentir tu presencia.  Me tomarás, besarás, follarás..., a ese ritmo que sólo tú sabes hacerme sentir, esa necesidad de ti que me abre toda como una flor con cada uno de sus pétalos. Sin convicción, anulados mis sentidos, con toda la lujuria que el amor otorga a los perfectos amantes. Con ese deseo que sólo tú sabes calmar.  ¡Tómame!
 Te quiero."
Con sus manos fuertes, poderosas, me tomó con fuerza, me hablaba. Decía palabras fuertes, escandalosas a los oídos de los niños.. empezó a acariciarme con ansiedad, beso a beso, pequeños mordiscos por todas partes... ¿Quieres que te folle?. Pídemelo. Dime. ¿Quieres? Me tomó la boca, cerró mis labios con un beso que me quemaba. Abrazado a mí con fuerza me dijo al oído que le amara. ¡Ámame!.  Rodamos por el suelo, besos fundidos en más besos. Saliva de mi boca en su boca. Me tomó por la cintura y me subió encima de su miembro, duro, fuerte, me penetró con toda su fuerza.. Sólo se oía hablar al placer, acompasados.. jadeábamos los dos. Gritos de amor que se llevó el viento del sur. No estábamos solos. A lo lejos, en la pared del fondo, el Apocalipsis bendecía nuestro deseo.. Nada importaba. Le seguí besando mucho rato. Me estuvo montando con tanta fuerza que todo me dolía..., hasta las caderas... Mis manos sujetaban su cabeza, pelo corto, moreno. Le besé una vez más la boca y,  en el oído,  le dije muy flojito: ¡¡Te deseo¡¡

El sol dejó sus reflejos de atardecer jugando con nuestros cuerpos. ¿Quieres más? ¡Pídemelo! Así estuvimos, muy juntos hasta el amanecer, follando y follando sin descanso. No recuerdo cuando, pero exhausta me quedé dormida.  Gozamos entre el inmenso mar de luz de aquella habitación de pintor. Amor sin prisas, al tiempo que la avaricia de su cuerpo me pedía más y más. A lo lejos oí como si el arcángel alado me hablara desde aquél lugar dominado por los jinetes del Apocalipsis, que me había parecido, nos sonreían con mucho descaro.
"Han pasado muchas lunas, mareas bajas, peces en los ríos, sueños que despertaron  y todo sigue igual. La hoja amarilla fruto del álamo en otoño, la nuez del invierno, el chasquido del agua en la roca, el canto del jilguero, parece que nada ha cambiado, todo sigue igual".

Autor: Nicolás Ximénez
m.c.b.